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Muchos orientales en Estocolmo

Una reflexión sobre la fiebre de viajar y la necesidad abrumadora de existir 

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04 de diciembre de 2018 a las 05:02

Por Joaquín DHoldan

Soy consciente que tardé un año en poder escribirte. También que, luego de ese tiempo, no hago otra cosa que hacerlo. Es un momento. El tiempo hace que las cosas se acomoden, tengan lugares nuevos. Me había prometido que el viaje a Estocolmo sería el cierre de este círculo. Una suerte de conclusión de una pequeña historia de dos amigos que vivieron años en la misma ciudad sin encontrarse pero que se parecían tanto que la gente los confundía. Son pequeñas coincidencias que adquieren sentido si al final sucede algo importante. ¿Qué significado podría tener que yo hubiera nacido en la calle Suecia (en el Cerro) y vos en Suecia (el país)?  

Quedamos en ir juntos a Suecia (a las dos). Me tomó un año darme cuenta que eso no sucederá. Estuve a punto de ir. Hoy mismo debería estar en Estocolmo, pero no pude (¿o no quise? Sin embargo me había prometido hacer un artículo de viajes en la línea de los anteriores, se llamaría “Tres orientales en Estocolmo” y como soy muy terco, cuando sucedió (¿o decidí?) que no viajaría, me dije: El artículo lo escribo igual y lo llamo “Ningún oriental en Suecia”.  Pero leyendo sobre este país, en cuya calle que lo homenajea nací y me crié, supe que en 1900 había 4 uruguayos, 30 en 1960 y en 1988, 2406. En los noventa llegamos a 2447. De los 9 millones de suecos, 1 millón son latinoamericanos. Si en Estocolmo hay casi un millón de personas, por proporción imagino que estaremos en doscientos y pico de orientales, pero no lo sé, y la verdad que da igual. Me sonaba bien que hubiera muchos. Un dato tan extraño como que no estuviéramos nosotros. 

El camino fácil era no escribir sobre este lugar desconocido, pero encierra un par de historias que siempre esperé la oportunidad de contar. Historias tuyas, que creo harán bien a alguien. Uno escribe por varios motivos, uno puede ser ese, la intuición de que tendrá valor en otra vida, que transformará algo.

Me parecía fascinante la historia del lago de hielo con tu amigo. Me lo contaste uno de los pocos días de lluvia en Sevilla. Salimos de la radio y desde mi paraguas te dije “Te estás mojando”, “Para mí esto no es nada, soy sueco”. A veces me olvidaba. Resulta que una vez ibas caminando por un bosque con tu mejor amigo, eran muy jóvenes, el momento en que la amistad es lo más importante del mundo. Ambos decidieron atravesar un lago helado. Cuando iban por la mitad sintieron el hielo resquebrajarse bajo sus pies. Se miraron un instante y comenzaron a correr, pero no de cualquier forma, se agarraron de la ropa, forcejearon para salir primero que el otro, en un momento de pánico, en tan sólo unos instantes, lucharon por salir con todas sus fuerzas aún empujando al mejor amigo. Me dijiste que cuando llegaron a tierra firme se tumbaron en la nieve con la respiración cortada. Se habían salvado y se quedaron mirando llenos de vergüenza. Jamás lo hablaron. Ambos sabían lo que habían hecho, el pánico le había ganado a la cordura y lejos de los gestos de valor generoso propio de la amistad, ambos se habían aferrado a la vida a costas del otro. Es cierto que el hielo crujía, no estaba claro si el peligro era real o si el amigo que huía significaba que  todo se venía abajo. Como si de un pacto se tratara, jamás lo hablaron. Luego de esas miradas donde no cabía el reproche todo siguió igual. No se me ocurre una historia más significativa de la amistad. Más aún que los cuentos que quieren endulzar la relación entre dos seres con actos de generosidad. No se me ocurre mayor perdón que aceptar que tu amigo luchó por su vida antes que por la tuya, pero aún así reconoces que vos hacías lo mismo, al menos esa vez.

Me lo contaste y yo te comenté lo que dice Alejandro Dolina: “Te cambio al mejor de mis amigos por la peor de mis novias”. 

Andrei Backmann, Harald Edelstam, Olof Palme, la historia de los orientales en Suecia está asociada a nombres de personas que se comprometieron con los refugiados políticos. De allí que aparecieran dos mil de repente, y por eso naciste en un país que no era el de tus padres. Por eso siempre te consideré un buen ejemplo para la pregunta ¿De dónde es una persona? Todo el que te trató sabía que eras uruguayo. Y creo que viste a Uruguay por primera vez a los ocho años. Me contó tu madre que cuando te señalaron desde el avión a Montevideo, dijiste “parece mentira las cosas que veo”. 

Un estudio de María Luján Leiva (de la Universidad de Buenos Aires) concluye. “Contrariando la interpretación lineal clásica que sostiene que con el pasar del tiempo la orientación de los migrantes se dirige ineludiblemente hacia la sociedad de recepción en vez que a sus regiones de origen, los uruguayos en Suecia evidencian que los emigrantes mantienen profundos compromisos y una participación sustancial en las esferas económicas, políticas y culturales de sus países de origen”.

