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“Nuestro marco de negociación colectiva no está diseñado para cuidar el empleo”

El economista Pablo Rosselli afirmó que es “un debe importante” mejorar y modernizar  las relaciones laborales; también habló de las reformas que necesita el país

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03 de julio de 2022 a las 05:02

La ventana del despacho del economista Pablo Rosselli, socio de Exante, ofrece una típica postal portuaria: barcos, grúas y contenedores. Desde el comienzo surge el paralelismo entre la solidez de las viejas construcciones y la nueva arquitectura, que no borra lo antiguo sino que lo complementa. Para Rosselli es importante atender la solidez que tiene el país, reconocida a nivel internacional, pero es imperioso avanzar en reformas que modernicen algunas estructuras. ¿Cómo se adaptan las estructuras institucionales para que esta nueva realidad sea beneficiosa para todos? ¿Cuánto depende nuestro éxito como país, de reformas que se van “pateando para adelante”?

El economista Rosselli dice, por ejemplo, que “cada año que demoremos en reformar la seguridad social, es un año de injusticia”. En diálogo con Luces largas, habla de la reforma laboral y sostiene que el “marco de negociación colectiva no está diseñado para cuidar el empleo”. No le gusta que se hable de “la madre de todas las reformas”, porque el reto, afirma, es ir haciendo varias en simultáneo. También se detiene en el rol que deberían cumplir en este contexto las empresas públicas; y menciona en forma reiterada la vital necesidad de un “conjunto robusto de políticas públicas”, para atacar la pobreza y la marginalidad.

La pandemia y luego el referéndum, alteraron la agenda que tenía prevista el gobierno. Ahora, a mitad del período, hay interés en empujar algunas reformas. ¿Por dónde debería empezarse?

Creo que un punto clave a entender es que Uruguay está atrapado en lo que en la jerga se llama “la trampa del ingreso medio”. Es un país que tiene un ingreso per cápita medio y hacia arriba en la comparación internacional: ingresos altos en los países pobres e ingresos bajos en los países ricos. Y esto plantea desafíos muy importantes, porque los costos salariales en Uruguay son demasiado altos para atraer inversiones intensivas en mano de obra; y al mismo tiempo el ecosistema económico uruguayo no resulta lo suficientemente sofisticado para atraer cuantiosas inversiones en sectores de mucho más valor agregado. Necesitamos ese tipo de inversiones, necesitamos sofisticar nuestra economía, nuestro ecosistema empresarial, las relaciones entre el sector público, la academia, el sector privado, pero es muy difícil de hacer.

¿Uruguay no avanzó o es que va a una velocidad lenta o diferente entre sectores?

Uruguay avanza, va logrando cosas. Mas allá de la fortaleza internacional en el mundo de agronegocios, el país se está volviendo un creciente exportador de servicios globales. Cuando se habla de servicios globales rápidamente se piensa en la industria del software, pero también hay que pensar en la exportación de servicios profesionales, técnicos, en la radicación de empresas multinacionales que se instalan en Uruguay y que demandan servicios para sus empresas en el exterior. Pero de todas maneras, cuando se mira la historia, Uruguay crece poco; la tasa de crecimiento si se mira 50 años para atrás está en torno al 2% o 2,5%. En el marco de la nueva institucionalidad que se está implementando, el Ministerio de Economía y Finanzas, habiendo consultado a un conjunto amplio de economistas, llegó a la conclusión de que la tasa de crecimiento tendencial de Uruguay está entre 2% y 2,5%. Bueno, si Uruguay crece en ese rango, va a ser una tasa insuficiente para satisfacer las demandas que legítimamente tiene la sociedad uruguaya sobre niveles de vida, de ingresos. Si Uruguay no crece más rápido, va a tener dificultades muy significativas para bajar la pobreza y la desigualdad.

¿Y cómo podría robustecerse ese crecimiento?

Tenemos un gran desafío ahí, que es bajar la pobreza y la marginalidad. Y acá no se trata de decir primero crecemos y luego esperamos que el crecimiento haga su trabajo y derrame al resto de la sociedad. Hay que trabajar simultáneamente en reformas que ataquen directamente el potencial de crecimiento y que ataquen la pobreza y la marginalidad.

¿Y cómo se hace?

