30 de julio 2014 - 21:02hs

Llegan hasta la enfermería de la Colonia Berro desde diferentes hogares acompañados siempre por un funcionario para hacerse chequeos de rutina.

Caminan con las piernas abiertas, intentando no enredarse con las cadenas que tintinean de tobillo a tobillo. Hasta que aparecen dos adolescentes cargando bidones en una carretilla sin grilletes. Los siguen cuatro más, también con libre andar.

Al rato, explican que caminan sin cadenas porque pertenecen al hogar Cerrito, el único de puertas abiertas de la Colonia Berro. De ellos, la mitad pasó por el centro Ser. Sus relatos coinciden: golpizas, malos tratos, encierro.

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“Cuando estaba ahí (en el centro Ser), veía cómo le pegaban a los pibes. Me pegaron varias veces. Te agredían por cualquier cosa. A veces (los funcionarios) estaban aburridos, entraban a todas las piezas y nos sacaban para el patio. Te dejaban sin ropa en el patio un par de horas. Te mojaban, te pegaban con una goma”, relata un adolescente que estuvo siete meses recluido en el centro Ser y hace dos meses lo trasladaron al Cerrito.

“Si hicimos las cosas mal, las estamos pagando. Tampoco es para que te traten así. No me gustó nada del Ser. Si yo converso con (un interno de) la pieza de enfrente, entran y te pegan por estar conversando con un compañero de enfrente. O estás en una pieza y sentís cómo le pegan al compañero de al lado. Te pegan y te pegan para buena”, aseguró otro.

“Te pegan y llaman a tu familia para decirle que no tenés visita”, expresa el tercero. La suspensión de la visita luego de las golpizas, para evitar que los familiares se enteren de las agresiones, es una práctica habitual, insisten los adolescentes.

Este relato coincide con el de la abogada Sandra Giménez, que representa a varios menores que denunciaron las golpizas en el centro Ser. Los internos también cuentan que no los dejaban ingresar con más que una única muda de ropa, ni pasta de dientes ni jabón. “Si no tenías pasta, te lavabas los dientes con jabón bulldog”, recuerda uno de ellos.

Un eslabón menos

Así como coinciden en que su pasaje por el centro Ser fue una mala experiencia, los adolescentes destacan que los funcionarios del hogar Cerrito les da impulso para salir adelante.

“En el Cerrito, nada que ver, es totalmente distinto. Ahí estás tranquilazo, tenés fútbol, tenés talleres, los funcionarios son gente. Tenés un problema y podés conversar con un funcionario”, comenta un interno.

La semana pasada asumió la nueva dirección del centro Ser. Con los cambios, una subdirectora del Cerrito pasó a ocupar la subdirección del Ser. “Ella es una mujer trabajadora, luchadora, paciente, que siempre está ahí contigo cuando tenés un problema”, dice un adolescente en referencia a la funcionaria. “Te sabe escuchar”. “Buena gente”, agregan otros.

“La apreciamos tanto a la mujer que el día que se fue nos quedamos todos tristes”, recuerda uno de ellos.

En el hogar Cerrito hay 20 internos que comparten una habitación. Mucho de ellos estudian y trabajan. Llegan a ese hogar los adolescentes con buena conducta. En contrapartida, el centro Ser es de máxima seguridad. Allí van los internos más violentos y peligrosos, según las autoridades. Sin embargo, los adolescentes advierten que por allí pasan casi todos y que generalmente es una puerta de ingreso al sistema.

Los menores insisten en que poder caminar con libertad dentro de la Colonia Berro y salir a correr a Pando, junto a profesores de educación física, les permite mantenerse activos y los llena de ganas de seguir adelante.

“Acá te cambian la cabeza; no es lo mismo que estar todo el día trancado”, dice uno. Otro, que nunca estuvo en el centro Ser, pero sí en el Puertas, donde los menores pasan la mayoría del día en su celda, advierte: “Con la tranca estás todo el día pensando en salir y robar y no te queda otra cosa, porque están todos los pibes pensando siempre lo mismo. Acá, estar en un hogar abierto, que te hablan, corte que (como que) te cambia la cabeza”.

Los adolescentes también destacan que las autoridades del Cerrito los ayudan a conseguir trabajo. Uno de los muchachos, es alcanza pelotas en el estadio Centenario. Cuentan los días para salir. “Me quedan 25”, dice uno. Se despiden y siguen su camino, carretilla en mano, rumbo a su hogar.

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