Querida Magdalena:
Querida Magdalena:
¿Fue uno de sus queridos filósofos el que dijo que “nada es tan adecuado a nuestra inteligencia como la verdad, pero nada hay tan insuficiente ante la verdad como nuestra inteligencia”?
Somos limitados y esa pequeñez es la que requiere que no pensemos en soledad. Peter Drucker dice que nuestro conocimiento sólo es valioso si lo compartimos. Y Friedrich A. Hayek: “Los argumentos favorables a la libertad individual descansan principalmente en el reconocimiento de nuestra inevitable ignorancia de muchos de los factores que fundamentan el logro de nuestros fines y bienestar”. La contracara de nuestra extensa ignorancia es la extensa sabiduría que reside fuera de nosotros.
Es interesante advertir la asociación que Hayek propone entre la libertad y el conocimiento. Libertad es, sobre todo, libertad de pensamiento. Primero el conocimiento; después los actos. No puede haber Ética, ni Política, sin pensamiento libre.
Quizás por eso se ha hablado siempre del riesgo de la libertad. En el sentido positivo que identifica riesgo con oportunidad. Y asumiendo que sus beneficios son tales que estamos dispuestos a pagar el precio de todas las cosas que, por su causa, pueden salir mal en el camino.
En sentido contrario, limitar su alcance, sería perfeccionar la ignoracia, impedir que la semilla del pensamiento vuele hacia los surcos de la inteligencia y produzca el fruto del conocimiento.
Pero la libertad tiene también un lado incómodo -intolerable quizás, como diría la querida Violet Crawley. Y es que suele producir -junto a todos esos efectos idílicos que hemos señalado- gente que no piensa como nosotros. Todos nuestros bellos discursos sobre los beneficios de la libertad jamás podrán mitigar la incomodidad ante el hecho de que gente prefiera tomar Pepsi en vez de Coca-Cola. Aceptar que seguramente las limitaciones de nuestra ignorancia serán subsanadas por la sabiduría de los otros, se torna mucho más difícil cuando descubrimos que los otros a veces son los otros, en el sentido del infierno sartreano.
Desde antiguo, pero no con menor virulencia en nuestros días, algunos han propuesto un modo práctico de suprimir la incomodidad del pensamiento plural. Y es suprimiéndole el adjetivo “plural”. Sin él, el pensamiento plural se convierte en el pensamiento único (el país de lo políticamente correcto, etc). Este modo de suprimir la incomodidad y las tensiones de los disensos ha requerido siempre, como contrapartida, pagar el precio de la uniformidad, mediante la sumisión a una autoridad superior que es la que supuestamente dictamina la corrección de nuestros pensamientos políticamente correctos. Tradicionalmente esa autoridad ha descansado en el Estado: Comunismo, Nacional Socialismo, etc, mediante lo que Orwell llamaba el Ministerio de la Verdad. Pero, al derrumbarse las utopías post-románticas, se ha reencarnado bajo la informe y viscosa cultura dominante. Ella es la que nos dice ahora, a través de los mass media y de las redes sociales, qué podemos pensar y qué no.
Así las cosas, pensar distinto no es gratis. De hecho, ni siquiera está permitido.
Hace un par de semanas recordábamos el linchamiento, mediático pero real, que sufrió J.K. Rowling por osar decir que ser mujer es fundamentalmente un hecho biológico, enfrentándose al pensamiento único de la ideología de género. Ayer, en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, una señora fue denunciada penalmente por haberle dado un par bofetadas (bastante suaves, por cierto) a su perro que no quería cruzar la calle -contraviniendo así, al parecer, el dogma que indica que los perros son personas.
En un célebre debate sobre este asunto, hace ya un par de años, Stephen Fry, un conocido antiguo de Cambridge, afirmaba: “Es tiempo que termine esta locura binaria, tóxica y sin sentido.Tenemos que frenar esta rabia, este resentimiento, esta hostilidad, esta intolerancia. Una gran grieta se ha abierto en nuestro mundo que se hace más grande día a día”.
Ya lo sospechábamos: lo políticamente correcto no es un mero concepto, una abstracción incolora, inodora, insípida e inocua. Es el embrión de una tiranía, violenta, resentida y agresiva. Y, si no la detenemos, algunos volverán a construir campos de concentración y otros volverán a habitarlos.
