¿Cuál de los dos goles que le convirtió Diego Armando Maradona a Inglaterra por el Mundial de 1986 festejan más los argentinos? ¿El que hizo con la mano sin que el juez lo percibiera –no había VAR en aquella época– o el llamado “gol maradoniano” que concretó arrancando desde su cancha y eludiendo prácticamente a todo el equipo inglés antes de depositar suavemente la pelota en la red? Gol que hoy se sigue recordando como una verdadera obra de arte, y que es la referencia histórica contra la cual se comparan goles de calidad similar o que tienden a parecerse como uno que convirtió Lionel Messi en 2007 contra el Getafe por la Copa del Rey. No hay una encuesta fiable pero intuyo que disfrutan más el primero porque fue la típica avivada criolla y nada menos que ante los ingleses apenas cuatro años después de la guerra de las Malvinas.
Sin embargo, todo el mundo recuerda más el segundo gol, que debería estar grabado en un video indestructible para que lo vean las próximas generaciones.
Ambos goles del ídolo mundial reflejan muy bien la vida de Maradona y la vida de Argentina. El arte y la avivada que burla las reglas. La suprema capacidad individual y la mezquindad de quien se regodea en la burla de las reglas y además lo atribuye a Dios, como si fuera cosa de Dios tocar con la mano la pelota entre las manos del portero. Fueron dos momentos: el sublime y el ridículo, juntos en la misma persona y en el mismo partido, con diferencia de minutos
Ambas vidas o caras también la reflejan las tumultuosas exequias del pasado jueves, donde una multitud fue a despedirlo con dolor y agradecimiento genuinos y se olvidó por completo de la cuarentena, del coronavirus, de las mascarillas, del distanciamiento físico. Por despedir al ídolo puso en riesgo al vecino. Incluso el propio gobierno que prohijó la cuarentena más larga y más inefectiva del mundo, no dudó en poner a disposición la Casa Rosada para la despedida del ídolo y en principio por tres días. Borró con el codo lo que había escrito con la mano y fijó dos estándares sanitarios: el de los de a pie y el de los importantes.
Lo cierto que la ceremonia de despedida tuvo que ser abreviada por pedido de la familia y terminó con represión ante los excesos de los barrabravas que destruyeron las puertas de Balcarce 50. Solo el entierro se realizó en calma, con poca gente y en paz al atardecer de ese jueves. ¿No hubiera sido más lógico un cortejo fúnebre por las calles de la ciudad donde la gente pudiera asomarse para dar su adiós a Maradona y evitar las aglomeraciones? Sí, pero no hubiera dado réditos políticos. En el mismo día del entierro hubo pues tumultos y paz, caos y orden.
Otra vez el país y el hombre de las dos caras. Como la diosa Jano. Lo maravilloso y lo despreciable. La grandeza y la bajeza. La generosidad y el egoísmo. Maradona el eximio futbolista, quizá el mayor de todos los tiempos. Y Maradona el castigado por la droga y los excesos. El que se hizo de la nada, viniendo de Villa Fiorito y conquistando el mundo y el que desperdició todo con aquellos dopajes que más que potenciar su organismo se lo destruían. El hombre que fue capaz de vencer a la droga pero que sucumbía una y otra vez al estrellato y egocentrismo en que lo entronizaron sus compatriotas.
Lo mismo que su país. Entre los cinco países con mayor ingreso per cápita a comienzos del siglo xx y en continuo declive desde mitad de siglo. Destinado a un futuro esplendoroso entre las principales naciones del mundo y hoy a mitad de tabla y con tendencia negativa. Un país con todos los recursos naturales pero carente de una institucionalidad mínima que le permita desarrollarse. Un país que junto a Japón abrió una nueva categoría de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Argentina (llena de recursos pero desperdiciados por su gente) y Japón (carente de recursos pero muy potenciado por su gente).
Maradona solo pudo nacer en Argentina aunque su futbol triunfó en otros países. Porque Maradona estaba dotado de enormes talentos que pudo desarrollar, que alcanzaron el cénit en el Mundial de 1986, pero que al mismo tiempo desperdició con los escándalos de droga que le valieron una larga suspensión por dopaje en Italia y luego en el Mundial de Estados Unidos.
Con todo, entre Maradona y Argentina hay una diferencia importante. Maradona era un genio del fútbol y como tal hay que juzgarlo y no por los excesos de su vida privada. Después de todo, ¿quién está capacitado para juzgarlo si no estuvo en sus zapatos cuando niño, si no nació en un lugar tan pobre, si no pudo elegir su entorno? Pero Argentina sí carece de excusas por no haber llegado al destino al que está llamada. Y a pesar de eso, en 30 años ha dado al mundo dos futbolistas notables: Maradona y Messi.
¡Gracias, Diego, por todo lo que nos diste a los que amamos el fútbol!