Opinión > Análisis / Oscar Bottinelli

Lula, justicia y conspiraciones

Necesidad de atender el devenir de los partidos desafiantes en gobierno

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15 de abril de 2018 a las 05:00

La Justicia brasileña ha generado la proscripción electoral de Luiz Inácio Da Silva, más conocida como Lula, presidente de su país por dos periodos consecutivos (ocho años) y candidato con las mayores probabilidades a retornar al Palácio do Planalto en el caso de que la ciudadanía brasileña pueda votarlo. Sobre lo sucedido predominan dos tesis. Una es la que se puede llamar judicialista, a la que adhieren los partidos desde el centro a la derecha en Brasil, y blancos, colorados y piístas en Uruguay. La otra tesis es la que se puede llamar conspiracionistas, a la que adhiere la izquierda en Brasil, es aquí la posición dominante en el Frente Amplio y la de Unidad Popular.

Para la tesis judicialista, Lula cometió efectivamente delitos, personalmente fue autor de actos de corrupción, la justicia brasileña es absolutamente imparcial e independiente y, por lo tanto, su procesamiento, prisión y consecuente proscripción electoral es correcta, legal y legítima. Más aún, el secretario general de la OEA Luis Almagro calificó este recorrido como profundización de la democracia.

Para la tesis conspiracionista ha ocurrido una cosa diferente. Los poderes fácticos después de soportar tres gobierno consecutivos del Partido dos Trabalhadores (PT) y en el transcurso de un cuarto, encontraron su oportunidad de desalojarlo del poder al conjugarse la crisis económica con una oleada de corrupción que si bien alcanzó al gobierno de izquierda y al PT, golpeó también al resto del sistema político, a las empresas y a la magistratura. Pero los operativos políticos se centraron en el PT y su gobierno. Para ello primero despojaron de la primera magistratura a Dilma Rouseff –a través del Congreso– por una simple trasposición de fondos, sin pruebas de ningún acto personal de corrupción, y luego a través de magistrados militantes contra la izquierda procesaron a Lula con un forzamiento de la ley y de los elementos probatorios, y lo condujeron a prisión con violación de las garantías procesales y del principio del debido proceso. Los poderes fácticos buscan por vías oblicuas y modernas retomar y conservar el poder, así como lo hicieron en 1964 por las vías entonces de moda, como el golpe militar.

Todos los análisis que puedan hacerse sobre los sucesos en el país dominante de Sudamérica pasan por la valoración de una o de otra tesis. En líneas generales hay pocas posturas fuertes de carácter intermedio.

Ahora bien, un ángulo de análisis es el proceso habido en la praxis política del PT. A esos efectos, vale la pena tomar como hipótesis de trabajo la tesis conspiracionista. Es decir, Dilma fue despojada y Lula procesado en una acción de los poderes fácticos para retomar el poder en defensa de los grandes intereses económicos. Y si bien considerar correcta la tesis conspiracionista -cabe repetir, como hipótesis de trabajo- no puede obviarse que efectivamente ha habido actos de corrupción, más grandes o más pequeños, en figuras del PT. Vale destacar, en todo el sistema político, magistratura, medios de comunicación y empresarial, pero también en el PT. Y aquí se llega entonces a un tema: si la tesis de la conspiración es correcta, no puede obviarse que la propia izquierda fue culpable de generar el caldo de cultivo de decepción, enojo y rechazo de una parte nada menor de los suyos, de los militantes y de los votantes. Los actos desviados del PT no comenzaron en el segundo,tercer o cuarto gobierno, sino que se iniciaron en el primero. Si bien muchos de los responsables fueron personas que se subieron al carro de una izquierda camino a la victoria, uno de los primeros actos sonados fue personificado en un hombre de larga trayectoria, luchador contra la dictadura, hombre de la clandestinidad, de sacrificio, preso y torturado, como José Dirceu de Oliveira e Silva.

El PT debió ablandar su programa de gobierno, su manifiesto político, en aras de un pragmatismo sin duda necesario si el proceso no se hace por vías revolucionarias. Pero lo que lo golpeó no fue sustancialmente ello, sino que se ablandó en la praxis política y aparecieron diversos fenómenos impensables en sus orígenes: las luchas intestinas por posiciones personales de poder, la actividad política como una carrera en pos de logros de tipo personal, el juego de las influencias, los conflictos de interés, de entramado de toma y daca de favores. Es decir, el asumir todas las prácticas que en sus orígenes condenó como atributos de los partidos adversarios, de esos partidos del centro hacia la derecha.

Y un buen día, los petistas se encuentran que las misas cosas que condenaron, las mismas cosas que los llevaron a repudiar a esos partidos de centro y de derecha, pasaron a ser moneda corriente en su partido. Se observa que lo que antes eran luchas de corrientes por concepciones diferentes de la estrategia o de la táctica, del diagnóstico o de la propuesta, o de la teoría, devienen en luchas por la ocupación de cargos, por el auxilio mutuo en la sustentación personal, en trenzas de intereses personales. Estar en un área determinada de gobierno importa más, no tanto por las políticas que se pueden desarrollar, sino por las estructuras de poder personal que se pueden construir. Entonces, cuando los propios se desilusionan o enojan, los ajenos operan.

Lo ocurrido no es patrimonio del Partido dos Trabalhadores ni una peculiaridad del Brasil. Es lo dominante, al menos en América Latina, cuando la transformación de los partidos desafiantes en partidos dominantes de gobierno. Los síntomas aparecen ocultos en el primer gobierno, a veces algunos se exteriorizan, pero se desarrollan fuerte en el segundo gobierno, se generalizan en el tercero y a partir del cuarto, si no funcionan los anticuerpos, pasan a ser una praxis habitual. Se pueden señalar muchos casos de muchos países de América del Sur, América Centroseptentrional y del Caribe. Y no es un hecho menor, no el principal ni el único, pero significativo, en el llamado "giro a la derecha".

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