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Mina La Oriental: maravillas de un mundo subterráneo oculto en Maldonado

Por fuera del circuito turístico masivo se encuentra –a medio camino entre Pan de Azúcar y Minas– un antiguo yacimiento de cobre que se puede visitar y carga con una historia única

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25 de enero de 2020 a las 05:00

Hace calor y está húmedo. Son las 11 de la mañana y la ruta 60 –que une a Pan de Azúcar con Minas– está prácticamente vacía. Lógico: la carretera en enero y a esta hora es solo para valientes y obligados.  

Un auto avanza vertiginoso entre curvas y repechos en una ruta que es atracción turística. El conductor lleva las cuatro ventanas bajas por el calor y el viento rebota furioso por toda la cabina. Una voz androide y metálica se dispara desde adentro del teléfono conectado al auto, la pantalla se enciende y una flecha en el mapa indica que en la siguiente curva hay que doblar a la izquierda. El conductor disminuye la velocidad y un rústico cartel de madera pasa el aviso: “Bienvenidos a mina La Oriental – Parque arqueológico”.

Hay una portera, dos porteras, tres porteras, cuatro porteras. Y al final un camino empedrado que se va desdibujando y termina a los pies de una tapera. Una antigua construcción de piedra y concreto que en sus años dorados –en el siglo pasado– funcionó como la sala de operaciones de una mina de cobre. Allí, como camuflada entre ovejas domesticadas y monte nativo, está Lilian Ascorreta.

Lilian es una mujer bajita, delgada y que habla muy rápido. Está en sus cincuentas. Lleva puesta una musculosa blanca, pantalones cortos color verde militar y zapatos azules de gamuza y suela gruesa. En verano siempre usa un sombrero de ala ancha, para defenderse del sol, y carga una mochila roja con cantimploras llenas de agua fría con limón. Se mueve nerviosa entre los árboles y las ruinas de piedra; se nota su entusiasmo. Es que está a punto de reconstruir su historia favorita: la historia de la mina La Oriental.

“Esta es mi casa, yo me crié acá”, dice mientras enfila por un sendero de hojarasca, pega un salto cortito y aterriza al borde de una improvisada escalera de piedra. Se detiene y con el dedo índice apunta hacia una estructura de metal oxidado. “Este es el horno”, señala. Y así empieza el recorrido por un parque geominero que si bien hace ya diez años que está abierto al público, todavía no saltó al circuito turístico esteño masivo. Tampoco es la idea, asegura Lilian. Aquella es una experiencia de “turismo no invasivo”. Apenas 12 personas por día son habilitadas a conocer el lugar.

A los pies del horno, Lilian reparte botas de goma, linterna y casco en una previa ansiosa a lo que vendrá después. Ya entonces, la mujer deja escapar detalles de su relato. 

Emprendimientos que nunca prosperaron, un juicio histórico, corrupción y una pasión oculta por los misterios y maravillas que habitan las profundidades de la tierra. La Oriental puede que no sea un punto caliente para el turista promedio, pero carga con siglos de historia a apenas 70 kilómetros de Punta del Este. 

Buscaban oro y encontraron cobre

El vínculo entre la familia Ascorreta y La Oriental se remonta al siglo XIX. La tatarabuela de Lilian dejó en herencia un campo de más de dos mil hectáreas para sus seis hijos. En el medio estaba la mina. Un grupo de españoles la había abierto años antes. Le pusieron el ojo a la tierra porque buscaban oro y plata. Extrajeron una cantidad mínima y luego se dieron cuenta de que era el cobre lo que podía volver al lugar un polo productivo.  

Una compañía minera argentina tomó la posta del proyecto décadas después, lo bautizó con su nombre actual y puso a trabajar a más de 80 personas. En los alrededores no había nada. Pan de Azúcar y Minas eran pueblos y la ruta 60, que conecta ambas localidades, no existía. 

Fueron varias las empresas y compañías que, a lo largo de los años, quisieran explotar la mina, pero ninguno tuvo el éxito suficiente. En el medio, la familia Ascorreta perdió el dominio de esa fracción del territorio, aunque nunca se fueron del lugar. “El nexo familiar con La Oriental pasó a ser de cercanía y no de propiedad”, resume Lilian. Los registros indican que alguien de la familia la donó, aunque la mujer presume que fue una venta encubierta. Lilian sospecha muchas cosas acerca de la mina y sus conexiones con el poder. La mayoría son incomprobables. 

En 1934 se instaló para trabajar en el lugar un ingeniero francés que se hizo muy amigo del abuelo de Lilian. Cuando la mujer nació, su padre empezó a trabajar en un emprendimiento minero que el francés quería catapultar. Fracasó. Como medio de pago les ofreció que se fueran a vivir a la casa que antes habitaron inversores e ingenieros de la mina. “En realidad  nos dieron algo que no era de ellos”.

