Milongas y Obsesiones > MILONGAS Y OBSESIONES/ M. ARREGUI

Ponsonby y la emancipación de un pueblo "impetuoso y salvaje"

Los ingleses y la independencia oriental (III)

Tiempo de lectura: -'

21 de junio de 2017 a las 05:00

Desde fines de 1825, ya consolidado el alzamiento de la campaña contra la dominación brasileña, Manuel Oribe se ocupó de las tropas del sur del territorio oriental y de sitiar Montevideo sin atacarlo. El cerco de la principal ciudad de la Provincia, poblada por unas 13.000 personas, se reforzó durante 1826. Montevideo, vigilada por una línea rebelde que corría a seis u ocho kilómetros del puerto, solo pudo ser abastecida por vía fluvial. Durante toda la guerra por la Provincia Oriental o Cisplatina, los brasileños mantuvieron la superioridad naval, pese a los esfuerzos de la flotilla argentina comandada por William Brown.

Las tropas de Oribe derrotaron un par de intentos brasileños de romper el cerco de la ciudad. Sin embargo algunos "oficiales principales" del ejército sitiador, según el cónsul inglés Thomas Samuel Hood, permitieron el paso de abastecimientos hacia Montevideo e hicieron "grandes sumas de dinero". El cónsul informó por escrito a sus superiores –entre ellos Robert Gordon y John Ponsonby– que Carlos María de Alvear, Manuel Oribe, Lucio Mansilla y Juan Gregorio Las Heras habían hecho grandes fortunas vendiendo cueros en Montevideo a través de agentes, cobrados en metálico y no en la depreciada moneda de Buenos Aires.

El Banco de Buenos Aires, creado en 1822, había abandonado la convertibilidad en oro de los papeles que emitía, que era la forma de respaldarlos. La base monetaria creció, sin control, a una media de 100% anual entre 1823 y 1825 para tapar los déficits del gobierno de Buenos Aires. A partir de 1826 los precios treparan aceleradamente, incluso en territorio oriental, por lo que las personas huían de los pesos porteños.

La historia argentina es también la historia de la indisciplina monetaria y de la inflación.

Por qué no la independencia

Tras la Convención García, que planeaba entregar la Provincia Oriental a Brasil, la opinión mayoritaria de los orientales, en el Montevideo sitiado y más aún en la campaña, era proclive a crear en el territorio en disputa un Estado libre de brasileños y argentinos, consignó el cónsul Hood el 27 de julio de 1827 en una carta a Robert Gordon, embajador británico en Rio de Janeiro.

La fallida Convención García provocó la caída de Bernardino Rivadavia, del bando unitario, y el ascenso al poder en Buenos Aires del federal Manuel Dorrego.

Si el nuevo gobierno bonaerense abandonaba la guerra contra Brasil, los orientales de la campaña estaban dispuestos a continuar la guerra en soledad, afirmó el cónsul inglés en Montevideo.

Hood escribió: "Debe temerse que los orientales transformen la modalidad de lucha en una guerra de recursos de una clase personal y cruel, y que los corsarios que ahora infestan la costa de Brasil se transformen en piratas bajo la bandera oriental".

Como Brasil parecía incapaz de derrotar a los ejércitos republicanos para mantener su control de la ribera izquierda del Río de la Plata (más bien ocurría lo contrario: llevaba las de perder), y los orientales se mostraban muy celosos de sus fueros, desde 1827 lord Ponsonby –mediador británico en Buenos Aires– comenzó a sugerir la creación de un Estado independiente.

"Concluyo que los orientales están tan poco dispuestos a permitir que Buenos Aires tenga predominio sobre ellos como a someterse a la soberanía del emperador" de Brasil, escribió Ponsonby a su gobierno en 1828.

Ponsonby anunció a su gobierno que los orientales entrarían en guerra con Buenos Aires si no se reconocía su independencia.

