10 de julio de 2017 5:00 hs

Más importantes que la enunciación de esperanzas en el comunicado final del G20, fueron los encuentros bilaterales a puertas cerradas entre los líderes más poderosos del mundo, que abordaron desencuentros que no parecen haberse atenuado. Después de reunirse con Vladimir Putin, Donald Trump se limitó a señalar que hablaron sobre el cese del fuego en Siria. Pero no hay señales de un acuerdo sobre cómo terminar ese pavoroso conflicto armado que ha costado más de 200 mil vidas y seis millones de refugiados.

La razón es que mientras Estados Unidos apoya a las variopintas fuerzas rebeldes, que incluyen hasta extremistas de Al Qaeda, para desalojar a Bachar al-Sadad del poder, Rusia e Irán siguen respaldando al dictador sirio, buen cliente de ambos países en compra de armamentos y otros pertrechos.

Más oscuros fueron anuncios divergentes sobre interferencia cibernética rusa en las últimas elecciones en Estados Unidos. Mientras Putin aseguró que Trump quedó “satisfecho” de que no hubo hackeo ruso, la embajadora estadounidense en Naciones Unidas, Nikki Haley, afirmó que “todo el mundo sabe que Rusia interfirió en nuestras elecciones”.

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La controversia es tan confusa como ambivalente, ya que Trump denuncia la acción de Moscú, aunque fue para desprestigiar a Hillary Clinton y favorecer su acceso a la presidencia de la primera potencia mundial. Y el propio Trump debilitó su presunto enojo con la intervención rusa al afirmar que es hora de que las dos potencias trabajen juntas.

En su reunión privada con el presidente chino Xi Jin-ping, Trump le planteó la amenaza nuclear de Corea del Norte pero sin indicación alguna de progreso hacia un acuerdo. Trump ha reclamado varias veces que China presione al dictador Kim Jong-un para que abandone sus pruebas con misiles y armas nucleares. China es la única nación que puede incidir sobre el régimen norcoreano, que depende casi exclusivamente de Pekín para sus exportaciones y provisión de alimentos, ayuda financiera y suministros militares. Pero es renuente a apretarle el torniquete a Correa del Norte porque la usa como contrapeso en su política de debilitar la influencia de Estados Unidos en el Lejano Oriente.

Igual falta de resultados se registró en el encuentro privado de Trump con la canciller alemana Angela Merkel, anfitriona en Hamburgo de una cumbre marcada por violentas manifestaciones de organizaciones opuestas a la globalización y al capitalismo. La posición de Merkel a favor del libre comercio sigue chocando con el aislacionismo impuesto por Trump para vitalizar la economía de Estados Unidos, incluyendo reducir sus cuantiosos gastos militares en la OTAN.

Las divergencias quedaron registradas en el comunicado final de la cumbre, que rechazó el proteccionismo y defendió el libre comercio, pero admitió que a veces un país pueda imponer trabas al intercambio. Y fueron inocuas expresiones de deseo sus conclusiones sobre desarrollo económico justo e inclusivo, cambio climático, la crisis de los refugiados, derechos de la mujer y combate a la violencia de género, mejora de la educación en la nueva era digital y otros muchos temas. La reunión de las 20 potencias más industrializadas y las principales naciones emergentes poco y nada avanzó en solucionar los muchos problemas que convulsionan el mundo. Y lo mismo parece haber ocurrido con los encuentros bilaterales de los dirigentes de mayor peso en el planeta.

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