En realidad, los economistas tenemos que ser bastante cautelosos al responder esa pregunta. Hay pocos países en el mundo que lograron salir de la trampa del ingreso medio, si uno excluye los países que se desarrollaron con la primera y segunda revolución industrial. Es decir, dejemos de lado los países europeos, Estados Unidos y Canadá, y son pocos los países que 50 o 70 años atrás eran pobres y hoy son ricos. Tenemos que buscarlos en Asia, Japón, Singapur, Taiwán…, los tigres asiáticos. Entonces la realidad es que los economistas tenemos bastante claro el tipo de cosas que no hay que hacer. Uno mira a Argentina y dice “bueno, ese tipo de políticas públicas que distorsionan absolutamente todos los mercados terminan funcionando muy mal”. Lo que los economistas sabemos es que para aumentar el ritmo de crecimiento económico seguro hay que hacer varias cosas. Por eso me gusta decir que no existe la “madre de todas las reformas”. A veces en el debate político decimos “la madre de todas las reformas es tal cosa”, por ejemplo la reforma del Estado. Yo creo que es una mala analogía, porque sugiere la idea de que si hacemos eso ya está.

El tema es que de reformas se habla mucho, pero se concreta poco.

Ojalá el crecimiento económico de Uruguay cambiara sustancialmente haciendo una gran reforma, porque uno debería pensar que el sistema político tendría que ponerse de acuerdo en esa reforma. La realidad es que tenemos que trabajar en muchas. Uruguay es un país estable en política, economía y sociedad, pero la contracara de esa estabilidad –que es algo bueno–  es que también nos tomamos tiempo para acordar esas reformas y llevarlas adelante.

¿Por eso para usted no debe hablarse de una madre de reformas sino de varias en simultáneo? La duda es que, si tenemos tantas dificultades para una sola, es complejo imaginar varias a la vez.

No existe la madre de todas las reformas, pero probablemente haya que hacer unas cuantas cosas que podemos enumerar y hablar de algunas. Obviamente, Uruguay tiene que abordar el tema de la seguridad social, se necesita una mejor inserción internacional, tener mejores regulaciones y más competencia en los mercados internos, mejorar nuestras relaciones laborales, mejorar nuestro sistema educativo y necesitamos introducir un paquete robusto de políticas públicas que permita bajar la pobreza y la marginalidad. ¿Y si hacemos todo eso nos va a ir bien? Probablemente nos irá mejor, pero ni siquiera tenemos muchas certezas de cuánto mejor nos va a ir; por lo que decíamos antes sobre la trampa del ingreso medio.

¿Tiene expectativas sobre los acuerdos que hacen falta?

Tenemos que convivir con que la construcción de acuerdos toma tiempo y no podemos esperar, de manera realista, que en poco tiempo se ejecute una cantidad muy importante de reformas. Tampoco debemos caer en el pesimismo de que no hacemos nada. Uruguay avanza paulatinamente, ha construido una democracia sólida, el país es estable y son elementos que no pueden perderse de vista.

Pero hay algunas que no admiten demoras.

La de la seguridad social es una reforma imprescindible. Si no logramos hacerla en este período de gobierno, no es el fin del mundo, podemos hacerla en el siguiente período. El tema que sí debemos tomar en cuenta aquí es que tenemos una tendencia demográfica inexorable de envejecimiento de la población y eso les impone a los sistemas de seguridad social un costo creciente. Cuanto más tiempo perdemos en reformar el sistema, mayor es la carga que les estamos dejando a nuestros hijos y nietos. Cada año que demoremos en reformar la seguridad social es un año de injusticia, porque tenemos un régimen en el cual el gasto de pasividades ronda los 10 puntos del PIB. Y si las personas van a vivir más, inexorablemente la reforma de la seguridad social debe conducir a una combinación donde la gente haga aportes mayores o trabaje mas tiempo o reciba una jubilación menor. Pero no parece lógico pensar que la estrategia en materia de seguridad social sea seguir cargando con más impuestos el costeo de este régimen.

Diez puntos del PIB parece alto. ¿Qué surge de la comparación con otros países?

Es alto si pensamos en el ingreso per cápita que tenemos los uruguayos que es, de alguna manera, un reflejo de nuestra capacidad de pagar impuestos. Y es alto con relación a la edad y envejecimiento de la población; y eso que estoy planteando como algo malo –un gasto alto– es la contracara de dos cosas buenas del sistema: que tiene una amplia cobertura –el 95% de los mayores de 65 años están cubiertos por el sistema– y que las prestaciones son razonablemente buenas. Siempre uno puede decir que las prestaciones podrían ser mejores, pero solo 2,5% de los mayores de 65 años viven en situación de pobreza. ¿Cómo hemos logrado eso? Con un alto gasto en seguridad social, 10 puntos del producto, y la mitad de esos 10 puntos se cubre con impuestos.

Se habla mucho de la alta iniquidad del régimen

Sí, porque hay regímenes diferentes, y personas con iguales trayectorias de aportes reciben prestaciones sustancialmente diferentes. Por eso, si no hacemos esta reforma, vamos a crecer menos. ¿Es una reforma urgente? No. Pero postergarla entraña una enorme injusticia para con la población joven de nuestro país.

