Querida Magdalena:
Querida Magdalena:
a vida no es lo que hace esa señora del Fortnite, que se tira en paracaídas sin prácticamente despeinarse. Vivir se parece, más bien, a los legendarios backs de la primera época del football que, si pretendías entrar al área con la pelota, te hacían notar que aquello no era un paseo casual, y te arrastraban por el polvo en el primer encuentro, just in case. Y así, cuando a la vez siguiente te acercabas, ya no entrabas silbando frívolamente, sino poseído por cierto pathos circunstancial que te impulsaba a preguntarte: ¿es absolutamente necesario para mí pasear por el área a esta hora de la tarde? ¡Ah, recreos en Preston College, donde tu cuerpo se raspaba dolorosamente contra las baldosas frías de los patios! Como de una manera o de otra terminabas en el suelo –especialmente jugando contra alumnos de cursos superiores–, si no hacías el gol, si no tenías la suerte de hacer el gol, entonces el aprendizaje era el único beneficio que obtenías cuando entrabas al área con la pelota. No un beneficio menor o insignificante porque es a esa mezcla de aprehensión, incertidumbre, aprendizaje y dolor, que llamamos precisamente vivir.
Por eso nos gusta pensar que aprendemos mientras vivimos. Uno no vive raspándose en las baldosas sin pensar que está obteniendo, al menos, ese beneficio colateral. Pero a veces confundimos los deseos con la realidad. Decimos que hemos aprendido pero, en realidad, lo que nos pasa es que queremos evitar el sufrimiento.
En algunos de los videos emocionales que han circulado en las redes sociales con motivo de la Cuarentena, se da por sentado que el aprendizaje se ha producido ya. (Implícitamente se le está pasando a Dios el mensaje: “Ya está, ya aprendimos, puedes terminar este asunto ya”). Según sus autores –autores que clasificaré como optimistas melancólicos– la humanidad sabe ahora que lo único importante es abrazar a los seres queridos, hablar con el prójimo, disfrutar de estar juntos, compartir el tiempo con los semejantes, leerles un cuento a los hijos antes de apagar la luz… De las baldosas del doloroso patio del Coronavirus ha nacido una nueva humanidad que clama al Cielo: ¡No lo voy a hacer más!
Lejanos ya los tiempos en que nos matábamos unos a otros en las afueras de Sainte-Mère-Église; en que nos quedábamos en la oficina hasta las 11 de la noche, olvidando la mera existencia de los nuestros; en que pensábamos todo tipo de males unos de otros, porque unos queríamos permanecer en la Unión Europea y otros querían irse; en que un puñado de personas tenían fortunas personales superiores al patrimonio conjunto de otros miles de millones de seres humanos hambrientos; en que el individualismo materialista y egoísta se exhibía como una virtud… No: nada de eso existe ya. El Coronavirus y la Cuarentena nos han castigado, ¡pero nos han purificado! y aquí estamos otra vez, una nueva humanidad, sobre un planeta nuevamente azul… Como decía Isaías: “El ternero y el cachorro de león crecerán juntos y un niño pequeño los guiará… Nadie hará mal ni causará daño porque la tierra estará llena del conocimiento…”.
Parece que, esta vez sí, estamos dispuestos a portarnos bien si nos dan la oportunidad. ¡Hemos aprendido la lección!
Claro que no creo que las cosas funcionen así. Sería muy extraño que nuestro incivilizado –y añadiré: ingrato– género humano se comporte, si sale de esta, de un modo distinto en adelante.
Creo que solo podremos mirar al futuro con optimismo –como decía Sarah Connor– si muchos de entre nosotros decidimos, de un modo personal, encarar a partir de ahora, una existencia ética, amorosa y responsable. Y añadiré: sacrificada. Porque no es viajando por el mundo que vamos a cambiarlo para bien. Sino pagando con nuestra propia vida el precio para que este mundo sea mejor. Por supuesto, un mundo mejor es ahora posible, y quizás nos encontremos realmente, como algunos parecen sugerir, ante una oportunidad histórica. El bien que ahora hagamos resonará en la eternidad (como decía el Español). Pero tenemos que estar dispuestos a pagar el precio.
