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Miguel Arregui

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Maduro contra la historia

Por qué el chavismo perdura pese a la catástrofe

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24 de febrero de 2019 a las 20:39

El líder venezolano Nicolás Maduro puede ser trágicamente ridículo ante los ojos de buena parte del mundo, pero de nuevo demostró que su base de poder es bastante sólida.

El espectáculo del sábado 23, cruza de pequeño Apocalipsis con pantomima muy caribeña, dejó todo como estaba, salvo los tristes muertos de siempre, y tal vez a Maduro más atornillado que nunca a su sillón.

La oposición, a veces tan poco creíble como el gobierno, está lejos de convocar a todos los venezolanos. Muchas protestas después, buena parte de la disidencia está abatida, sobre todo esos muchachos que siempre van en primera fila y pueden pagar con su vida. El líder antagonista Juan Guaidó se encomienda ahora a la presión internacional y a la esperanza de una división de los militares que provoque un vuelco en la historia.

La debilidad básica del gobierno es el desastre económico, asombroso para quienes hayan recorrido el país al menos en la última década. Pero, paradójicamente, la postración de Venezuela da a Maduro un gran poder sobre los más humildes, cada vez más dependientes para sobrevivir de los esmirriados programas oficiales.

Como ocurrió en tantos países del “socialismo real”, para muchas personas la vida en Venezuela es una rutina de obediencia, letanías y filas para comprar cosas, y buena conducta ante los ojos de los vigilantes y delatores.

Buena parte de la población venezolana, sobre todo los jóvenes criados durante las dos décadas del chavismo, toma con naturalidad la escasez, el colapso de la infraestructura y los servicios públicos. Al fin, no conocen otra cosa.

Pero ese gobierno absurdo en ocasiones también puede representar la dignidad nacional. El nacionalismo es un sentimiento arrasador, como la religiosidad o el amor. Y había demasiado respaldo extranjero y demasiado figurón tras el caballo de Troya de la ayuda humanitaria que se quiso ingresar el 23F.


(Por cierto: el nombre de “23F” dado por la prensa al aparatoso fracaso de Juan Guaidó y sus aliados es inquietante: fue puesto originalmente al intento de golpe de Estado de 1981 en España del teniente coronel Antonio Tejero, entre otros nostálgicos del franquismo).

Dos décadas de fracasos de la oposición

Uno de los dramas de Venezuela, y uno de los principales, es que parte de la oposición también carga con severas culpas históricas. 

La corrupción como modo de vida, en pequeña o en gran escala, no es un invento reciente, ni mucho menos, aunque el estatismo chavista la haya elevado a proporciones bíblicas. Los partidos tradicionales, básicamente Acción Democrática, Copei (Democracia Cristiana) y Convergencia, son responsables principales de la debacle política, económica y moral del país, que un día tuvo el ingreso per capita más alto de América Latina, aunque profundamente desigual, gracias al monocultivo petrolero.

La oposición, cuyos líderes van desde sectores auténticamente democráticos a los más fieros autócratas, intentó derrocar a Hugo Chávez desde su primer día en el gobierno. El golpe y breve interinato de Pedro Carmona en abril de 2002 es la tentativa más recordada, pero fue solo una perla de un collar.

Si duda, Chávez fue el presidente con mayor popularidad en la historia de Venezuela. Ganó seis elecciones que él mismo propició en 21 meses. Pero, personalista y terco, en el proceso de creación de su “República Socialista de Venezuela” arrasó con la economía, que cedió ya agonizante, poco antes de su propia muerte en 2013, al inefable Nicolás Maduro.

Chávez ganó sus primeras elecciones en 1998, cuando el derrumbe de los precios del petróleo hundió al gobierno de Rafael Caldera. Entonces, para suerte del caudillo militar, el precio del barril comenzó una gran escalada, hasta alcanzar máximos históricos en 2008 y 2013, lo que cimentó su popularidad.

Pero los precios cayeron desde entonces por el exceso de oferta (Estados Unidos, principal cliente de Venezuela, se convirtió en un productor tan poderoso como Arabia Saudita y Rusia), y el “socialismo bolivariano” quedó pedaleando en el aire.

