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Ucrania y Rusia en guerra

Opinión > TRIBUNA / J. MOOR

Occidente en el puño totalitario

Las vísperas de una guerra y los principales riesgos de la expansión del conflicto entre Rusia y Ucrania

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28 de febrero de 2022 a las 05:04

Las vísperas de toda gran guerra tienen un componente escénico, una cierta teatralidad de dramáticas declaraciones, amenazas cruzadas y vaticinios de inevitable realización, cuya intensidad, en el mal augurio de un desenlace trágico, suele, lamentablemente, acompañar la escalada en el terreno de la potencial conflagración.  

Esto es lo que se ha visto en los últimos días, entre la penosa conferencia de seguridad del G-7 en Münich, celebrada durante el último fin de semana de febrero, en un tono de carnaval funerario, y la sesión del Consejo de Seguridad de Rusia del lunes 21, en el que Vladimir Putin movió al elenco de su régimen como títeres y cual siniestro pero sagaz ventrílocuo, para así formalizar sus casus belli contra Ucrania. 

La conferencia de Münich —vaya como la Historia se burla de nuestra terca y miope naturaleza humana— sólo demostró el tardío descubrir de un Occidente en crisis existencial, que en su inoperancia geopolítica y en su complacencia enceguecedora, no fue capaz de advertir ni de contener lo que Putin comenzó a planificar y ejecutar, desde aquella otra conferencia en la misma ciudad alemana en el 2007.

Fue allí que le avisó a los líderes del mundo occidental y a sus aliados tradicionales, que el orden mundial que sucedería al de la Guerra Fría, desaparecido en 1991, no iba a ser uno de carácter unipolar, monopolizado por los Estados Unidos, sino uno multipolar y más complejo, en las dinámicas de las inevitables rivalidades que emergerían entre Washington y Moscú, pero también, como se viene viendo ahora con creciente preocupación, con la China de Xi Jinpin. 

Cuando en el 2014 Rusia ocupó la península de Crimea y la región del este ucraniano, el llamado Donbass, un etéreo e indeciso Barack Obama, atrapado en la jaula de una cautela que en su exceso y posteriores resultados ha demostrado ser calamitosa para Occidente, perdió la oportunidad de neutralizar los planes de Putin. El entonces presidente de Estados Unidos fue incapaz de frenar con la mejor determinación posible, a lo que a toda vista era la primera gran acción de una estrategia anexionista por parte de Rusia. En aquella decisión, Putin estaba cumpliendo con sus promesas, y, en la coherencia entre su discurso y la acción, radica su mal habido mérito.  

El líder ruso lo viene haciendo ante un Occidente que se resquebraja y autodestruye entre una crisis financiera y económica, creada por un capitalismo enfermo de excesos y que no termina de resolver, y por una regresión de sus libertades esenciales en una crisis profunda de su identidad y valores, como fundamentos de una civilización que, si bien ha forjado el mazo de su autodestrucción, también nos ha entregado la luz con la que la humanidad ha podido progresar en sus gigantescos desafíos, hasta el día de hoy.  

Mientras escribo esta columna, Putin ha decretado la segunda fase de la desintegración de una Ucrania que comenzaba a afirmar su experiencia democrática. Lo que tal vez siga ahora sea una invasión masiva para culminar con su ocupación e integración definitiva a la Federación Rusa.

¿Qué significaría este escenario, en términos de consecuencias para Occidente, para el mundo en general, y para nuestra región? 

En primer lugar, la expansión militar de Rusia representaría el mayor movimiento armado en Europa desde la Segunda Guerra. Superando en su dimensión de poder destructivo y alcance geográfico a las incursiones de la Unión Soviética en Hungría, en 1956 y Checoslovaquia, en 1968, ambas naciones satelitales de Moscú durante la Guerra Fría. Una situación de esta magnitud abre un proceso natural de toda guerra en la que las capacidades de control y contención por parte de los contendientes tienden a disminuir y a tornarse más complejas, dado que, en su perversa esencia, adoptan su propia dinámica expansiva.  

Los riesgos potenciales aquí son, en primer lugar, una ampliación de las hostilidades en el campo geográfico, involucrando a otros países inmediatamente vecinos, en este caso las repúblicas del Mar Báltico, Letonia, Estonia y Lituania, y Polonia. El segundo peligro es el de una escalada en cuanto a sus eventuales reacciones, con la gravedad de que se trata aquí de naciones miembro de la OTAN.                            

La paz mundial estará en vilo si este conflicto sigue esta mecánica. La historia nos muestra, lamentablemente, que la tendencia acompaña a la marcada eventualidad de estos escenarios.

En segundo lugar, el impacto en materia económica puede ser significativo en los valores de los commodities, encabezados por el aun esencial petróleo y el gas natural. Los precios de las diversas materias primas esenciales que explota y exporta Rusia a Occidente sufrirán grandes vaivenes, tal vez al alza en un comienzo, con serios movimientos expuestos a las inevitables especulaciones que estallan durante una guerra. Rusia es uno de los principales productores de elementos indispensables para un gran número de industrias. La interrupción de su suministro se agregaría a los ya existentes cuellos de botella en las cadenas de suministro, afectadas por la pandemia, y ejercería presiones al alza de los productos, en un contexto en el que la inflación va al alza en el mundo.

Los mercados financieros, actuando como si no hubiera un mañana de turbulencias inesperadas y acostumbrados a las políticas de estímulo de la Reserva Federal y del Banco Central de Europa, esperan ahora una sucesión de alzas en las tasas de interés, con la novedad de que tal vez tendrán lugar en una situación de guerra. 

Pero es la tercera consecuencia la que quizás reviste mayor preocupación. La decisión de Vladimir Putin de iniciar una guerra en Europa, en pleno siglo XXI, pone fin a una excepcional transición de paz entre las principales potencias del mundo, desde la caída de la Unión Soviética, y abre el camino para un estado de situación imprevisible y de alta volatilidad. Estamos ahora en un mundo en el que dos de las tres superpotencias nucleares son regímenes autoritarios, y con visiones antagónicas respecto a la democracia liberal como forma de vida. Desde la Segunda Guerra Mundial, Occidente no se ha visto tan amenazado en estar en el puño de totalitarismos como ahora. Una vez más, la historia nos está hablando con el lenguaje de la guerra. Ojalá no sea tarde.

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