En el mismo trabajo se recopila la importancia de la cultura en los exiliados en Suecia: En Suecia se crea el Teatro Popular Latinoamericano en 1979 y la primera obra que estrena es “La Calesita Rebelde”, obra escrita por Rosencof en 1967. Mauricio Rosencof escribió “Señor Sjöbo” para el Park Teatern y “Cuando Adán y Eva llegaron a Estocolmo” para el Teatro Sandino. En 1995 se estrena “La vida al margen” de Carlos Liscano, relato escrito en la cárcel uruguaya en 1982 que toma forma de monólogo teatral, actuado por “Pepe” Veneno. Son algunos ejemplos de la inabarcable actividad artística de estos compatriotas, (sin contar las revistas culturales, las murgas, el candombe, los pintores, escritores, etc.). Es muy distinto a lo que estamos haciendo los orientales que no estamos en Uruguay en la actualidad. La gran mayoría ni siquiera consumimos la cultura de nuestro país. Muy poco cultivamos. Parece que la gran mayoría, fruto del exilio económico, estuviera más centrado en eso, en lo económico.

Habría mucho para contar de los orientales en Suecia, y seguramente no soy el indicado. Soy un sorprendido más de las condiciones que llevan a un grupo de refugiados a vivir durante años en un lugar ajeno, lo más ajeno posible. Irónicamente en las últimas elecciones suecas se vio un crecimiento de la extrema derecha, temían que ganara. Ese rebrote se viven en varios lugares, un fenómeno complejo, cíclico, propio de los tiempos que corren, manipulados y poco razonados. Con mayores afinidad por el desprecio que por la empatía. Escudados en una cruel lectura sobre el pasado y a una velocidad  absurda e innecesaria. 

El mundo está cambiando por eso pensé que podía escribir sobre un viaje que nunca hice. Últimamente veo mucha gente que viaja, que dice que viaja. Supongo que en estos tiempos de redes sociales virtuales es fácil mostrar, y para muchos es necesario. Presumir de viajes es una vieja costumbre. Contar destinos, describir paisajes, fotografiar monumentos, recorrer caminos, tomarse aviones, barcos, trenes, probar comidas raras…

Quizás esa percepción de libertad que dan los viajes tenga que ver con lo que hay que tener para hacerlos. Tiempo, dinero, medios, apoyos. Muchos viajeros cuentan sus aventuras (“Me fui con diez dólares y muchas ganas”), y por supuesto que existen historias  de caminantes. Pero el viajero moderno suele sacar las fotos con filtro. No cuenta que llevaba una tarjeta de crédito, o que su familia estaba del otro lado del teléfono con una cuenta bancaria, o que tenían sponsors o contactos, o que sus trabajos le permitan hacer algo que cuando venís de un barrio humilde y tenes que trabajar día a día es casi imposible. De adolescente era un viaje ir del Cerro al Centro, tenía para dos boletos y una bolsita de garrapiñada. Si todo iba bien podía sumar una entrada al cine, y un milagro podía ser comprar un libro.  Podía ir a Suecia pero no lo hice, el billete no era caro, tenía donde alojarme y también quien me diera comida, pero vos no estabas, y hace tiempo que descubrí que los únicos viajes que me importan incluyen personas. No piensen que eso te impide conocer nuevos lugares, al contrario, te obliga a volver a muchos destinos. 

Voy a volver a Estocolmo. Otra gran historia que me contaste sucedía en una parada de autobús, una noche sin luna, blanca por la nieve. Uno de tus mejores amigos salía de trabajar de ayudante de cocina y estaba allí sentado, esperando. De repente a su lado vio un gran bolso negro. No había nadie cerca. Aparece el autobús y duda un instante. Finalmente toma el bolso y sube. Mira hacia tras mientras el vehículo avanza, por si aparece el dueño. Nadie. Tu amigo llega a su casa. Vive solo, es un inmigrante joven, que llegó a Suecia de rebote, envía dinero a su madre, no tiene hermanos, no tiene a nadie más que un par de amigos con los que hacen rap en español. Antes de dormir abre el bolso. Estaba lleno de dinero. Una fortuna. Al otro día fue a trabajar, y al otro. A las semanas te contó su secreto. Le preguntaste que iba a hacer. “Esperar”. También te dijo que si necesitabas le pidieras. Por supuesto, nunca le pediste nada. Pasaron años. No se lo contaste a nadie. Me dijiste que tu amigo no usaba ese dinero, pero que sabía que llegaría el momento en que podría hacer algo significativo. “¿Viajar?”, comenté yo. “Al contrario”, dudaste, “Creo que quería elegir donde quedarse”. 

Tardé un año en escribirte amigo. Esta vez no fui a Estocolmo. No conocí a tu amigo rico, ni al superviviente. Hay muchos orientales en Suecia. Nadie va a notar mi ausencia.

Es extraño eso de no estar. No estás ahora en Sevilla. No estoy en Montevideo. Tal vez la fiebre de los viajes sea por esa necesidad abrumadora de existir. Alguien debería avisarnos que es inútil. Que estamos en otras personas y no en otros lugares. Que somos historias y no paisajes. 

Esta nota fue originalmente publicada en el blog Delicatessen.

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