Muchas personas en Europa y en la región, incluso buena parte de los líderes orientales, estimaban que la Banda Oriental era inviable como Estado independiente debido a su primitivismo, pequeñez y escasa población: no más de 70.000 almas. Ponsonby no estaba de acuerdo. "La Banda Oriental es casi tan grande como Inglaterra, tiene el mejor puerto del Plata, el suelo es particularmente fértil, el clima es el mejor", le escribió en 1826 a George Canning, entonces ministro británico de relaciones exteriores (Foreign Office). Al año siguiente Canning asumiría como primer ministro por el Partido Conservador.

"Muchos de sus habitantes tienen grandes posesiones –detalló Ponsonby–; son tan cultos como cualquier persona de Buenos Aires y muy capaces de constituir un gobierno independiente, probablemente tan bien administrado y conducido como cualquiera de los gobiernos de Sud América. El pueblo es impetuoso y salvaje, pero no más que el de aquí (el de Buenos Aires) y, yo creo, como el de todo el continente".

Lavalleja, el caudillo decisivo

Robert Gordon, embajador británico en Rio, y John Ponsonby, mediador en Buenos Aires, convencieron al empresario oriental Pedro Trápani y al caudillo militar Juan Antonio Lavalleja de la viabilidad de la Banda Oriental como Estado independiente, una idea que hasta José Artigas había rechazado. Trápani, quien poseía un saladero en sociedad con un tío de John Ponsonby, admiraba a Gran Bretaña, "esa nación sabia, liberal y poderosa". Él, uno de los principales financistas de la "Cruzada Libertadora", escribió a Lavalleja el 13 de diciembre de 1827: "Ya lo tengo orientalizado (a Ponsonby) y nos ha de servir de mucho". No está claro quien convenció a quién.

Lavalleja, un hombre valiente como el que más, por entonces era el líder militar de la Provincia, que concebía unida al resto de los argentinos mediante un vínculo laxo, de tipo federal o confederado. Mantuvo la independencia de las milicias orientales en el seno del Ejército Republicano, contra los intentos de los jefes unitarios porteños de disolverlas en el conjunto. El 12 de octubre de 1827 dio un golpe de Estado contra la Sala de Representantes de la Provincia Oriental, la que, por necesidad militar, había aprobado la Constitución unitaria impuesta el año anterior por Bernardino Rivadavia.

Después de la batalla de Ituzaingó, el 20 de febrero de 1827, que favoreció a los argentino-orientales, los bandos enfrentados entraron en un prolongado letargo, como luchadores agotados.

Buenos Aires, en quiebra, no tenía dinero ni para pagar a sus soldados; en tanto los brasileños, a la defensiva aunque lejos de ser vencidos, eran mucho más numerosos y mantenían el bloqueo del comercio exterior de su enemigo.

Tras el fracaso de la Convención García de 1827 y la caída del gobierno de Bernardino Rivadavia, Ponsonby presionó con energía y descaro a Manuel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, quien finalmente cedió. Su aceptación de la independencia oriental –y la devolución a Brasil de las Misiones Orientales, tomadas por Rivera en 1828– le costaron el cargo y la vida a manos de los unitarios.

"Es a Lavalleja a quien debemos la paz, en gran parte al menos", escribió Ponsonby a Gordon. "Creo que nunca la hubiéramos alcanzado por medios correctos si su cooperación [...]".

Ponsonby escribió en octubre a Londres: "Yo creo que el gobierno de Su Majestad Británica podrá orientar los asuntos de esa parte de Sud América casi como le plazca".

La independencia uruguaya, como la de otros países en la región, fue el resultado de una combinación de causas diversas, hechos accidentales y ambiciones personales. Entre los eventos decisivos se cuentan la independencia estadounidense, una fuente ideológica fundamental del artiguismo, pues enseñó a los criollos que era posible gobernarse por sí mismos; y la batalla de Trafalgar (1805) y la invasión de Napoleón Bonaparte a la Península Ibérica (1808), que cortaron los lazos con la metrópolis. Ponsonby y sus amigos, junto a algunos jefes orientales, cada quien en procura de sus intereses, suministraron soluciones prácticas para enredos coyunturales.

Próxima y última nota: El cónsul inglés anticipa que será Rivera y no Lavalleja el primer presidente de Uruguay; la explotación agropecuaria, el comercio exterior y los intereses británicos de un Estado en ciernes

Comentarios