Hoy lo que importa son los detalles. Con la excepción de algunos juegos como Minecraft, que privilegian una estética "retro", los productos más recientes de la industria de los videojuegos apuntan al hiperrealismo y, como nunca antes, cuentan con las herramientas tecnológicas para lograrlo. Así, la experiencia de juego incluye ver cada uno de los cabellos y de los poros del rostro los personajes, más y más inspirados en celebridades reales. Sin embargo, siempre se puede contar con que la nostalgia haga de las suyas y recuerde de la belleza, distinta pero no menor, de los primeros arcade. Son esos personajes tan queridos de principios de los años 1980 los que invadirán desde hoy los cines uruguayos, a través de la nueva película de Adam Sandler, Píxeles.
Inspirada en un cortometraje popular del francés Patrick Jean, Píxeles convierte a esas figuras de 8-bits en los villanos de una aventura de ciencia ficción. De la mano del realizador Chris Colombus, Pac-Man, los aliens de Space Invaders, un primigenio Donkey Kong, Frogger y figuras del Tetris son utilizados como naves bélicas por extraterrestres que malinterpretaron mensajes de paz de la NASA y los consideraron gritos de guerra. Queda en los humanos, liderados por Sandler y Kevin James, la misión de derrotar a los personajes y devolverlos al plano inofensivo de la ficción.
De la pantalla a la realidad
En el día a día, sin embargo, esas figuras no han sido los malhechores, sino las víctimas de un mercado que ya no considera a las maquinitas atractivas ni redituables, relegándolas a las manos de aficionados y coleccionistas de retrogaming.
En Uruguay aún no se ha cerrado el capítulo, pero sí se han enfrentado grandes pérdidas como Baltimore, ubicado en 18 de julio y Cuareim. El local cerró en 2014 por no lograr mantenerse solo a fuerza de un flujo de fieles, pero escasos jugadores que pagaban a $ 25 la ficha.
Uno de los pocos supervivientes es el Bowling Center que, en esa misma zona de la capital, conjuga un par de "maquinitas" con su oferta mayoritaria de bolos americanos y futbolito. Con otro perfil, los locales de PlayLand en Punta Carretas Shopping y en Costa Urbana Shopping se unen a los PlayTime de Portones Shopping y el hipermercado Géant de Avenida Giannattasio.
Sin embargo, según comenta a El Observador el aficionado Andrés Vique, estas últimas salas apuntan más a un público infantil, incorporando juegos con otro tipo de interacción, como los del estilo whack-a-mole (en los que se golpea con un martillo a los objetos que aparecen). A estos, además, se suman opciones analógicas como el bowling, el pool y el tejo.
Algunas maquinitas también sobreviven en los restaurantes de La Pasiva de Paso Molino y Colón y en salones de fiestas, agrega el operador de maquinitas Gustavo Lareo. En el interior del país, en tanto, existen algunos locales que mantienen vivo el hobby. En temporada, menciona Vique, algunos sitios en Pan de Azúcar y la Barra del Chuy funcionan con alrededor de diez maquinitas cada uno, mientras que el Taxco Pool, de San José fue reinaugurado en 2013 con una propuesta de arcades para toda la familia.
Ese número limitado de salas, afirma Lareo, se debe a un cambio del mercado. "Hoy no lo arreglás con un macaquito que salta con dos botones y el desarrollo de la tecnología lleva a que el costo de una maquinita sea muy alto. En un país como el nuestro no se puede cobrar una ficha al precio necesario para hacer que el negocio sea rentable y eso impide la entrada de nuevos juegos". Aunque hoy salen cerca de $ 25, esas fichas deberían elevarse a $ 100 para no suponer un déficit.
La introducción de las consolas también cambió las reglas, al permitir llevar el entretenimiento virtual al hogar. Además, tanto Lareo como Vique identifican un viraje de los empresarios al mercado lucrativo de los tragamonedas.
En otros países, no obstante, el amor por el vintage permitió el surgimiento de los barcades, que mezclan el consumo de alcohol con los clásicos del arcade. Esa receta, por ahora exitosa, demuestra que, en algún lugar, aún hay esperanzas.