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Miedo y asco en los Andes: "Muere, monstruo, muere" lleva el terror a lo profundo de las montañas

La película de Alejandro Fadel, que se exhibe en Cinemateca, lleva el género a la cordillera, lo filma de manera bella y le carga tintes sociopolíticos

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10 de octubre de 2020 a las 05:03

Cuesta soportar la sombra de una montaña. Y para quienes vivimos en la llanura más chata o la penillanura suavemente ondulada, más. Hay algo ahí, un gusto amargo que se queda en la boca mientras esas moles ocultan el sol. Hay algo raro, una incógnita que enrosca los intestinos. Que los estruja. Debe tener que ver con que representan el estado primitivo, que son cicatrices de cataclismos que nunca vimos. Marcas de una era en la que no dominábamos el planeta. Quién sabe. De todas formas, las montañas ejercen influencias dispares en los seres humanos. Y los que crecieron a sus faldas las conocen bien, pueden hablar de sus secretos. De las vergüenzas y atrocidades que taparon. De los monstruos que esconden, tal vez.

Alejandro Fadel es un cineasta que nació y creció en la provincia de Mendoza. La pared de los Andes estuvo siempre al costado de su vida. Correteó por allí. Durmió a su sombra. Y, claro, bebió de ellas para su trabajo. Hoy en Cinemateca se puede ver su realización más reciente, que está indefectiblemente unida a estos parajes escarpados: Muere, monstruo, muere. 

La película –que pasó por el festival Sitges, por el Un Certain Regard de Cannes y se llevó el premio Fipresci en Mar de Plata– apareció por primera vez en el mapa de las salas locales a principios de año, en una única función de febrero que fue parte de un ciclo de cine de terror y fantástico. Fue una pequeña ventana a la creación de Fadel que se abrió antes de la pandemia. Allí estaban quienes, probablemente, habían sido contagiados por el entusiasmo que llegaba desde el otro lado del río. Ahora, esta historia de asesinatos, investigación, supersticiones y fluidos asquerosos que golpea con ecos que hacen acordar a los enroques oníricos de David Lynch y al horror corporal de David Cronenberg, aterriza en el calendario oficial de Cinemateca. Muere, monstruo, muere llegó hace una semana y seguirá hasta este miércoles 14.

Definir la historia es fácil; transmitir lo que transmite, no. Pero por algo hay que empezar: Muere, monstruo, muere aterriza en un pueblo bastante remoto en las laderas de los Andes argentinos. Allí, varias mujeres aparecen decapitadas, desmembradas, masticadas, casi que con la periodicidad de un ritual satánico. La policía local tiene pocos efectivos y menos ganas de trabajar que un empleado público a punto de jubilarse, pero pone la investigación a cargo de Cruz (Víctor López), un tipo con una cara y una voz muy particular. Todo apunta a que el asesino es un desequilibrado que apareció desnudo y que está relacionado con la última muerte, pero el hombre (Esteban Bigliardi) no está bien: habla entre balbuceos, parece haberse contagiado de una enfermedad espantosa y no para de hablar de un monstruo. Esa idea del bicho infernal, de que algo sobrenatural y asesino acecha en esos parajes helados poco a poco empieza a dominar la mente de Cruz. Lo obsesiona al punto de que la línea difusa entre la realidad y la ficción se enturbia incluso más que la neblina que baja desde los picos nevados. Lo vuelve tan o más loco que la esposa del acusado, con la que tiene un extraño amorío.

Muere, monstruo, muere no es una película de terror al uso, pero sí carga horrores hondos. La pesadez del ambiente en el que Fadel elige situar su ficción se entremezcla con la sordidez del caso criminal, hasta que en un punto la película se trastoca: lo que empieza como un descenso profundo en miedos más bien sociopolíticos –hay una línea que se acerca al femicidio y es clara–, se transforma luego en un relato paranormal cargado de destellos oníricos. Esta apuesta aparece desde el comienzo mismo del filme, pero a partir de la segunda mitad es cuando se adentra finalmente en un cine que busca, más que contar, envolver, sugerir, intranquilizar. 

Así, las montañas se ciernen sobre el espectador como esas habitaciones-trampa donde las paredes se pegan cada vez más; la claustrofobia al aire libre pasa al frente y el horror, más que palparse, se siente como un viaje alucinógeno. Los gritos se confunden con las bengalas rojas de la noche y la lluvia, aparecen motoqueros misteriosos, el ambiente se enrarece cada vez más y la necesidad de encontrarle una explicación a todo pierde, de a poco, su sentido. Y el monstruo –¿o los monstruos?– se deja ver. 

A medida que la película avanza, Fadel y sus directores de fotografía, Julian Apezteguia y Manuel Rebella, se dejan llevar más y más en la experimentación visual –pocas películas recientes de la región se vieron tan bien como esta– y en la anarquía de lo que están contando, casi como si ellos mismos fueran los que se internan en las cuevas rocosas de los Andes en busca de la criatura. Quizá, por esa misma búsqueda permanente de lo que se esconde detrás de esos bosques helados y las caras mustias, el tercer acto se resiente un poco o, al menos, no está a la altura del despliegue anterior. Aun así la línea planteada se mantiene hasta el final y cuando las luces se encienden unos pocos gramos del alma del espectador se quedan en la historia. En ese pueblo horrible lleno de misterios.

Fadel ha dicho que las referencias para esta película van desde los usos cromáticos de giallo de Mario Bava y Dario Argento, hasta la sensación de vacío que le generó la película Hors Satan del francés Bruno Dumont. Estas y otras influencias se notan, pero su propia historia mendocina parece espolear buena parte del folclore que, al final, presenta su película. Así, por ejemplo, argumentó su necesidad de filmar en las montañas –la locación principal fue el valle de Uco en Mendoza– en una entrevista publicada por el semanario Búsqueda este jueves: “El objetivo era filmar esas montañas de una manera nueva y que conservaran, a la vez, la potencia que habían tenido en mí. Decidimos que había que filmar el paisaje como una voz más de las que habitan la historia. Que hubiera un ida y vuelta entre el paisaje interior y el exterior y que uno no pueda discernir si son las montañas de la locura o las locuras de la montaña”. 

Fadel lo logra. Muere, monstruo, muere es una experiencia como pocas en este año –y no porque el 2020 haya tenido pocos estrenos–. Es, además, una rara avis regional: la apuesta arriesgada y ambiciosa de contar una historia de varias capas que, en definitiva, es una película de género. Y de las buenas. Porque acá hay un monstruo que se puede ver y tocar –de hecho, el enorme animatronic aún se conserva en Francia–, hay muertes espantosas, un clima insostenible, imágenes bellas, un triángulo amoroso, canciones de Sergio Denis, un héroe improbable, un final polémico, algunas carcajadas producto de los nervios consumidos y las montañas que, de fondo, se comen todo. Y qué miedo que dan. 

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