13 de febrero de 2014 16:41 hs

Philomena Lee tiene hoy 80 años. Pero varias décadas atrás, en los años cincuenta, era una adolescente que durante una noche de feria conoció a un joven con el que mantuvo relaciones sexuales. De ese encuentro nació un niño al que fue obligada a dar en adopción en un convento de la ciudad irlandesa de Roscrea, mientras pagaba su deuda trabajando en las lavanderías de la institución.

Cincuenta años después de ese nacimiento, Lee decidió romper el silencio de la existencia del niño y buscar a su hijo, con la ayuda del periodista Martin Sixmith, quien escribió en 2009 un libro acerca de esta investigación. En él se basa el último filme de Stephen Frears Philomena, estrenado en Uruguay la semana pasada, que compite por cuatro premios Oscar (película, guion adaptado, banda sonora original y actriz).

Lo que Lee no sabía, y que descubrió durante la investigación, es que las monjas vendían los niños por grandes sumas de dinero a familias católicas estadounidenses, un tema que también fue retratado en el filme de 2002 En el nombre de dios (The Magdalena Sisters). La anciana, no obstante, no les guardó rencor y continúa siendo una católica fiel y compasiva.

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Más aún, la herida de la culpa que le fue infundida no parece haberse cerrado sino hasta la semana pasada, cuando Lee conversó con el Papa Francisco en el Vaticano junto con el actor, guionista y productor de la película, Steve Coogan. La anciana, quien está al frente de Philomena Project, una asociación que lucha por que el gobierno irlandés abra los archivos de las historias de madres obligadas a las adopciones, dijo sentirse, al conversar con el pontífice, finalmente “liberada de la vergüenza” y de la culpa de “haber tenido un hijo fuera de matrimonio”.

Es esa mezcla de entereza, compasión, bondad e inocencia que transmite Lee, la que hace a la película de Frears una obra cálida y conmovedora. Pero el filme seguramente no sería el mismo si la anciana no estuviera interpretada por la que seguramente sea la actriz más importante en actividad de su generación: Judi Dench.

La artista, de 78 años, quizás la única que pueda arrebatarle el Oscar a Cate Blanchett por Blue Jasmine, es el corazón de la película y Frears se encarga de dejarlo en claro regalándole al espectador una gran cantidad de primeros planos, que muestran una actuación llena de sutileza y emoción.

Su Philomena es una mujer de clase trabajadora, otra pincelada de ese lienzo de clases sociales que Frears se ha encargado de retratar en su filmografía, que contrasta con los papeles de mujeres duras y distinguidas que suele interpretar la británica (como M en la saga de James Bond o la reina Isabel en Shakespeare apasionado, filme que le valió el Oscar a mejor actriz de reparto por sus escasos pero intensos ocho minutos de pantalla).

Su personaje contrasta también con el de Coogan, un experiodista de la BBC, sabelotodo y cínico, quien decide volver a su profesión escribiendo una “historia de interés humano” tras ser echado de su trabajo como asesor político.

No obstante la cinta tiene algunos baches, especialmente aquellos en las que abusa del recurso “viejita simpática diciendo líneas de comedia”, lo que redunda en cambios de tono un tanto forzados. No obstante, Frears, autor de películas como Alta fidelidad y La reina, sale bien parado ante una cinta cuyo riesgo principal era convertirse en una obra meramente lacrimógena.

Una mención aparte merece el compositor francés Alexandre Desplat, nominado para los Oscar por sexta vez. Se trata de uno de los grandes nombres actuales detrás de las bandas sonoras de películas, autor de la música inolvidable de Al otro lado del mundo (The Painted Veil), que le valió un Globo de Oro en 2007. El trabajo de Desplat en Philomena, que combina la dimensión dramática y a la vez luminosa de la historia, no solo viste el filme de la música adecuada sino que la transforma en una película cuya emoción permanece en el espectador.

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