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Pablo Casacuberta

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Pablo Casacuberta: "El futuro no es una cosa que se nos viene, es algo que tenemos que construir"

El artista habla sobre su nueva realización Soñar Robots, de los desafíos del conocimiento en el Uruguay y de la necesidad de "ensanchar" el ámbito de la experiencia en todos los ciudadanos

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07 de noviembre de 2021 a las 05:05

Pablo Casacuberta (52) publica un libro. Gestiona un espectáculo. Estrena un documental. Encabeza una serie en Youtube. Pablo Casacuberta quiere conversar: todo lo anterior forma parte del diálogo que quiere mantener, el entramado de las interacciones que desde GEN Centro de Artes y Ciencias pretende catalizar. ¿El objetivo? Ese: conversar. Para él, que posee una capacidad casi sobrenatural de procesar sus respuestas, de colgar conceptos y teorías en el aire, siempre se ha tratado de eso. De sentarse en una mesa y llevar la interacción hacia la ciencia, el arte, la identidad, la cultura, todas las aristas que lo componen, que lo hacen quien es.

Hoy, esta semana, este mes, Casacuberta conversa mucho sobre Soñar robots, un documental que se estrenó en salas el jueves 4 de noviembre y que sigue el camino de varios niños y adolescentes del interior del país que trabajan y compiten en el rubro de la robótica. El documental tiene como uno de sus socios al Plan Ceibal, y expone un fenómeno que crece y se amplía demográficamente a ritmo exponencial.

“Me enfrenté durante años al hecho de que aparecían de forma aparentemente aislada noticias sobre un grupo de un liceo de Maldonado que diseñó una estación espacial, otro de Tala que ocupó un puesto destacado en una olimpiada de robótica, y empecé a pensar que al leer esas crónicas a menudo aparecían como golpes de buena fortuna. Tomé conciencia, conforme comienzo a investigar el fenómeno, de que es una consecuencia de un proceso mucho más grande, que tiene una aspiración nacional, que es un todo. Cuando me meto, me doy cuenta de que no hay una narrativa en imágenes que permita entender que no son voces aisladas, sino que es un coro”, cuenta sobre el origen de un proyecto que marca su vuelta a las pantallas y que lo tiene, otra vez, pensando en el futuro, ese espacio en blanco que él no se cansa de rellenar, de colaborar en su construcción, y en el que, eso sí, siempre hay lugar para charlar.  

La palabra soñar del título puede tener una connotación utópica, pero en este caso es bastante terrenal y apunta a lo que está pasando hoy en Uruguay. ¿Por qué esa elección?

Es una consecuencia directa de que no quería hacer una película sobre robots, sino una película sobre lo que el proceso de la robótica le hace a las mentes. Quería que la primera palabra aludiera a un proceso mental vinculado a la imaginación y al deseo. Era importante que se entendiera que es una película sobre procesos mentales y sociales, y lo que se explora es un proceso educativo que implica enormes cambios de mentalidad y de nuestra concepción de lo que es ser uruguayos. El proceso de robótica iniciado por Ceibal es parte de un ecosistema de procesos que tienen que ver con introducir pensamiento computacional, programación, pero también dinámicas de ensayo y error. Del mismo modo que en algún momento empezamos a pensar que una característica de la educación uruguaya es la laicidad o la túnica y la moña, me gustaría que nos demos cuenta como sociedad que estamos propiciando procesos intelectuales donde la experimentación toma cada vez más protagonismo.  

En 2018, en entrevista con El Observador, decía lo siguiente: “Los uruguayos tenemos que conversar más sobre lo que estamos haciendo. Tenemos que tener una idea más acabada del rango de cosas que hacemos, y popularizar en la mirada patrimonial del público la idea de que el conocimiento reciente determina cómo nos va a ir en los próximos años, mucho más que la tradición.” ¿Cree que avanzamos en esa dirección?

El propósito de la cultura no es preservar la identidad, sino construirla. A veces, los uruguayos tenemos una actitud en la que parece que tenemos que salvaguardar la identidad, pero en realidad la identidad uruguaya, como todas las identidades, es una construcción que fluye. Me gustaría que la dimensión experimental del Uruguay estuviera más incorporada al caracú de lo que pensamos sobre nosotros mismos. Uruguay es un experimento. Es un experimento legislativo, sociológico, demográfico. Es un país que es el resultado de decenas de medidas bastante afortunadas y visionarias de su tiempo, de muchas generaciones distintas y a través de muchas confrontaciones y contribuciones ideológicas. Esa dimensión experimental no está en la matriz de lo que se te dice en la educación formal cuando se te habla de las características del país, y como todo buen experimento está inconcluso, por lo que la tarea de los niños es contribuir a desarrollarlo, no solo asimilarlo como un hecho consumado. El futuro no es simplemente una cosa que se nos viene, es algo que tenemos que construir. Pienso que la lectura tradicionalista omite, primero, que la tradición es una parte de la identidad, no toda. La identidad es lo que tú sos, no lo que has sido. Y después omite que se construye en una mirada que tiene que ser periódica. Cada tanto tenés que pasar raya y de alguna manera descubrir que había elementos de esa identidad que no habías incluido. Eso acaba de pasar con la pandemia. La ciencia uruguaya, que siempre existió y siempre fue vigorosa, de pronto ingresó al imaginario público y pasamos a ser un país que tiene muchísima ciencia. Pero siempre la tuvo.  

