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La lucha por la supervivencia de la democracia estadounidense

A medida que el control de Donald Trump sobre el Partido Republicano se fortalece, hay mucho en riesgo y Joe Biden lo sabe

"Hay mucho en riesgo y Joe Biden lo sabe: se trata de proteger el núcleo de la democracia"

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13 de mayo de 2021 a las 05:01

Martin Wolf

La cuestión de si nuestra democracia perdurará por mucho tiempo es tanto antigua como urgente, tan antigua como nuestra república”. Así, en su discurso del 28 de abril ante el Congreso, Joe Biden definió lo que está en juego en su presidencia. También tuvo razón al afirmar que los autócratas están apostando a que la democracia estadounidense no pueda “superar las mentiras, la ira, el odio y los miedos que nos han separado”. Pero esos autócratas incluso pudieran tener razón. Uno de los principales partidos estadounidenses se ha vuelto inequívocamente antidemocrático. Ésta es ahora una lucha entre dos ancianos por el destino de la democracia liberal en EEUU.

En una democracia liberal, las elecciones justas determinan quién tiene el poder. Los intentos de subvertir o revocar el voto se consideran traición. Eso es precisamente lo que Donald Trump intentó hacer antes y después de las elecciones presidenciales del año pasado. Trató de convertir a EEUU en una autocracia. Pero eso no fue en lo absoluto sorprendente: había sido obvio desde el comienzo de su carrera política que ese era su objetivo.

Fracasó. Algunas personas decentes y valientes se aseguraron de eso. Pero esta historia simplemente acaba de comenzar. Incluso sin las redes sociales, Trump sigue manteniendo la lealtad de la base de su partido y, por lo tanto, controla a sus líderes. Incluso las personas cuyas vidas puso en peligro con la invasión del Capitolio que él promovió se han apresurado a darle homenaje en Mar-a-Lago. Mientras tanto, fieles partidarios profundamente conservadores, como Liz Cheney, la tercera republicana de mayor rango en la Cámara de Representantes, están siendo defenestrados. ¿Su crimen? Afirmar que la “Gran Mentira” de Trump de que el resultado real de las elecciones fue una Gran Mentira es realmente una gran mentira.

El hecho de que Trump mienta ya no es noticia. Lo que sí es noticia es que, incluso despojado de un cargo público, Trump define la verdad para su partido. Existe una palabra para una organización política en la que el deber primordial de los miembros es la lealtad absoluta a un líder que define lo que es verdadero y correcto: “Führerprinzip” (principio de supremacía del jefe). La aceptación generalizada por parte de los republicanos de la Gran Mentira de Trump es un perfecto ejemplo de ello.

Esto, por desgracia, está lejos de ser todo. La Gran Mentira de Trump se está utilizando como arma a través de las legislaciones estatales para subvertir las elecciones. Se les está prestando mucha atención a los obstáculos a la votación. Pero las amenazas de muerte también han forzado a honestos funcionarios a dejar sus cargos.

Peor aun, tal como lo ha señalado el States United Democracy Center: “En 2021, las legislaturas estatales de todo el país — a través de al menos 148 proyectos de ley presentados en 36 estados — se están movilizando para meterse prácticamente a la fuerza en la administración electoral, conforme intentan desalojar o desestabilizar al Ejecutivo y a los funcionarios electorales locales quienes, tradicionalmente, han dirigido nuestros sistemas de votación”. Los individuos responsables se sienten obligados a cumplir con sus juramentos del cargo. Los legisladores menos visibles puede que no lo hagan.

Por desgracia, este asalto no es sorprendente. Ocho de los 23 estados controlados totalmente por los republicanos eran miembros de la Antigua Confederación. Estos estados se inclinaron hacia los republicanos después de la aprobación de la ley de Derechos Civiles en 1964. Una gran parte de esta historia es, entonces, el intento del Sur de autoprotegerse, una vez más, de los votos de los afroamericanos.

Así es que lo que estamos viendo es una mezcla de fanatismo con arribismo. Ambos grupos creen que está bien subvertir las elecciones si, al hacerlo, se pone a las personas “correctas” en el poder. Después de todo, estos demócratas son simplemente antiestadounidenses. El fin de mantenerlos fuera del poder justifica cualquier medio.

Biden entiende esto. Tal como le dijo al Congreso: “Si realmente queremos restaurar el alma de EEUU, debemos proteger el sagrado derecho al voto”. Pero los demócratas también deben cambiar las coaliciones electorales del EEUU contemporáneo a su favor. Para hacer eso, ellos tienen que movilizar a un significativo número de personas de raza blanca carentes de educación universitaria hacia su partido. En resumen, Biden necesita convertir su índice de aprobación decente (según los estándares de Trump) en uno abrumador.

La única esperanza de hacer esto, Biden entiende, es demostrar que el gobierno puede actuar con eficacia en interés de todos. Lo ha hecho a través del espectacular despliegue de las vacunas. Y está tratando de hacerlo a través de sus enormes programas de gastos inmediatos y de largo plazo. De hecho, son enormes. Olivier Blanchard, ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), dijo la semana pasada en la conferencia Global Boardroom del Financial Times (FT) que el apoyo fiscal discrecional y automático había equivalido al 12.6 por ciento del producto interno bruto (PIB) estadounidense el año pasado y que se preveía que equivaliera al 12.8 por ciento este año. Según sus estimaciones, eso es tres veces más grande que la brecha de producción estadounidense, la diferencia entre la producción real y la potencial.

Parece seguro que este gasto generará un auge muy sólido a corto plazo. Si todo va bien, la producción se expandirá para satisfacer la demanda; la inflación aumentará modestamente; y la economía cambiará a una nueva, y más dinámica, senda. Pero si, como Larry Summers, el exsecretario del Tesoro de EEUU, dijo en una entrevista con el FT, el resultado más bien es un enorme aumento en la inflación y un tardío endurecimiento monetario, pudiera ser que una crisis financiera y una profunda recesión ocurrieran antes de 2024, trayendo a Trump, o a alguien peor aun, al poder.

Hay mucho en riesgo y Joe Biden lo sabe. No se trata solo de asegurar una sólida recuperación económica pos-covid para EEUU. No se trata solo de restaurar la posición de EEUU en el mundo como aliado y actor en temas cruciales, como el clima. No se trata solo de demostrar que el gobierno estadounidense es capaz de hacer cosas importantes. Actualmente se trata de proteger el núcleo de la democracia: la aceptación pacífica de los resultados electorales.

Si eso se acabara en EEUU, los aspirantes a autócratas de todas partes tendrían carta blanca para hacer lo que quisieran. El peligro es significativo debido a que los republicanos ya no son un partido democrático normal. Son cada vez más un culto antidemocrático con un aspirante a déspota como líder.

Yo desesperadamente espero que Biden tenga éxito. Pero él ha arriesgado muchísimo en el éxito de su programa. Puede que sea el riesgo más trascendental que haya hecho cualquier líder democrático en mi vida. El futuro de la democracia está en juego.

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