19 de enero 2023 - 16:00hs

Por Gideon Rachman

"No descarten a Rusia". Ésa fue la advertencia que murmuró un diplomático europeo, con larga experiencia en Moscú. Es una observación justa. La invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin ha salido muy mal. Pero Rusia sigue siendo un país enorme, con abundantes recursos y un gobierno despiadado y brutal.

Los servicios de inteligencia ucranianos creen que nuevas campañas de reclutamiento podrían permitirle a Rusia desplegar un ejército de 2 millones de soldados para una nueva ofensiva más adelante este año. El presidente Volodymyr Zelenskyy advirtió recientemente de que Moscú podría realizar pronto un nuevo intento de capturar Kiev.

Pero ni siquiera un gran avance en el campo de batalla podría darle a Rusia una victoria duradera. Imaginemos que las fuerzas de Putin lograran algún tipo de milagro maligno, derrotaran a Ucrania y derrocaran al gobierno de Zelenskyy. ¿Y luego qué?

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La realidad es que una Rusia herida y aislada se vería entonces atrapada en una guerra de guerrillas de décadas de duración que haría que Afganistán pareciera un picnic. Las fuerzas de ocupación o un gobierno colaboracionista en Kiev sufrirían ataques constantes. "La victoria" confinaría a Rusia a un desastre a largo plazo.

Putin y sus aliados siguen consolándose con la historia. Rusia sufrió terribles derrotas a manos de Napoleón y Hitler, pero finalmente prevaleció. Pero aquellas guerras fueron defensivas. Sabiendo que no tenían hacia dónde retirarse, los rusos lucharon hasta el amargo final. Esta vez son los ucranianos quienes defienden su patria.

En las grandes guerras anteriores, Rusia también formó parte de una coalición europea mayor. Pero ahora, como observó Dmitri Trenin, un estratega pro-Kremlin, en un artículo reciente: "Por primera vez en la historia rusa, Rusia no tiene aliados en Occidente". De hecho, la coalición antirrusa se extiende mucho más allá de Europa. Como añade Trenin sombríamente: "El grado de cohesión entre los países de habla inglesa, Europa y los aliados asiáticos en torno a EEUU ha alcanzado niveles nunca vistos".

En esta nueva situación, a Rusia no le queda más remedio que buscar amigos en Asia y África. Al Kremlin lo consuela que los principales países del "sur global" — como China, India, Sudáfrica e Indonesia — no se hayan sumado a las sanciones internacionales contra Rusia. Pero, con la excepción de Irán, estos países no le han proporcionado a Rusia un apoyo militar a la altura del armamento occidental que llega a Ucrania.

La dependencia del sur global implica una reorientación de la economía rusa, que durante los últimos 30 años se ha basado principalmente en las exportaciones de energía a Europa. Rusia también depende ahora peligrosamente de China.

¿Cómo metió Putin a su país en este lío? La raíz del problema es su incapacidad para aceptar la pérdida del estatus de gran potencia, algo que ya habían enfrentado otros Estados europeos. (Algunos dirán que el Brexit demuestra que Gran Bretaña aún no ha llegado a ese punto. Pero, en lo que se refiere a actos de autolesión, no es nada comparado con lo que Putin le ha hecho a Rusia. El equivalente catastrófico habría sido una invasión británica de Irlanda).

El orden europeo que Putin recuerda con nostalgia se construyó en torno a la rivalidad entre grandes potencias. Incapaz de comprender un nuevo sistema — basado en la cooperación entre Estados, bajo los paraguas de la Unión Europea (UE) y la OTAN — Putin ha acabado aislando a Rusia de todo el continente europeo. Como dice Angela Stent, de la Universidad de Georgetown: "Putin ha cerrado la ventana a Europa que Pedro el Grande abrió" en el siglo XVIII.

Si Putin hubiera estado dispuesto a aceptar que Rusia se encontraba permanentemente en el escalón inferior a las superpotencias, habría habido oportunidades para que la diplomacia rusa desempeñara el papel de potencia intermedia equilibradora. En cambio, Putin se excedió en Ucrania. La irónica consecuencia es que es probable que Rusia salga de esta guerra aún más mermada como potencia mundial.

La desesperada situación de Rusia ha provocado cierto nihilismo entre algunas de las élites del país, inspirados por presentadores de televisión fantaseando en voz alta sobre la guerra nuclear y el Armagedón. Los estrategas rusos que abogan cada vez más por seguir luchando no lo hacen porque vean una perspectiva realista de victoria, sino porque la derrota es demasiado difícil de contemplar. En su sombrío artículo, Trenin, antiguo coronel de la inteligencia militar rusa y entonces director del ahora clausurado Centro Carnegie de Moscú, sostiene que "aunque existe una vía teórica de rendición" para Rusia, esta opción es inaceptable porque conllevaría "una catástrofe nacional, un probable caos y una pérdida incondicional de soberanía".

El temor a ese desenlace lleva a Trenin a concluir que Rusia no tiene más remedio que seguir luchando como "país guerrero, defendiendo su soberanía e integridad", aunque ello requiera "grandes sacrificios" durante "muchos años". Seguir este sangriento camino, sostiene Trenin, requerirá "el patriotismo incondicional de la élite".

Pero ésta es una definición muy peculiar de patriotismo. ¿Qué ruso patriota querría seguir enviando a sus compatriotas a la muerte en una brutal guerra de agresión que está haciendo al país más pobre, más aislado, más dictatorial y más vilipendiado en todo el mundo?

Los verdaderos patriotas rusos son aquellos — muchos de ellos en la cárcel o en el exilio — que están decididos a detener a Putin y su guerra. Sólo cuando eso ocurra tendrá Rusia una oportunidad de reconstruir su estatus moral, económico e internacional.

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