La paz y armonía que el mundo necesita y nunca alcanza vuelven a perturbarse en dos frentes abiertos por las grandes potencias. Por un lado, en el plano político los principales países occidentales se han embarcado resueltamente en un enfrentamiento con Rusia, con expulsión masiva de sus diplomáticos, por el envenenamiento de un espía desertor en su refugio británico. Por otro, una guerra comercial entre Estados Unidos y China desbarata el concepto del libre intercambio de bienes y amenaza impactar gravemente en la economía mundial.
En el caso del exespía Serguéi Skripal no se ha llegado a los extremos de la guerra fría durante la era soviética, cuando el fantasma de una guerra nuclear ensombrecía al planeta. Pero la acusación británica de que el gobierno de Vladímir Putin estuvo detrás del atentado contra Skripal y su hija desató inéditas represalias británicas y de sus aliados. Un total de 107 diplomáticos rusos fueron expulsados de Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Ucrania y 14 países de la Unión Europea, catapultando las tensiones entre Occidente y Rusia a su nivel más alto desde la era soviética. El gobierno de Putin niega ser responsable del envenenamiento y contraatacó advirtiendo que ese "gesto provocador no quedará sin respuesta".
La provocación provino en realidad de Moscú, si efectivamente es responsable del caso, como todo lo indica. Aparece como una pequeñez sórdida vengarse de un espía desertor al costo de generar una crisis mundial. Detrás del denunciado
atentado ruso en territorio británico, sin embargo, sobrevuela una rispidez creciente desde hace años en las relaciones con Occidente. Desde que asumió el control de Rusia, Putin resiente la expandida incidencia de Estados Unidos y la Unión Europea, a través de la OTAN, en los países de Europa Oriental que antes formaban parte del imperio soviético. Sostiene que las potencias occidentales han roto un acuerdo de palabra alcanzado al término de la guerra fría por Rusia con el entonces presidente de Estados Unidos, George Bush padre, para respetar zonas de influencia. La crisis no llegará al belicismo. Pero evidencia que la meta de Putin de restablecer el poderío ruso de los años de la URSS obstaculiza que las grandes potencias actúen en forma coordinada en áreas de mayor urgencia y gravedad, como los conflictos en Medio Oriente. No menos perturbadora es la guerra comercial desatada entre las dos mayores potencias económicas del mundo. Fiel a su política proteccionista, el presidente Donald Trump anunció la imposición de
aranceles a importaciones por US$ 50.000 millones de los productos chinos que inundan a Estados Unidos. China reciprocó con similar acción contra un centenar de productos estadounidenses aunque ofreció diálogo antes que una guerra comercial.
El impacto mundial de esta confrontación fue inmediato. Cayeron todos los principales mercados bursátiles, desde Wall Street a Londres, Fráncfort, Tokio y Hong Kong, por temores e incertidumbres sobre el futuro valor de las
acciones de miles de empresas por las medidas represivas. La inefectiva Organización Mundial del Comercio pidió en vano moderación y diálogo porque "perturbar el flujo comercial puede poner en peligro la economía mundial". La reciente incorporación de John Bolton y Mark Pompeo a la Casa Blanca harán más difícil ese necesario diálogo para la libertad de comercio y la pacificación política.