La tradición también se interpela en la película, en una escena en la que los niños discuten sobre las criollas y su pertinencia. 

Ahí tenés a unos chiquilines que son a la vez partícipes y testigos críticos de un fenómeno. De alguna manera ilustra la tensión entre los prejuicios o expectativas que tenemos del ser uruguayos y la irrupción de un fenómeno que tiene la suficiente demografía como para considerarse identitario, y al que sin embargo consideramos ajeno. El Plan Ceibal ha llegado a un punto de madurez en el que debemos considerarlo como identidad, como lo es la salud pública o el derecho de divorcio. Pasó a ser parte de la matriz de derechos y desarrollo humano que hace que Uruguay ocupe un lugar muy especial dentro de los países que tienen un pasado poscolonial. 

Soñar robots

¿El Plan Ceibal se ha liberado, entonces, de los prejuicios político partidarios? 

Hay que pensar que Uruguay es un mosaico, y que es un proceso experimental que se hizo en muchas capas. Cada una de esas capas se construye sobre otras, y por eso hay que evitar lo que Vaz Ferreira denominaba “falsas dicotomías”. A menudo en el debate sociológico o político se producen categorías ilusoriamente opuestas. ¿Queremos formar ciudadanos con pensamiento crítico o queremos formar personas que tengan habilidades para insertarse en el ámbito laboral y profesional? Queremos las dos cosas. Continuamente nos enfrentamos a debates en donde se oponen cosas que no son mutuamente excluyentes. Pienso que un atributo que tiene el Plan Ceibal es que es completamente transpartidario y se demuestra en la transición fluida que se hizo entre una administración y la siguiente. Por supuesto que hay distintas concepciones de cómo instrumentarlo, pero no hay nadie que piense que el Ceibal no ha sido fantástico. En general sus detractores lo contrastan con los objetivos académicos del programa del año en la escuela, pero el Ceibal no se estructura solamente en torno a objetivos específicos; tiene cientos de efectos colaterales que tienen que ver con la construcción de sentido, el desarrollo de una metodología científica, el abordaje de ensayo y error, el establecimiento de redes entre pares.

GEN comenzó como un esfuerzo para vincular arte y ciencia y generar una conversación en torno a ello. ¿En qué sentido esos objetivos se modificaron o se reforzaron con el paso de los años?

Cada vez más veo a las instituciones culturales como conectores. En realidad, en un país saneado la expansión del ámbito de la experiencia, y la ampliación de la cantidad de temáticas que la sociedad aborda y discute, no debería ser solamente la función de las instituciones culturales, sino de todas las públicas. Solemos poner un énfasis muy grande en los recursos y su distribución, que son muy importantes, pero también son un medio, no un fin. El fin es tener una vida plena. Cada vez más me doy cuenta de que la labor conectora entre distintos sectores de la producción intelectual y cultural es fundamental. Hay personas interesantísimas diciendo cosas que son relativamente contiguas la una de la otra, pero que nunca se han sentado en una mesa a charlar. Uno se olvida a veces de que muchas revoluciones del pensamiento propiciadas desde la cultura ocurrieron desde lugares relativamente periféricos. Por años hemos subestimado el posible rol que Uruguay podría jugar en una revisión de procedimientos acerca de cómo se produce cultura, o hasta alimentos. Si el rol de conector fuera asumido por todas las instituciones, incluyendo las económicas y financieras, este país despegaría de formas que hoy son difíciles de creer. Porque el capital humano está.  

Un aspecto presente en GEN, en su obra como artista, y hasta en Soñar robots, es la multidisciplinariedad. ¿Por qué la considera tan gravitante?