En la vida real, al tipo que quiere hacer el gol, lo único que se le promete es un revolcón sobre las baldosas del patio.
Pero solo si está dispuesto a entrar en el área sabrá si lo esperan la gloria o el dolor.
Estimado Leslie
Pasadas diez semanas del aterrizaje del covid-19, los uruguayos estamos adaptándonos, poco a poco, a la “nueva normalidad”. Si bien el virus aún circula por estos lares, como me dijo alguien a un metro y medio de distancia en la fila del supermercado; parecería que los uruguayos gozamos de una “inexplicable inmunidad”. No es una idea totalmente descabellada, aunque creo que la razón por la que el virus no ha prosperado virulentamente por acá se debe, fundamentalmente, al hecho de que, de cara a la pandemia, nuestra clase gobernante viene pensando y actuando con suma inteligencia y ponderación.
He escuchado por ahí que esta es “la hora de los filósofos”. Le confieso que esta idea me resulta un poco molesta, más que nada porque la Filosofía trasciende cualquier orden temporal, ya que sus cuestionamientos son siempre necesarios. De todas maneras, igual celebro la notoria presencia de filósofos en los medios para contribuir a la reflexión y búsqueda de sentido a esta crisis que nos afecta a todos.
No sé en el Reino Unido, pero aquí en Uruguay se está comenzando a deliberar acerca de lo que pasará en el famoso “día después”. Esta es una expresión realmente ambigua, porque ¿existe realmente un “día” que separe el antes y después de cualquier cosa? En ese sentido, comulgo con la máxima heracliteana, según la cual todo está en constante devenir, y pasado y futuro se conjugan en un presente fugaz y versátil. Así, para poder pensar el “día después” apelo a una frase de Haruki Murakami quien, en Kafka en la orilla, escribe: “Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta.”
Pero, ¿cómo seremos una vez que hayamos salido de esta tormenta? La futurología atenta contra todo espíritu genuinamente filosófico, pero de lo que sí podemos estar seguros es que nuestro futuro depende, no solo de las decisiones que tomemos para hacer frente a la tormenta, sino también de nuestra actitud para observar detenidamente los gestos y acontecimientos que se suscitan mientras la transitamos. Y, más importante aún, de nuestra disposición para aprender de ellos.
El coronavirus nos dejará muchas cosas para aprender. Pero, a mi juicio, una de las más significativas es el desarrollo de nuestra conciencia respecto al valor de lo que los griegos denominaban el Bien Común.
Este no consiste en la suma de los bienes individuales, porque es indivisible e impacta en la vida de todos los miembros de una comunidad. La custodia del Bien Común exige la prudencia de cada uno de los ciudadanos (que nuestro gobierno ha identificado con el llamado a la “libertad responsable”), pero más aún por la inteligencia y honestidad de la clase gobernante, encargada de pensar y elegir las políticas públicas que hacen al bienestar o malestar de toda una sociedad.
El covid-19 acompaña el afán de crear un mundo globalizado: como McDonald’s, se infiltró en prácticamente todos los países del mundo. Pero su poder de propagación no ha sido igual en todos lados, y por eso nos encontramos ante una oportunidad ideal para observar qué tipo contrapoder es la clave para domeñarlo. Algunos apuntan al éxito de los gobiernos liderados por mujeres y, si bien existen buenas razones para ponderar en ello, creo que las virtudes que definen a un buen gobernante no son exclusivas de ningún sexo particular. Tanto como mujeres, hay también hombres dirigiendo países destacados en la pulseada contra el coronavirus. Y si observamos detenidamente, más allá de diferencias sexuales, ideológicas y culturales, lo que los concierta es una cualidad común: el accionar conforme a su deber fundamental, que es velar por el bien de la comunidad que les confirió el poder para gobernarla (y no a intereses de una clase o ideología particular). A esa virtud los griegos la llamaban honestidad.
En cuanto a nosotros, Leslie, ciudadanos comunes y corrientes: ojalá amanezcamos “el día después” con una mayor conciencia de la responsabilidad que nos compete a la hora de elegir a quienes velarán por nuestro Bien Común. Porque ya lo sabemos: nadie puede pronosticar, a ciencia cierta, cuándo se desatará una tormenta…