El triunfo de Gustavo Petro en Colombia ha generado todo tipo de reacciones; aunque, como era de esperarse, encontradas a uno y otro lado del espectro político. La izquierda latinoamericana lo celebró por todo lo alto. Hasta diría que lo hizo la izquierda mundial: el líder laborista Jeremy Corbyn expresó desde Londres su alegría por la victoria del colombiano. Y algunas voces en la derecha del continente, en cambio, lo han lamentado. Mario Vargas Llosa llegó a decir desde Madrid que los colombianos habían “votado mal”.
Aquí lo trataremos de analizar desapasionadamente; porque al fin y al cabo lo que realmente importa de un gobierno no es el signo político con el que llega, sino el laudo ciudadano con el que se va. Así que ni calvo ni con dos pelucas: Ni Petro es el extremista de izquierda, “chavista” y “expropiador” que pintan algunos en la derecha; ni tampoco el salvador, el primer gobernante “realmente emanado del pueblo”, que viene a “humanizar” a Colombia. Como si allí no hubieran vivido seres humanos que desde hace 200 años construyeron una de las democracias más sólidas de la región.
Petro le ganó a un fantasma, a un señor que hizo campaña en pijama y que, fuera de fustigar a la clase política, demostró no tener ninguna idea. Eso no le quita, empero, mérito a su victoria, que ha venido a encarnar un verdadero deseo de cambio.
A pesar de ser una democracia, Colombia siempre se ha caracterizado por una sociedad rígidamente estratificada, con muy escasa movilidad vertical y, no en vano, es el país más desigual de América Latina. En ese sentido, Petro representa la reivindicación de una izquierda que había sido truncada al nacer con el asesinato del líder liberalprogresista Jorge Eliecer Gaitán en 1948.
Pero es cierto también que Colombia es un país extremadamente violento; por mucho, el más violento de la región. Y a esa violencia, contribuyó de un modo significativo la acción de la guerrilla durante más de 50 años. Petro es un exguerrillero, pero no de las FARC ni del ELN, sino del M19, un movimiento de guerrilla urbana inspirado en los Tupamaros que se desmovilizó por completo en 1990 y se integró plenamente a la vida democrática.
Mal podría reclamársele hoy por ello, cuando ha sido diputado, senador (y un muy buen senador, por cierto) y hasta alcalde de Bogotá. Su paso por la alcaldía bogotana, sin embargo, no fue tan descollante y puso en evidencia algunos problemas de gestión; aunque también es cierto que hubo de resistir una brutal campaña en contra por parte del uribismo, que todavía estaba muy fuerte en la capital colombiana. De hecho en 2013, Petro llegó a ser destituido del cargo por el entonces procurador general de la Nación, el uribista ultraconservador Alejandro Ordóñez. La razón: supuestas “irregularidades” en el sistema de recolección de basura.
Meses después, sería restituido en la alcaldía por un tribunal, tras la intervención de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA. Pero el abuso de poder había sido flagrante. Un disparate. Imaginemos que en Uruguay el fiscal de Corte (que es el procurador general de la Nación) pudiera destituir a la intendenta o intendente de Montevideo cada vez que hubiera un problema con la recolección de basura. Nos quedaríamos sin jefe comunal a tiro por viaje.
Bromas aparte, creo que el episodio refleja con claridad meridiana el férreo control político que han detentado ciertos sectores en Colombia a los que Petro siempre se ha visto enfrentado.
Los que lo comparan con Chávez, y hasta con Maduro, creo que erran en el análisis. Petro no propone una constituyente, ni perpetuarse en el poder y ha negado enfáticamente que vaya a recurrir a las expropiaciones.
Es cierto que en lo económico plantea un cambio de modelo, que, en algunos apartes, parece bastante atendible, como una reforma agraria; en otros, habrá que ver sus verdaderos alcances, como una reforma tributaria para aumentar impuestos a los que más tienen; y en otros que parecen lisa y llanamente una quimera: como cambiar de cuajo el modelo extractivista por uno más amigable con el medio ambiente. Esto es muy encomiable y suena muy bonito, desde luego. Si lo logra, yo seré el primero en aplaudirlo. Pero hay un tema de realpolitik ineludible: los principales ingresos de Colombia provienen del petróleo, que representa el 40% de sus exportaciones ¿Cómo y con qué va a sustituir esos ingresos? Según Petro, con “una economía productiva basada en el respeto a la naturaleza”. No parece nada clara su propuesta.
Otro tanto sucede con el abultado gasto público que promete, que en algún momento habrá de contrastar con lo que representará desde el punto de vista fiscal y afinar los objetivos. Estas serán las realidades con las que el idealismo de Petro se enfrentará una vez en la Casa de Nariño. Y sus propuestas más polémicas podrían tener también problemas para ser aprobadas en un Congreso donde no tiene mayorías.
En líneas generales, creo que la comparación más atinada podría ser con la figura de Andrés Manuel López Obrador. Creo que el gobierno de Petro se va terminar pareciendo bastante al de AMLO en México. En lo personal, y por los lazos afectivos que por mucho tiempo me han unido a Colombia, no puedo más que desear que su intención de unir a los colombianos y construir una Colombia más justa y en paz pueda por fin verse concretada en los hechos