Que a una novela le sobren doscientas páginas no quiere decir que sea una mala novela y como ejemplo se podría citar Canadá, de Richard Ford, que a pesar de tener una primera parte deslumbrante y una segunda para el olvido, nadie podría catalogar de descartable. Lo mismo puede decirse de este último trabajo de Mariana Enriquez, que hasta la mitad de su extensión sube y crece como una montaña empinada para luego caer, más que nada por ser redundante al contar en detalle lo insinuado antes.
Si bien no se la puede acusar de borrar con el codo lo que escribe con la mano (allí quedan para siempre esos muchos capítulos iniciales sobresalientes), si se puede señalar como un desliz las casi setecientas páginas de la novela, ganadora reciente del premio Herralde.
Más que nada, el problema es que el viaje, ya de por si singular por ser fantástico y terrorífico, se vuelve difícil de sostener a lo largo de tantas horas que requiere la lectura del libro, con lo que inevitablemente se pierde algo de la magia de Enriquez.
En los primeros momentos, la novela se ciñe a la relación de un padre con poderes sobrenaturales y su pequeño hijo, destinado a seguir sus pasos como médium de una secta que busca la inmortalidad a través de sacrificios y rituales con la Oscuridad. El padre intentará por todos los medios posibles romper esa cadena hereditaria, lo que resulta una poderosa metáfora sobre la educación familiar, el amor y sus consecuencias.
Más explícitas son las referencia a la dictadura argentina, que se cuelan en esa primera mitad del libro con sendos párrafos dedicados a los desaparecidos, a los crímenes y las matanzas colectivas, a los cuerpos que cada tanto emergen del fondo de los ríos, a veces de chicas muy jóvenes, “Sirenas llenas de plomo”, y una clara imputación a los poderosos que compraban bebés huérfanos a precio de saldo.
Una de esas familias, regenta de la Orden en Argentina, es la que tiene en la mira al pequeño Gaspar y a su padre, que cada vez más debilitado por sus afecciones cardíacas y los rituales en los que debe participar, busca una salida que parece difícil de encontrar, pero que abre la puerta de par en par a la parte fantástica de la novela, que va y viene entre los dos planos hasta que todo parece fundirse en uno solo.
La imaginación de Enriquez parece no tener límites y se luce mostrando de cerca las mil atrocidades a las que recurren los miembros de la Orden para buscar la inmortalidad. El catálogo de maldades es enorme, como lo es la capacidad de la autora para hacer tangible y creíble lo irreal. La Oscuridad devora sin piedad cuerpos y almas que le son otorgados sin culpa alguna por una familia que ha perdido todos los valores, buscando un beneficio exclusivo.
Más adelante, la novela avanza hacia la adolescencia de Gaspar, que ve como su padre Juan se desmorona un poco más cada día, al tiempo que se vuelve cada vez más violento con él. Con el inicio de la secundaria nacen las primeras amistades con jóvenes de la misma edad, y juntos viven extraños episodios en casas aparentemente embrujadas, que mutan y parecen tener vida propia. Todo es como una llamada a los poderes suprimidos y ocultos del protagonista, que ignora que desde siempre ha sido manipulado por su padre. Varios pasajes resultan emocionantes y Enriquez maneja el suspenso con maestría.
Sobre el final aparecen referencias a los estragos iniciales del SIDA entre los homosexuales, otro terror que se cuela sin llamar a la puerta, en una novela que arranca en 1981 y llega hasta 1997. Antes, pasa por 1960, donde abundan las referencias musicales (algo ya clásico en su literatura), el sexo y el LSD.
Mariana Enriquez, que ya había demostrado talento en Los peligros de fumar en la cama y Las cosas que perdimos en el fuego, con Nuestra parte de noche le saca brillo a un género difícil.
Ficha
Nuestra parte de noche.
De: Mariana Enriquez
Editorial Anagrama
667 páginas
Precio: $ 990