En esta parte del mundo pasó desapercibida como una noticia más sin mayores implicancias. Pero la victoria de Ebrahim Raisi en las elecciones iraníes del pasado 18 de junio tiene consecuencias no solo para el futuro de Irán y el Medio Oriente, sino también para la gran geopolítica y el equilibrio de poderes a escala global.
Para empezar Raisi, 60, es un exponente del ala más conservadora del régimen de los ayatolas. Con lo cual la República Islámica le ha cerrado el paso a reformistas y moderados dentro de sus propias filas y, así, a la posibilidad de algún tipo de apertura. Y ni hablar de secularizar el régimen, que lleva más de cuatro décadas gobernando Irán como una teocracia.
Todo en esta elección tiene las huellas digitales del líder supremo, Alí Jamenei, mentor de Raisi y el verdadero jefe de Estado de Irán desde 1989, cuando sucedió al ayotola Jomeini que muchos recordarán, el mundialmente famoso patriarca de la revolución de 1979.
Por eso el politólogo irano-estadounidense Karim Sadjadpour dice en la página del Carnegie Middle East Center que esta no ha sido una “elección” sino una “selección”. Al imponer a Raisi en la Presidencia, Jamenei -que ya tiene 82 años y algunos problemas de salud- se estaría asegurando su propia sucesión como líder supremo.
Cualquiera podría decir: pero ¿cuál es la novedad? Que un régimen teocrático elija a sus gobernantes por imposición del líder no debería extrañar a nadie.
Y en efecto, los iraníes votan pero quien filtra a los candidatos es el Consejo de Guardianes, grupo de clérigos que responde al líder supremo. Sin embargo, desde la sorpresa en las elecciones de 1997, cuando ganó el reformista Mohamed Jatami, una característica de los comicios iraníes había sido que cualquiera podía ganar entre estas dos facciones en pugna: los moderados y el ala dura del régimen. De hecho el presidente saliente, Hasán Rohani, y su ministro de Exteriores, Javad Zarif, son percibidos como moderados, y por ello, fuertemente resistidos en los círculos más conservadores.
Esta vez no. Esta vez el ayatola decidió curarse en salud. Quería asegurarse su sucesión sin sobresaltos y que no hubiera derivas aperturistas al interior del gobierno y fue así que terminaron con Raisi de presidente.
De este modo las esperanzas de los iraníes laicos y demócratas de reformar al régimen por la vía de las urnas han quedado prácticamente en cero.
En cuanto a los alcances regionales e internacionales del ascenso de Raisi, lo que más importa al mundo, la reanudación del acuerdo nuclear, creo que no corre mayor peligro. Es de esperar que no ponga trabas insalvables a la hora de volver a la mesa de negociaciones con el P5+1.
También es de esperar que continúe con la política de acercamiento hacia su eterno rival Arabia Saudita, que Rohani había iniciado, sin bien, tímidamente.
Seguirán también apuntalando al régimen de Bashar el Asad en Siria y a las milicias aliadas en Irak y en Yemen, completando la media luna del creciente chiíta con el apoyo a Hezbolá en el Líbano.
Con relación a Israel, lo más seguro es que nada cambie. En lo diplomático, Raisi continuará la política de hostilidad y enfrentamiento; pero en lo sustantivo, no le veo perfil de “Intel” como para meterle mano a los servicios y tratar de atenuar la penetración de la inteligencia israelí en el sector nuclear iraní.
A nivel de geopolítica mayor, Irán se acaba de integrar a una entente cordial de mucho cuidado con Rusia y China.
Con el gigante asiático, Irán firmó en marzo un acuerdo estratégico de largo alcance que lo coloca como uno de los polos más importantes en la nueva Ruta de la Seda china. Y con Rusia hace años que son aliados. En breve, será también miembro de la Unión Económica Euroasiática, que Rusia lidera, y el propio Vladimir Putin ha invitado a Teherán a unirse también a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, creada para competir con la OTAN.
En tal sentido, el valor estratégico de Irán y su historia no son de subestimar. No olvidemos que este era el viejo Imperio Persa, cuyas hazañas no se reducen a las campañas de Ciro y Darío en la Antigüedad, sino que hasta principios del siglo XIX se estaba disputando con el Imperio Ruso posesiones y territorios en el Cáucaso. La vocación imperial la han tenido siempre. Por eso un eje Beijing-Moscú-Teherán sería mejor no tenerlo de enemigo.
Y paradójicamente tal vez sea esa misma proyección geopolítica lo que en definitiva termine por cambiar el régimen en Irán.
El intento de Jamenei y Raisi por mantener el control en manos de los conservadores tiene fecha de caducidad.
Cuando Irán alcance ese grado de prominencia global de la mano de Rusia y China, es de esperar que el poder de los ayatolas decaiga, y que en el futuro quede, si acaso, como algo simbólico.
Y es que bien mirado, a la larga es insostenible -es una fantochada- que a un país con ese potencial geopolítico y geoeconómico lo estén dirigiendo unos clérigos fundamentalistas de turbante que se creen descendientes del Profeta.
Lo más probable es que en algún momento de esta década, o principios de la que viene, Irán vaya hacia un régimen más al estilo del egipcio, con algún líder que surja de la prestigiosa Guardia Revolucionaria, o un hombre fuerte del tipo Putin.
Democracia liberal, representativa, etcétera etcétera, donde nunca la hubo, por ahora y por mucho tiempo, ni soñar.