El país ahora es un infierno de miseria y charlatanería. Millones de personas han huido hacia los Estados vecinos, o hacia Estados Unidos y España.

La industria petrolera, cuyos enormes ingresos sostuvieron los planes gubernamentales, desde la vivienda hasta la educación, se hundió en un espiral de caos burocrático, intromisiones políticas y falta de inversión. Hoy produce menos del 40% de lo que extraía en 1999, cuando Chávez inició su andadura.

También colapsaron el resto de las industrias, los comercios y los servicios, expropiados en la era Chávez para ponerlos bajo control de militantes y funcionarios adictos. 

El síncope económico de Venezuela, cuyo PIB ha caído 54% desde 2013, supera al de la antigua Unión Soviética, sostuvo un reciente análisis del diario británico Financial Times. “El colapso de Venezuela ahora representa la segunda crisis económica más grave de la historia moderna, y sólo fue superada por la difícil situación de Zimbabue, donde el PIB se desplomó un 74% entre 1998 y 2009”, durante otro experimento socialista.


Una sociedad militarizada

El régimen se sostiene en ciertos cuadros políticos y, sobre todo, en los militares, una columna vertebral relativamente eficiente y privilegiada. Convertidos en parias internacionales, con sus bienes embargados en Estados Unidos, los líderes chavistas casi no tienen otra opción que resistir a muerte, salvo la isla de Cuba como último refugio.

Casi todos los gobiernos venezolanos tuvieron buen cuidado en mimar a los militares: con pompa y armas. El chavismo se distanció de Estados Unidos, cambió de proveedores y multiplicó el tamaño de sus fuerzas armadas, a la que agregó una abultada milicia.

Ese armamento y esas milicias son más bien inútiles contra una potencia militar y tecnológica como Estados Unidos, e incluso podrían pasar mal ante las fogueadas tropas colombianas; pero son fetiches nacionalistas de primera importancia y contribuyen al control social interno. Venezuela es una sociedad militarizada.

Históricamente una parte de la política del país se ha erigido sobre un nacionalismo anti-colombiano. Ambos Estados, que hace dos siglos estuvieron unidos en la Gran Colombia, compiten por la herencia emocional de Simón Bolívar, un héroe de las independencias del Pacífico latinoamericano, más fabuloso que conocido, depositario de todas las virtudes humanas.

Al fin, hacer política interna contra el vecino, el chauvinismo más basto, es un fenómeno común en América Latina y otras partes del mundo.

El chavismo además agrego una intensa prédica anti estadounidense. La cultura venezolana, como la de casi todo el Caribe, es muy tributaria de Estados Unidos, cuyas cosas se imitan hasta en encogimiento.

El papel de Estados Unidos en esta revuelta contra Nicolás Maduro es central. La administración Obama pareció preferir que Venezuela permaneciera como un ejemplo negativo: Miren ahí, esos son los frutos del socialismo. Pero Donald Trump, fiel a su estilo, se ha inclinado hacia la bravuconería y la amenaza.

La conducta histórica de Estados Unidos incluye cierta tutela sobre sus proveedores de materias primas estratégicas, como Arabia Saudita. Pero la importancia relativa de Venezuela ha caído. Estados Unidos, junto a Canadá y México, sus socios de América del Norte, ahora producen al menos diez veces más petróleo que Venezuela, tienen grandes reservas y disponen de la tecnología necesaria para superar al petróleo en cuanto lo deseen. 

Un futuro incierto como siempre

Nicolás Maduro y sus valedores, entre los que se cuentan los tremendos Vladimir Padrino, Diosdado Cabello y Delcy Rodríguez, pueden caer como muchos otros autócratas latinoamericanos, tras un golpe palaciego; o merced a una refriega sangrienta, al modo Nicolás Ceaușescu.

Pero otro futuro del chavismo bien puede ser el de vegetar, sin tiempo y sin gloria, en la chatura, como el régimen de los hermanos Castro en Cuba, o como Robert Mugabe hizo en Zimbabue durante casi cuatro décadas (fue derrocado cuando quiso legar el poder a su esposa, lo que ya fue demasiado para los militares). 

Mientras tanto, las disensiones y la emigración masiva en cierta forma fortalecen al régimen, que se purga, como enseñaba Lenin.

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