¿Y qué espera de una reforma laboral? Es uno de los temas que plantean los potenciales inversores, que, a la larga, serán parte de ese crecimiento impostergable que usted menciona.

En Exante cada seis meses hacemos una encuesta de expectativas empresariales y allí se percibe que el clima de negocios, en opinión del 90% de los empresarios, es bueno; eso debería favorecer la inversión así como la estabilidad del país. Pero Uruguay tiene un problema estructural de baja inversión, dificultades para atraer inversiones extranjeras. No es que no traigamos ninguna inversión extranjera, atraemos en el sector de los servicios, donde estamos observando una enorme inversión, al igual que en la industria de la tecnología; se nota inversión privada, muchos emprendedores que están logrando éxitos importantes.

Pero entiende que puede hacerse más. ¿Cuál es la clave para eso?

Acá vale lo mismo que decíamos antes; no es que haya una reforma que es la que hay que hacer. El mostrar un país con una agenda de reformas importantes ayuda a visualizar un panorama de crecimiento que hace más atractiva la inversión. Desde ese punto de vista creo que mejorar las relaciones laborales es un debe importante en Uruguay. Si bien contamos con un sistema de negociación colectiva que tiene muchos méritos, como el de la amplia cobertura donde una enorme cantidad de trabajadores está cubierto y protegido, el marco de negociación colectiva requiere ajustes, ya que en los hechos termina mucho más preocupado en el cuidado del salario real que en el cuidado del empleo.

Este es el diagnóstico más o menos conocido, donde se habla de la flexibilización, de la necesidad de mejorar la productividad…

Pero déjeme decir algo más: en muchos lugares las negociaciones colectivas fijan los mínimos por categoría pero no obligan a las empresas a pagar más si ya están pagando el mínimo por categoría. Y en muchos otros países, los mecanismos que encuentran las empresas para salirse del convenio colectivo si están en una situación compleja, son bastante mas fáciles. Revisar estas cosas podría conducir a un funcionamiento mucho más adecuado en la negociación salarial. Hay que reconocer que nuestro marco de negociación colectiva no está diseñado para cuidar el empleo y establece restricciones importantes en la gestión del costo salarial para las empresas.

Con la necesidad de modificar una normativa que quedó desacoplada de algunas situaciones, como el trabajo remoto.

Toda la normativa del mercado de trabajo está tremendamente pensada para personas que trabajan mucho tiempo en la misma empresa, en un lugar fijo y con un horario fijo. Entonces eso va a estar en tensión. Así, pensar en modelos donde las empresas y los trabajadores tengan más flexibilidad para el uso de las licencias, para la compensación de horas y para el pago de horas extras, inexorablemente tendrán que ser revisados. Por lo tanto, modernizarnos en las relaciones laborales es un tema fundamental.

En este panorama donde describe ineficiencias del mercado, ¿qué papel juegan las empresas públicas?

Uruguay necesita un mejor marco de regulación de las empresas públicas. Deben operar con objetivos claros de rentabilidad, deben operar con políticas claras de distribución de dividendos. Si manejamos las tarifas públicas persiguiendo una gran multiplicidad de objetivos: hoy la rentabilidad de las empresas porque tengo déficit fiscal, mañana la rentabilidad de las empresas para financiar inversiones, pasado mañana la rentabilidad de las empresas para bajar las tarifas públicas y para bajar la inflación, otro día para que algunos sectores obtengan servicios públicos más baratos… Eso complica la gestión de las empresas públicas y hace enormemente difícil discutir sobre si están bien o mal gestionadas.

¿Qué debería dejar el actual gobierno como herencia?

Es una pregunta difícil de responder desde el punto de vista técnico o profesional.

Pero particularmente en materia de reformas importantes

Cuando termine este período de gobierno seguramente va a haber algunas cosas que van a ser valoradas positivamente en relación con el manejo de la pandemia (...) Pero en general, este u otro gobierno debería decir que si el desafío de Uruguay es lograr crecer más, hay que atacar la pobreza y la marginalidad.

Ha mencionado este desafío en forma reiterada

Uruguay tiene un nivel de pobreza de más o menos 10% a 11% de la población, que es un nivel de pobreza estructural, que es difícil de bajar sin implementar políticas públicas robustas.

¿Dónde ve ese espacio para revisar prioridades?

Las prioridades de gastos las fijan los gobernantes. Todos los días tomamos decisiones, cada vez que las políticas públicas deciden hacer alguna cosa, deciden no hacer otras. Cada vez que decidimos aumentar una partida presupuestal, cada vez que decidimos postergar la reforma de la seguridad social o aumentar las jubilaciones o los salarios públicos, estamos decidiendo una cosa en relación a otra.

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