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Marcianos en Japón

En el país del sol naciente se alquilan amigos, padres y esposos, en una mezcla de realidad y ficción que me hizo acordar a un cuento de Bradbury

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06 de enero de 2018 a las 05:00

El mejor relato de Crónicas marcianas, de Ray Bradbury se titula "El marciano". El cuento transcurre cuando Marte ya fue invadido y sus habitantes fueron casi exterminados por las armas y las enfermedades de los terrestres.

Eso sucedió a pesar de que los marcianos tenían no solo poder telepático sino la capacidad de materializar sus pensamientos, convertirlos en realidades físicas. El problema era que esas mentes prodigiosas eran muy delicadas, como todo en Marte, y perecieron frente a la voluntad férrea de los invasores.

En ese contexto, un marciano se hace pasar por el hijo muerto de una pareja de colonos. Se convierte en él, tomando sus rasgos y sus características de las mentes de sus padres.

Ellos lo aceptan, aunque advierten el engaño. "¿Qué criatura es esta, tan necesitada de cariño como nosotros? ¿Quién es y qué es esta criatura que sale de la soledad, se acerca a gentes extrañas y asumiendo la voz y la cara del recuerdo se queda al fin entre nosotros, aceptada y feliz? ¿De qué montaña procede, de qué caverna, de qué raza, aún viva en este mundo cuando los cohetes llegaron de la Tierra?", se preguntaba el padre.

Las cosas funcionan hasta que una madre que perdió a su hija cree reconocerla en el marciano, que cede ante la fuerza mental de la anciana y deja de ser Tom y se convierte en Lavinia.

A partir de entonces ya lo disputan dos familias y pronto el policía cree reconocer que él es el ladrón al que busca y otros muchos lo reconocen como diferentes personas, hasta que lo acorralan.

"Y ante los ojos de todos, comenzó a transformarse. Fue Tom, y James, y un tal Switchman, y un tal Butterfield; fue el alcalde del pueblo, y una muchacha, Judith; y un marido, William; y una esposa, Clarisse. Como cera fundida, tomaba la forma de todos los pensamientos. La gente gritó y se acercó a él, suplicando. Tom chilló, estirando las manos, y el rostro se le deshizo muchas veces".

El marciano muere en esa agonía, sus ojos, finalmente amarillos, cargados de espanto, y el pueblo de colonos retoma su rutina.

Es un cuento muy triste. Lo recordé cuando leí la noticia de que en Japón se alquilan falsos amigos y falsos esposos y esposas y falsos padres y madres, a veces para una sola ocasión, a veces de forma indefinida.

Pensé que era similar a la prostitución, aunque lo que se comercia en este caso no es el cuerpo sino el alma. Lo más corriente es que se los contrate para salir en la foto. Por US$ 70 uno puede hacerse una selfi junto a un rostro sonriente y agradable.

Pero hay casos más complejos. Una madre soltera contrató a un esposo y padre de su hija, una vez por semana, de forma indefinida. La hija cree que ese es su padre y lo creerá incluso después de que a su madre se le acabe el dinero y él deje de ver a la niña.

¿Se lo dirá la madre alguna vez? ¿O irán juntas al cementerio una vez que el actor muera? Si el contrato cesa por alguna razón, ¿le dirá a su hija que su padre volvió a Marte?

El caso de quienes contratan compañeros de selfi, a mí no me da más que para compadecerlos por su ingenuidad. Siento que la mayoría de las selfis son mentirosas. Contratar a un desconocido para que otros crean que tengo un amigo que está feliz a mi lado no me parece más que una tontería sin mucha trascendencia.

El caso del padre de alquiler, en cambio, ya lo veo como algo más serio. Para la niña que espera la visita de su padre cada semana, que recibe su afecto, que escucha sus respuestas, que le confía sus temores y que se siente protegida y querida, ese es su padre.

Ojalá que su madre mantenga la capacidad de pagar la tarifa, ojalá que la verdad se demore hasta que sea una mujer adulta, porque va a necesitar mucha presencia de ánimo para asimilar que una parte tan importante de su vida era una ficción.

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