En Soñar robots, para los chiquilines la robótica es una ventana de acceso a la física, a la matemática, al arte, a los motivos para no suicidarse, para desarrollar vínculos amistosos, para comprender al extranjero, para el desarrollo humano. Es muy difícil ver esta película sin terminar siendo un converso del poder de la interdisciplina. Todos te presentan horizontes absolutamente expandidos por fuera de la robótica, como la música, la danza, la física. Eso para mí es muy importante: recordar que cada esfuerzo que se haga por expandir el ámbito de la experiencia no solamente la expande, sino que multiplica las posibles interacciones. Cuando vos desarrollás la tradición de discutir temas con un científico, pero también con un economista y un artista, te das cuenta de que nadie tiene el patrimonio de la verdad, y que no hay problemas contemporáneos complejos que puedan abordarse sin apelar a la multidisciplina. Eso tiene un efecto colateral, y es que atiza tu vocación democrática. Es cuando ves realmente que los problemas no se solucionan con una mente visionaria que desde una loma te dice qué hacer. Tenés que encontrarla en un mosaico de opiniones muy complejas y considerando muchos puntos de vista, por lo que se te va por completo el deseo de generar oposiciones aguerridas a nivel político.  

¿Tuvo que hacer algún proceso particular para entender y aceptar, justamente, esa multidisciplinariedad en su trabajo?

Vengo de una familia de padres científicos que promovieron en sus hijos una mirada científica y biológica de problemas que exceden estrictamente esos campos y en cierta medida impregnan la vida social. Al mismo tiempo todos los hermanos resultantes de esa familia son artistas de distintas disciplinas. Por eso lo viví siempre con naturalidad. Sin embargo, cuando empecé a hacer actividad artística me enfrenté a que había un medio que te preguntaba 'bueno, ¿pero vos bien qué sos?'. Y a eso en mi juventud temprana lo viví de forma conflictiva, hasta que circunstancias personales me hicieron incorporar una conciencia aguda de la muerte. El problema de qué sos se diluye un poco cuando te das cuenta de que te vas a morir. Y cuando esa finitud se incorpora al sistema conceptual con el que evaluás la pertinencia de hacer cualquier cosa. Te das cuenta de que a esa vida, en la que para satisfacer esa necesidad taxonómica de los demás vas a centrar en una sola cosa, la estás privando de otras experiencias. Ahora, mucho más que considerarme un cineasta, o un escritor, me considero alguien que vive en un mundo contemporáneo cuya naturaleza es multimediática.  

Soñar robots

Lo han llamado hombre renacentista. ¿Cómo le cae el término?

Yo no me considero en absoluto un hombre que pueda hacer todo. He explorado algunas disciplinas simplemente porque llegué a la conclusión de que todos los demás que las exploraron son personas, y algunos las van a hacer de forma excepcional –no es mi caso–, y otros la van a hacer más o menos bien. A eso aspiro que pase con mi trabajo. Algunas cosas me van a salir más o menos bien, y otras me van a salir mal. El espectro de lo que podés hacer es amplísimo si tenés disposición a experimentar y a fracasar. A mí no me define hacer muchas cosas, sino intentarlas.

Hablando de ensanchar el espectro, ¿podemos decir que el horizonte de expectativas del uruguayo medio se ha ampliado en los últimos años?

Creo que hay una conciencia pública cada vez mayor acerca de que la calidad de vida en el Uruguay no es la calidad de los ingresos que tenga la gente, aunque eso influye, sino la calidad del acceso a la experiencia. Ensanchar el ámbito de la experiencia pública y personal es lo que decide el tipo de país que vas a tener. Luchar por una distribución equitativa de los ingresos es muy bueno si al mismo tiempo estás entendiendo qué es lo que esos ingresos están llamados a financiar: vidas plenas. No se trata de subsistir, eso es el medio. Si logramos como sociedad entenderlo, y siento que cada vez lo estamos comprendiendo más, no te digo que tenemos el camino allanado, pero sí más posibilidades de un crecimiento exponencial.  

 ¿Es posible bajar ese concepto a tierra y aplicarlo en modelos que ya se estructuraron en torno a la idea de que lo principal son las necesidades básicas?

La precariedad y la perentoriedad de los plazos y las obligaciones te hace olvidar que el significado es un elemento de la canasta básica. No es el elemento que está encima de todo, pero cuando las personas empiezan a tener resuelta la necesidad de alimentarse, de tener refugio, salud y educación, enseguida emerge la necesidad de construir significado, de la respuesta a por qué estás haciendo lo que estás haciendo. Entender tu lugar en el mundo le agrega capas de intensidad y de significado a todo lo que hacés. Caminar por la playa de noche y ver el Lucero del alba es emocionante; verlo sabiendo que es Venus lo es más. Hay que entender que ese ensanchamiento de la experiencia es acceder a una vida en donde hay más elementos para intercambiar con el otro, más deseo de compartir, de construir. Te permite hacerte un cuadro más completo de tu existencia, y dota de sentido rutinas como trabajar en un trabajo que no siempre va a ser tu fuente principal de satisfacción.  

