11 de julio de 2014 19:48 hs

Tras el festejo por volver a una final del Mundial –un festejo contenido contenido durante 24 años–, el gobierno de Cristina Kirchner recupera algo de oxígeno.

Si bien muchos analistas han advertido que no necesariamente los logros deportivos sirven siempre para que los gobiernos les saquen provecho político, también es innegable que la mejora del humor social y la sensación de orgullo nacional puede ser canalizada a favor por un gobierno que tenga habilidad comunicacional.

En la historia argentina hay ejemplos en ambos sentidos. A Raúl Alfonsín no le fue bien, pese a la euforia por la copa de Maradona y compañía. Claro, la crisis inflacionaria era indisimulable, y en las elecciones legislativas que se realizaron meses después del Mundial 1986, el gobierno sufrió una dura derrota.

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En cambio, la otra copa, ganada como local en 1978, contribuyó al clima de alegría consumista de la “plata dulce” con la cual el gobierno militar intentaba ganarse a la opinión pública y “limpiar” su mala imagen internacional.

Hoy, incluso cuando se pueda perder la final con Alemania, hay cierto consenso respecto de que el humor social se mantendrá alto y le dará una tregua a Cristina.

Una primera prueba de ello se vio el 9 de julio, día de la independencia. La presencia de Amado Boudou, encabezando el acto en Tucumán –por la licencia médica de la presidenta– pasó a un segundo plano y casi no fue registrado por la opinión pública.

En otras circunstancias, el hecho habría sido un escándalo: un vicepresidente acusado de corrupción, hablando en representación de la presidenta, insinuaba que había paralelos entre su propia situación judicial y el litigio que el país mantiene contra los “fondos buitre”.

Sin lugar para malas noticias

Pero, en definitiva, después de haber gritado las atajadas de Romero y festejado el acceso a la final del Mundial con Alemania, quién se acuerda a estas horas de Boudou.

Y quién se acuerda en este momento, por ejemplo, de la represión policial a los obreros de la autopartista Lear, que protestaban el día previo a la semifinal con Holanda por la pérdida de trabajos en la industria automotriz.

En otro momento, el tema habría sido un escándalo: un gobierno que siempre se ha jactado de no criminalizar la protesta social y de nunca utilizar la represión como primera medida, esta vez recurrió a la gendarmería, que usó gases lacrimógenos, carros hidrantes, balas de goma, perros sin bozal y golpes para disuadir a los manifestantes.

Pero en pleno Mundial, había una forma más fácil de esconder el tema. El diario oficialista Página 12 le dedicó cuatro páginas a la pelea con los fondos buitre, seis páginas al fútbol… y una pequeña nota breve al incidente con los manifestantes.

No hubo siquiera menciones al comunicado del Centro de Estudios Legales y Sociales, dirigido por Horacio Verbitsky, un analista muy influyente en el “ala izquierda” del kirchnerismo, en el cual se afirma que el incidente de Lear dejó al descubierto “un desplazamiento preocupante en la política de no represión de la protesta social”.

Será también difícil que las sospechas hacia el programa Fútbol para Todos, que son objeto de investigación judicial por presuntas irregularidades en el manejo de la pauta publicitaria, generen una crisis política en un país ávido de celebrar una victoria futbolística.

A fin de cuentas, siempre se podrá argumentar que era justificado el interés superior de hacer llegar los goles de Messi a todos los rincones del país. Y que, por eso, cuestionar los US$ 730 millones que se han destinado de los fondos públicos a este programa plagado de publicidad oficialista equivale a oponerse a la causa nacional y popular.

La otra final de Cristina

Distinta es la cuestión de la negociación con los buitres. Aquí –al contrario de lo que ocurre con los hechos sobre los que se prefiere bajar los decibeles–, lo que el gobierno espera del Mundial es que amplifique el tema.

Desde hace tiempo que el kirchnerismo ha decidido usar la metáfora futbolera para poder explicar a nivel masivo un complejo tema financiero-jurídico. Luego de la semifinal contra Holanda, en el programa “De zurda” que conducen Diego Maradona y Víctor Hugo Morales, el periodista hizo un paralelismo entre la final que se disputará con Alemania y la otra gran final contra los “buitres”.

“Este es el partido que jugamos todos, los 40 millones, y nos jugamos el futuro”, dramatizó Víctor Hugo.

Luego, se difundió un video grabado por actores, cantantes y militantes de los derechos humanos, en los cuales se explica la instancia definitoria que atraviesa el país en este litigio. El lema: “Yo elijo Argentina”.

En estos mensajes que se filtran en la pauta publicitaria de los partidos mundialistas, se plantea que el desafío deportivo es asimilable a la pelea contra estos fondos. A primera vista, es un rival de fuerzas superiores, con grandes recursos económicos, cercanía a los centros de poder y acceso a los medios de comunicación del mundo desarrollado.

Y, enfrente, se para el equipo albiceleste, capitaneado por el locuaz ministro de Economía, Axel Kicillof. Un equipo convencido de su propio “modelo” y que además no está movido por intereses financieros sino por el amor a la patria.

Poco importa que la realidad contradiga este “relato”, y que en este momento lo que esté en disputa sea cuántos millones de dólares de más se les va a pagar a los fondos para que éstos acepten un cronograma de emisión de bonos que comience recién en 2015.
A fin de cuentas, el gobierno ya demostró su habilidad retórica para transformar la indemnización a Repsol y la cancelación de la deuda con el Club de París en epopeyas.

La recesión, el rival más difícil

Pero claro que no todo es pasible de ser contagiado por la euforia mundialista. El partido más difícil para Cristina es el de la economía real.

Se esperaba que en esta época del año se produjera un repunte del consumo, gracias a la conjunción de aumentos de salarios, dólar estable y mejora del humor social. Pero los números fríos muestran que los goles no alcanzan para lanzarse a gastar. En la mayoría de los casos, porque los aumentos derivados de las paritarias han sido castigados por la inflación, en particular en los sectores de bajos ingresos: la canasta de alimentos tiene una variación anual superior al 40%.

Y, en los sectores de clases medias, aun cuando pueda haber capacidad de gasto, lo que no hay es confianza. Las encuestas demuestran que el temor al desempleo está en su punto más alto desde la recesión de 2009 y que la predisposición a comprar bienes durables cayó en picada.

Hasta en el rubro de ropa deportiva se constató una caída de 3,8% respecto del año pasado –en el que no hubo ni siquiera una Copa de América–. Y en el renglón de electrodomésticos, que había vivido una fiesta durante el Mundial de Sudáfrica 2010, el bajón de ventas fue de 11%.

Para colmo, se entra en la época del año en la que el campo ya no ayuda con los dólares de la soja.

Lo cierto es que en la economía, se viene un alargue donde el equipo argentino cuenta con varios jugadores menos que el rival. A no ser, claro, que el arreglo con los “buitres” abra la deseada ventanilla del crédito internacional.

Es la esperanza a la que se aferra Cristina, mientras le prende una vela a Kicillof y otra a Messi.

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