Estimado Leslie:
Hace un rato, durante una clase por Zoom, nos preguntábamos que diría Nietzsche si, desde fines del S.XIX, viajara en el tiempo al día de hoy. Estábamos deliberando sobre su capacidad para prever acontecimientos políticos, culturales y sociales que se suscitaron casi cien años después de su muerte, todos ellos comprendidos en la llamada era posmoderna. Habíamos leído un pasaje de Así habló Zarathustra, titulado “Del nuevo ídolo”, donde Nietzsche reflexiona acerca de la humana tendencia a ser dirigidos por grandes fetiches que manejan arbitrariamente (y para su provecho) “las lenguas del bien y del mal”. Estos fetiches son las grandes ideologías (denominadas “metarrelatos” por los pensadores posmodernos) que aspiran a explicar la realidad entera mediante la apropiación de un discurso portador de verdad.
A través de su celebérrima frase, “Dios ha muerto”, Nietzsche representaba un mundo en el que aquellos grandes ídolos hubieran finalmente perecido. Siempre digo que al “filósofo con bigote” (como lo representó Lou Salomé en su bellísimo retrato) no le interesaba tanto el argumento teológico contra la existencia de Dios, como el argumento filosófico contra la preeminencia de doctrinas constrictivas que sofocan la libertad de pensamiento. Así, el presagio de la muerte de Dios hace de Nietzsche un notable adivino del posmodernismo.
Pero, ¿han desaparecido, realmente, los metarrelatos? ¿O frente a la caída de los viejos, nos disponemos a erigir nuevos ídolos alternativos? ¿Somos capaces de resistir la falta de respuestas totalizadoras, derivadas de un pensamiento único y dadoras de sentido a nuestra vida y el mundo en el que existimos? ¿O el miedo al abandono y la incertidumbre son más apremiantes que el gozo de la libertad para pensar? Toda convicción es una cárcel, es verdad. Pero, ¿cuántas veces buscamos el amparo de la Policía del Pensamiento para darnos un sentido de inmunidad y seguridad? ¿No será el actual afán por consolidar una sociedad de lo políticamente correcto (que dictamina lo que se puede pensar y decir, y lo que no) un retoño de nuestra humana devoción a los grandes ídolos? ¿Acaso podemos vivir sin Dios?
En una reciente carta abierta al público, más de ciento cincuenta intelectuales de distintas nacionalidades denunciaron los abusos de la llamada “cultura de la cancelación”. Esta es acusada de atentar contra la tolerancia y libertad de expresión mediante el “escrache” a figuras públicas por decir o hacer algo considerado objetable u ofensivo: “La manera de derrotar malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas”.
La vida social exige el acatamiento de ciertas normas de convivencia. En este sentido, cualquier comunidad, por más mínima que sea, se fundamenta sobre nociones de lo políticamente correcto. Vana y frívola es la pretensión de prescindir de criterios de valor compartidos. Pero el problema es cuando, en una democracia, los criterios que garantizan una correcta convivencia social y política, se radicalizan al punto de atentar contra los mismos valores que deberían salvaguardar. Velar por los derechos de los más vulnerable e históricamente perjudicados es una obligación esencial. Pero mientas no podamos, junto a Voltaire, defender la libertad de expresión de los que piensan lo contrario, adulteramos el valor de la igualdad y la fraternidad convirtiéndolas en el elocuente disfraz de un dispensado despotismo. Como advirtió Stuart Mill: en una democracia, la tiranía de la mayoría está a la orden del día. Y sólo basta con desestimar nuestra humana dificultad para aceptar, como usted bien dice, las limitaciones de nuestra ignorancia, para descender a ella. Mientras no abracemos nuestra condición de humanos, demasiado humanos, seguiremos jugando a ser dioses investidos de una autoridad moral superior. Así, creo que Nietzsche diría que todavía estamos a años luz de aprender a vivir sin ídolos.
Al final, Leslie, este asunto me encuentra con muchas más preguntas que respuestas. No negaré el influjo de mi “deformación profesional”. Pero, allende a esto, pienso que el reconocimiento de nuestra incapacidad para hablar -con acento perfecto- la lengua del bien y del mal es, siempre, el más efectivo antídoto contra cualquier forma de despotismo.