Durante décadas, la mina fue depósito de murciélagos, vegetación, oscuridad y silencio. Lilian se mudó a Montevideo, estudió, trabajó, se casó, tuvo hijos. Dejó atrás esa infancia en La Oriental.  

La guía hace una pausa y se detiene en la entrada de la mina. Es la boca de un túnel de piedra recubierto de musgo. El suelo está inundado, por eso las botas. Por el agua y también por los bichos. La mina fue terreno de los hombres, pero la naturaleza reconquistó su espacio y ahora cualquiera que entre caminando sobre dos patas es un intruso.  

Lilian enciende dos linternas y empieza a avanzar por la oscuridad del túnel. “Entonces llegó el juicio”, dice y las palabras se pierden en el eco de la cueva.

Los ribetes judiciales

A lo largo de toda la década de 1990 diferentes geólogos y empresarios comenzaron a aparecerse por la vuelta de la mina con un aparente desinterés. “Le empezaron a hacer la conversación a mis padres. Yo venía poco y no me enteraba de lo que pasaba porque no había una comunicación tan fluida como ahora”, dice Lilian. Y agrega: “Terminó en que le quisieron comprar el campo a mi padre y él les dijo que era propietario del lugar, pero que no tenía los papeles”. 

Viveza criolla y mala fe mediante, un grupo inversor encontró los títulos y compró las 15 hectáreas de la mina. “Mi viejo los echó a todos. Es vasco, imaginate cómo fue aquella escena”. Pero los Ascorreta tenían pocas herramientas y recursos limitados, entonces tarde o temprano iban a tener que irse, ceder ante la presión empresarial. En los primeros años de la década del 2000, cuando Lilian se enteró de la situación, tomó el cedulón de la casa de sus padres y volvió a Montevideo esperando que alguien pudiera ayudarla. 

Por aquel entonces Javier Miranda –abogado, actual presidente del Frente Amplio– tenía mucha exposición mediática porque estaba buscando a su padre, Fernando Miranda, desaparecido en dictadura. Lilian lo veía en televisión y no podía dejar de pensar que él era el abogado que ella estaba buscando. Resultó que era amigo de su expareja. 

“Lilian vino a mi estudio con una carpeta enorme. Me dijo que no tenía plata para pagarme, pero que si aceptaba yo siempre iba a tener un lugar a donde ir en Pan de Azúcar”, recuerda Miranda. “Aquello me cayó simpático y acepté el caso”. 

Los papeles de La Oriental eran muy confusos. Fue un juicio largo, de años, con sentencias y apelaciones. “Era un lío descomunal. En el juzgado de Pan de Azúcar se enloquecieron”, asegura Miranda.

Al final, y luego de varias instancias, el juez falló a favor de los Ascorreta y les dio la prescripción adquisitiva, o sea le devolvió a la familia el dominio sobre la propiedad de la mina. “Fue el mejor juicio de mi vida”, asegura el abogado. Hasta el día de hoy Miranda es una especie de héroe sin capa para los Ascorreta. Lilian se deshace en halagos cada vez que lo menciona y Susana, su madre, tiene una foto de él pegada en la heladera. “Gané una familia”, dice Miranda. 

Ya con la propiedad garantizada, Lilián dejó atrás su vida capitalina y se mudó a La Oriental –en el medio de las sierras– para, ahora sí, “poner en valor el lugar”. Dice que se transformó en un Pepe Mujica “en cuanto a la austeridad” porque ahora su vida es otra cosa. “Digamos que me volví un poco más rústica”. 

Parque geominero

Cuando se instaló en la mina, Lilian empezó a leer y buscar qué estaban haciendo en otras partes del mundo con cuencas mineras en desuso. “Me encontré con la figura del geoparque Acá el tema estaba en pañales, pero podía funcionar”. 

Dice, también, que se apasionó por el tema y diseñó un plan para darle empuje a la mina. Lo presentó en diferentes intendencias y ministerios, pero nadie la escuchó. “Fui pionera en este tipo de turismo y por eso sufrí mal”. 

Lilian acondicionó el terreno como pudo y en setiembre de 2009 abrió al público. Hay varios formatos de visitas, pero el gran atractivo y lo más esperado del recorrido es meterse adentro del túnel para encontrar formaciones calcáreas y estalagmitas.

Lilian no sabe cuántos visitantes recibió desde entonces, pero asegura que fueron muchos y cada año se suman más. Llegan escuelas y liceos de todo el país; también turistas extranjeros.  

“La Oriental va a poder crecer, tengo una idea que podría triplicar la cantidad de visitantes y aún así seguir conservando la naturaleza. Es un proyecto que va a necesitar tiempo y cabeza”. Mientras tanto, las puertas seguirán abiertas.   


 

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