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Natalia Oreiro, de acá a Rusia: un amor que cruza el mundo

El documental Nasha Natasha ilustra el vínculo entre la actriz y cantante y su público en el país más extenso del mundo

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17 de agosto de 2020 a las 05:00

En noviembre de 2017, la selección argentina de fútbol viajó a Rusia para jugar un amistoso contra la selección local, que meses después sería la anfitriona de la Copa del Mundo. La rama argentina de la cadena deportiva ESPN envió a uno de sus periodistas a Moscú, y en la previa del partido hizo uno de esos reportajes que se conocen como “de color”. En él, recorría las calles de la capital rusa mostrándole a los locatarios dos fotos. Algunos, no todos, reconocían a la estrella del equipo albiceleste, Lionel Messi, que aparecía en la primera. Luego les mostraba otra, de una mujer. Y ahí nadie fallaba. Natalia Oreiro.

Es que la actriz y cantante nacida en el Cerro es una estrella pop por aquella zona del mundo. Y sobre ese vínculo, entre figura y país, va el documental Nasha Natasha, que aunque está en proceso desde 2014, y se estrenó una versión en el Festival de cine de Moscú en 2016 (que según uno de los productores, nada tiene que ver con lo que se ha presentado este 2020), llegó recién hace algunos días a Netflix.

Nasha Natasha significa “nuestra Natalia”. Y es que los rusos se la han apropiado, y ella se ha tomado la molestia de responder de forma recíproca. No solo visitando el país periódicamente y haciendo giras con sus canciones que llenan estadios (en un momento de la película, uno de los músicos de la banda de Oreiro recuerda que uno de los escenarios donde se presentan tuvo una función agotada para Sting, y dos para la uruguaya), sino también aprendiendo el idioma, siendo cercana y afectuosa con quienes la idolatran. Para muestra un botón: en su cuenta de Instagram recién estrenada, su nombre figura primero en alfabeto cirílico, y recién después en el latino.

Todo empezó con Muñeca Brava, la telenovela argentina emitida entre 1998 y 1999 que fue tanto un fenómeno acá como allá. Oreiro contó una vez que en Rusia iban 16 emisiones de la tira que allá se conoce como Ángel salvaje, y que protagonizó junto a Facundo Arana y que la convirtió en una figura de primera línea en la pantalla argentina. Pero su trabajo como Milagros, más conocida como "la Cholito", pegó también en el país más grande del mundo.

En un texto publicado por la revista Anfibia, la periodista argentino-uruguaya Julia Muriel Dominzain, que durante años trabajó en Moscú, cuenta un poco sobre el impacto y el timing que tuvo la novela, que presentaba a una protagonista diferente a lo que era la norma. “Cuando Muñeca Brava llegó a Rusia hacía una década de la caída del Muro de Berlín. Es decir que esas niñas, niños o adolescentes habían nacido o al menos, crecido, en un sistema capitalista. No fueron 'homo sovieticus' quienes se enamoraron de Natalia Oreiro sino las generaciones que vinieron después.  Principalmente, mujeres. Mujeres que hoy pueden tener, como Natasha, cuarenta y pico. Con muchas de las que lo charlé, me decían que les parece divertida, 'de mente abierta', que Muñeca Brava fue un bombazo, que 'a Nati se la adora de verdad' o que 'de mis 12 compañeras de clase, 10 estudiaron español por ella'”.

En el documental dirigido por Martín Sastre, las voces rusas replican eso y además reiteran en distintas oportunidades: “Crecimos con Natalia”. De ahí seguramente, también, venga la fidelidad. Porque siempre se guarda un lugar en el corazón para los ídolos de la juventud.

La película se enfoca en la gira que llevó por título, justamente, Nasha Natasha, y que tuvo lugar a lo largo de 2014. Veinte días en los que Oreiro va de una ciudad a otra a toda velocidad, entre la nieve y el frío inhóspito de Siberia a bordo del Transiberiano, y las grandes ciudades como San Petersburgo y Moscú. Todo eso se intercala con archivo de anteriores visitas a Rusia y demás países de Europa donde también tiene una fama ganada gracias a sus telenovelas y sus canciones, y una tercera pata en su biografía y en su vida personal, desde la infancia hasta el éxito en Argentina, relatado por sus padres, su hermana, algunas amigas de la infancia, Facundo Arana y también su esposo, el músico Ricardo Mollo.

El documental tiene acceso, pero no tiene demasiado conflicto. Es lo que tiene tener a uno de tus mejores amigos detrás de la cámara. No hay mucho margen para los defectos. Solo vemos algo de tristeza y melancolía cuando Oreiro tiene algunos momentos en solitario en la gira, o el dilema lógico de extrañar a su esposo y sobre todo a su hijo (que en ese momento tenía dos años) estando en la otra punta del planeta.

Pero lo más interesante, sin dudas, es la relación de Oreiro con Rusia y sobre todo, con los rusos y las rusas. Si hay algo que se le puede elogiar es que siempre tiene tiempo para el público, que no tiene problema en meterse entre ellos y cumplir con cada pedido de foto o autógrafo, o que no le dice que no a ninguno de los regalos que le entregan.

Un video relativamente viral se difundió en las redes sociales uruguayas durante el Mundial de Rusia. En él, el comentarista deportivo Jorge “Toto” da Silveira comentaba en la ciudad de Nizhni Novgorod: “Me hacía la idea de que los rusos eran Stalin, la KGB, y resulta que es flor de país y los rusos son buenazos” (con un lenguaje mucho más soez). Y Nasha Natasha también tiene el mérito de ilustrar un poco más sobre el carácter ruso.

Los vemos saltar, cantar, bailar una canción de Gilda (seguramente el momento más surreal y al mismo tiempo maravilloso de la película) y sonreír. Los vemos regalar, para expresar los sentimientos que quizás no demuestran físicamente. Notamos que como puede pasarnos con los chinos, los japoneses, los senegaleses o los fijianos, lo que sabemos de los rusos es una deformación provocada por años de bombardeo cultural occidental, donde son siempre los malos.

Y la guía en el viaje es Oreiro, que logra que allá en Siberia levanten carteles con el Palacio Legislativo o que hagan dibujos de Cabo Polonio. Dicho así, suena extraño. Después de ver Nasha Natasha, no lo es tanto.

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