¿Por qué la conversación es tan importante para usted?

Desde que nos sentamos a charlar, nada de lo que conversamos se trató de lo que está pasando acá, en esta mesa. Los animales tienen lenguajes bastante básicos, y algunos no tanto. Hay monos que tienen 27 llamados distintos en su vocabulario, pero toda la información que intercambian los animales es sobre lo que está pasando aquí y ahora. La conversación humana, en cambio, es una exploración de lo que podría ser, de lo que está pasando en otro lado, es un sumario de patrones donde se unen cientos de hechos en una sola frase. Cada conversación es un compendio de experiencias. Y es nuestro gran invento. Antes de tener un lenguaje articulado, los humanos no éramos una especie exitosa y estuvimos al borde de la extinción. O sea que nuestra astucia para interpretar las posibles intenciones del otro no explotó como un verdadero recurso adaptativo hasta que desarrollamos la capacidad de intercambiar experiencia. Entonces, la conversación es fundamental. A veces la despreciamos o la abaratamos con oposiciones presuntamente agudas que lo único que hacen es debilitar las posibilidades de un diálogo real. No hay cosa que te empobrezca más que deslegitimar el potencial del otro de aportar algo que te sirva.  

Al escucharlo, al tomar contacto con sus creaciones, se le nota una gran fe en la humanidad y en sus capacidades. ¿Cómo hace para mantener en alza esa confianza cuando hay tantas señales que atentan contra ella?

No se trata de un optimismo psicótico, sino de un optimismo informado y un cuadro histórico. Hace 70 mil años se generó la primera evidencia del lenguaje articulado, hace 45 mil años se generaron las primeras evidencias de arte rupestre, hace siete  mil años las primeras ciudades. En términos históricos los humanos aparecimos ayer de mañana. Y somos contradictorios, pero avanzamos como taponazo. Y producimos nuevos problemas conforme ese avance. La destrucción del medio ambiente no era un problema en 1800 porque no había escala para que lo fuera. Ahora estamos al borde de un colapso ecológico, pero tenemos que tener presente que ya estuvimos varias veces al borde de colapsos de otros tipos. Lo interesante del ser humano, justamente, es su adaptabilidad. Hay una razón por la que hoy en día tenemos menos disposición a bombardear un pueblo que en 1950, y es porque conocemos más sobre el otro. La gente duda hasta qué punto estamos mejor. Se pregunta en qué medida es mejor que se bombardee un pueblo y lo sepamos a los cinco minutos en Facebook. Y la verdad es que es mucho mejor saberlo. Es mucho mejor que la devastación se cuantifique y se discuta, a que ocurra en un lugar ignoto sin que nadie se entere. Cuando yo era niño en la escuela no existía la palabra ecología, la palabra diversidad, no se discutía la identidad en ninguna dimensión. Por eso me parece que hay cosas muy positivas ocurriendo, y a veces por el valor dramático y anecdótico que tiene mencionar eventos catastróficos, nos impedimos a nosotros mismos detenernos a disfrutar de la riqueza de esos procesos.  

Esa postura es muy racional pero, ¿no hay veces en que le gana el costado más visceral?

Quizás se me interprete como un sujeto hiperracional, pero tengo tantas respuestas viscerales como cualquier hijo de vecino. Sin embargo, tengo una conciencia muy aguda de la taxonomía de los humanos. Nosotros somos simios. Estamos en el mismo orden que los orangutanes. Eso no quiere decir que somos iguales a ellos, pero tenemos ese linaje. Tenemos un sustrato biológico arraigadísimo que no lo vamos a poder sacudir apenas unos siglos después de la Ilustración, que en términos históricos fue anoche. Los procesos intelectuales que hoy permiten que haya democracia, libertad de prensa, salud pública, derechos individuales son muy recientes. Es importante ser ambiciosos y demandar más derechos, pero al mismo tiempo es importante entender que hay un límite entre ensanchar el ámbito de lo posible y pedirle peras al olmo. Hay que tener una actitud de celebración del humano y de celebración del otro, entender que sin el otro no se puede. Por eso mi obsesión con integrar. No porque sea un conciliador romántico, sino porque no tenemos otra alternativa. No hay ningún lugar a dónde escapar. Y lo que vayas a hacer, lo tenés que hacer colectivamente. Y tenés que tener paciencia. No hay ningún episodio de la historia en donde exista una enorme innovación social o tecnológica que haya surgido de la indignación. Puede haber un motor allí, pero son los procesos racionales e intelectuales los que llegan a buen puerto. No me interesa, por eso, el enojo. Me interesa el raciocinio. 

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