La Cámara Uruguaya de Fintech nuclea a las startups que emprenden en el ecosistema financiero. Surgió en 2017 y actualmente está compuesta por 43 miembros, de los cuales 22 se unieron entre 2020 y lo que va de 2021. Conversamos con su presidente, Rodrigo Tumaián, para conocer el estado de situación del sector y cuáles son las perspectivas y potencialidades en un mundo cada vez más digitalizado.
En rasgos generales, ¿cuál es el estado de la Cámara Uruguaya de Fintech?
La Cámara Fintech en este momento está tomando un impulso bastante interesante. A diferencia de otros años, el cambio de autoridades ha sido bastante favorable a la hora de generar un diálogo más cercano entre la comunidad fintech y los reguladores del sistema financiero tradicional. En los gobiernos anteriores la posición del Banco Central del Uruguay (BCU) decía que estaba muy a favor de regular y no poner palos en la rueda, pero ese discurso no quedó en hechos concretos.
Ahora con el cambio de gobierno, —y siendo precavidos, porque ya habíamos tenido un discurso muy favorable de vincularse con las fintech— el BCU ha mostrado interés en reunir a los diferentes actores del ecosistema emprendedor, de tecnología y financiero, para escuchar qué es lo que nos interesa a nosotros como mercado.
¿Qué inquietudes han planteado los socios de la Cámara para trabajar este año?
Las inquietudes van por tres lados: regulación del “open banking” (banca abierta), ciberseguridad y la industria cripto. Las criptomonedas son solo una parte del mundo cripto, también está todo el tema de contratos inteligentes, de infraestructura, de trading y hay varias empresas en Uruguay que están haciendo cosas con cripto. Muchas de ellas están trabajando para el exterior y les fue muy bien, pero están siempre mirando hacia Uruguay. El tema cripto siempre está en la vuelta, hay interés, pero es como una zona medio gris oscura que genera varias dudas.
Después, hay mucho interés en acercarse más al BCU, dado que del otro lado hay una buena respuesta, como no tuvimos antes. En la Cámara tenemos también integrantes de empresas de préstamos tradicionales que se están readaptando y queriendo armar una estructura más liviana tipo fintech, y empresas de ciberseguridad que están interesadas en implementar prevención de fraude.
¿En qué consiste el open banking y qué implicaría su regulación?
La propuesta de open banking o banca abierta, es generar un sistema que permita darles mayores derechos a los usuarios finales de la banca. La idea fundamental es que nosotros como usuarios somos dueños de la información y obviamente del dinero que está en el banco y, por ende, tenemos la capacidad de tomarlo y llevarlo a otro lado, compartírselo a otra aplicación, a otro software, a otra empresa o a otro banco sin perder todo mi historial crediticio, toda la información que acumulé durante varios años en un banco, por ejemplo. El open banking habla de poder darles más privilegios a los usuarios y no limitar exclusivamente al banco como dueño y único responsable de mi vida financiera, sino abrir un poco más la competencia para que otros actores puedan interactuar en este nuevo ecosistema.
¿Los bancos están abiertos a ese cambio?
Sí, de hecho, pensé que iban a tener otra postura, pero no. En las últimas conversaciones que tuvimos con la Asociación de Bancos Privados del Uruguay y con el BROU ellos mismos fueron con un discurso en pro del open banking. La idea les gusta y la apoyan, pero hay que traerla a tierra y es parte del trabajo que vamos a empezar a avanzar. A priori hay una buena disposición de querer charlar y hay interés de conocer más sobre qué puede hacerse con open banking y qué beneficios le ofrece al propio banco además de a los usuarios.
¿Cómo beneficia la banca abierta a las startups de fintech?
Creo que puede beneficiar a un montón de empresas que quieran empezar a desarrollar software sobre el sistema financiero. Y al ser una tendencia a nivel global, el día de mañana va a ser mucho más fácil escalar un producto de open banking de Uruguay hacia otros países que ya lo tengan implementado, como Reino Unido, Australia o Japón. El desafío ya no va a estar en cómo me voy a conectar al banco, sino en cómo voy a atacar un segmento de mercado nuevo que no conozco. Si ya está validado en Uruguay, probablemente funcione en otros países.
¿Cómo afectaría al usuario?
Pongamos un caso concreto. Querés transferir dinero de tu banco y tu única manera de hacerlo es a través de una aplicación o de la web del propio banco, pero con open banking podría hacerlo una aplicación que te provea una empresa de software que lo que hace es conectarse al banco y con tu permiso —que es la piedra fundamental de todo esto porque sos dueño de tu información y quien habilita el acceso— podrás eventualmente mover dinero de un banco a otro, transferir dinero de manera instantánea o adquirir una serie de servicios que habitualmente no los tenés pero que son beneficiosos para ti, te permiten reducir costos y tener una mejor experiencia de usuario. Eso termina generando más engagement con el propio banco, porque en definitiva, el dinero lo sigue manejando el banco, lo único que ahora tenés una interfaz más enfocada en el usuario y le permite a las fintech generar un modelo de negocio nuevo.
¿Qué potencial de crecimiento tiene el sector fintech uruguayo y cuál es su diferencial?
Uruguay tiene algo muy bueno, que es la educación. Aunque siempre nos quejamos de que cada vez venimos peor a nivel educativo, salís al exterior y te das cuenta de que la educación que tenemos es bastante buena. En comparación a Latinoamérica estamos muy bien, hay gente supercapacitada y eso hace una diferencia bastante grande en los resultados que obteneos como país, como empresas que creamos software o fintech en Uruguay a la hora de hacer delivery de productos y servicios. Eso es lo muy positivo y creo que ese capital humano hace que Uruguay, con una población de tres millones y medio de habitantes, tenga un unicornio.
Lo no tan positivo de Uruguay es que todavía nos falta mucha cultura de startup. Creo que las incubadoras están haciendo un trabajo bueno pero falta mucho más. Para desarrollar esto creo que el tema financiamiento es el eje de todo. Si bien la ANII hace un trabajo bastante bueno en financiar a las empresas en etapas tempranas, falta un montón de capital y capital en serio, no de fondo semilla.
En Uruguay, hablar de millones de dólares es algo que te pega en la cara, pero si trasladamos esa conversación a Silicon Valley, el primer millón es recién para arrancar la empresa y no cuando ya corrí los cinco mil kilómetros ida y vuelta para demostrar que realmente valgo. Ahí falta un poco de cultura, de cómo entender al segmento inversor, de conocer qué es lo que valoran los inversores del exterior —que son los que realmente tienen el capital— y la capacidad como emprendedores de lograr captar ese capital para poder traerlo a Uruguay. Ahí creo que falta bastante educación y lo que nos pasa a muchos uruguayos es que aprendemos a los golpes, con aciertos y errores.
Cuando estás acostumbrado a trabajar en un mercado de tres millones y medio de habitantes, pensar en escala global es difícil porque no tenés la experiencia, y no está vinculado a no tener la ambición, simplemente a que no tenés la experiencia. Te hablan de un millón de dólares y te parecen toneladas de dinero que jamás vas a alcanzar y cuando empezás a competir en las ligas de verdad donde se maneja el dinero de verdad, te das cuenta de que en realidad el dinero “hacia arriba” es mucho más grande. Creo que se ha hecho un montón de trabajo. dLocal por ejemplo, ha demostrado que se puede y eso ha ayudado a todas las startups de Uruguay.