19 de noviembre de 2014 17:15 hs

Como escribió con puntería Rodolfo Santullo el domingo pasado en El Observador, ver el documental Qué extraño llamarse Federico, dirigido por el ahora veterano Ettore Scola sobre su vida junto al maestro y mentor de tantos en el cine italiano y universal, Federico Fellini, es una invitación directa al rever las películas de ambos.

Las de Fellini, por supuesto, son eternas y se mantienen en la retina y en la memoria afectiva como seres queridos, como imágenes y secuencias que nos acompañan como postales colgadas en casa. Lo bueno también de este particular documental ficcionado es la mirada de Scola, quizás el último de aquel viejo grupo de amigos y amigotes (parafraseando a Pasolini), que se reunió primero en la redacción del diario satírico de la era fascista Marc Aurelio, que después saltó a los guiones de los directores de la generación inmediatamente anterior (en concreto, los neorrealistas), y que al final se lanzó a la dirección y le legó al mundo, entre otras maravillas, el spaghetti western y la commedia alla italiana.

Ahí es donde cuaja la mirada de este Scola hoy octogenario, que mira para atrás con nostalgia italiana (esa triste forma de felicidad en la necesidad) y se da cuenta de que es el próximo al que buscará la parca. En el documental hace referencia a Fellini, claro, pero también a él mismo. No hay muchos ejemplos de directores que se coloquen a sí mismos en el set con un actor que los encarna en su juventud. Esto hace Scola y lo conecta a algunas de sus experiencias con Fellini.

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Por ejemplo, en la secuencia de Nos habíamos amado tanto en la que aparece el mismísimo Federico filmando la famosa escena dentro de la Fontana di Trevi, en La dolce vita. Solo esa escena, cómica, porque un coronel de la policía se acerca e interrumpe la filmación para saludar al admirado director al que confunde con Roberto Rossellini, es un disparador para ver aquella joyita de 1974.

Recordémosla. Vittorio Gassman (un joven procurador que quiere llegar a abogado), Nino Manfrendi (un humilde enfermero) y un mucho menos conocido Stenano Satta Flores (un intelectual comunista), son tres amigos que se conocen desde la juventud, cuando peleaban como partisanos contra los alemanes. La vida los cruza y los enreda tras la mirada de una mujer (Stefanía Sandrelli), que los aleja y los acerca en ese destino de amistad y distancia. En el medio pasan 30 años entre el fin de la guerra, la llegada de las responsabilidades (e irresponsabilidades) adultas, y las decisiones que toman uno y otros para sobrevivir, con todas las tensiones sociales y políticas que vivió Italia así como el resto del mundo entre los años de 1960 y 1970.

Una comedia amarga. Así se puede sintetizar una película que ahonda en algo tan profundo como la amistad de una vida, el compartir los ideales de la juventud y luego atravesar las aguas confusas de la vida adulta con todos sus recovecos y sus vueltas, sus sapos y sus culebras, para llegar a la misma mesa del mismo restaurante de antaño, pedir el mismo plato y de nuevo el triángulo que comienza a funcionar en las anécdotas del recuerdo.

Pero el tiempo pasó y ya no son los mismos. Gassman eligió dejar a su novia, que antes había sido la novia de Manfredi y la amante de Satta Flores, y se casó con la hija de un empresario millonario que trabaja para el gobierno. Los otros dos siguieron sus sueños o simplemente lo que les deparó la vida. Y las distancias afloran cuando conocen la verdad. Ya no pertenecen al mismo conjunto. Ya no son más tres, porque el triángulo se rompió. La grandeza de Scola es mostrar ese Fitito final, carraspeando en la ruta como síntesis de lo que fue y ya no volverá a ser.

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