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Quebracho y el infierno grande

La pequeña localidad de Paysandú que fue testigo de tres muertes trágicas en una semana, vive el duelo mientras el rumor corre como pólvora

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07 de abril de 2018 a las 05:00

Martín Bentancur le apuntaba con el rifle y Juan Ruiz, tal vez su amigo más cercano, apelaba no solo a la tarde anterior en que le advirtió que no se mandara una macana, sino a todas las otras tardes y noches que, durante varios años, compartieron tomando mate o vino cortado.

Bentancur estaba a punto de asesinar a Nelly Goyeneche, su suegra hasta hacía unas horas, cuando Valeria decidió ponerle fin formalmente a la relación que tenía con él. Eran casi las 2 de la mañana del miércoles 28 de marzo, y faltaban pocos minutos para que también matara a Juan Carlos Oviedo, el policía que en ese momento se dirigía en moto desde la comisaría de Quebracho (Paysandú) hasta esa casa ubicada en la calle Lavalleja, para intentar detener la masacre.

2.853 habitantes viven en la villa de Quebracho, según el último censo de 2011.

"Andate, Juan. Vos no querés perder la vida, esto no tiene nada que ver contigo", le dijo Bentancur, y Ruiz, que le pedía que le dejara sacar a los niños de allí, retrocedió. Ese fue su segundo esfuerzo para que Bentancur abandonara la violencia, insospechada hasta ese momento. Horas antes, el martes 27, Bentancur había empujado a Valeria luego de escuchar que ella seguiría con quien era su amante, y destrozó, en un ataque de ira, el teléfono de su casa. Bentancur era, para los habitantes de Quebracho que lo trataban, un hombre tranquilo, mansito, bonachón, tímido, incapaz de lastimar a una mosca.


Era querido por todos, y la pareja que formaba con Valeria desde hacía muchos años era como "cualquier otra". Pero esa normalidad comenzó a desmoronarse en los últimos meses y, ante los 2.853 pares de ojos muy atentos que hay en una villa como Quebracho, no hubo detalle que se perdiera. O al menos que no se comentara.

3 muertes violentas sacudieron Quebracho –una localidad donde la palabra delito es extraña– en casi una semana.

Ruiz y su esposa, los dueños del comercio El Monito, en donde trabajaba Valeria desde hacía tres años, quedaron helados cuando vieron cómo ella dejaba plantado en la vereda a su novio en la tarde de un sábado de febrero, para subirse en la moto de su amante.

Esa escena, que los vecinos dicen que se repitió más de una vez durante el verano, es hoy el argumento del pueblo para volcarse en contra de Valeria. Tanto así, que comenzaron a construirse relatos extremos, que no hay quien verifique, y que se sostienen en las dos palabras base del rumor: se dice. Y se dice que: "se iban juntos en el auto de él", "andaban a los chupones delante de todos", "cuando lo veían, se reían", "cuando se lo cruzaban le gritaban cornudo", "ella lo dejó en la calle y no le dejaba ver a la hija".

¿Quién dice? "Dicen", responden. ¿Pero quiénes? "Los que lo vieron", y se encogen de hombros, como desentendidos. Pero de algo están seguros: eso que se dice, rumor o realidad, llevó a la locura a Bentancur.

Y ahora, cuenta la esposa de Ruiz –quien pidió la reserva de su nombre–, el pueblo "señala y condena a Valeria porque es como si hubiera fallado como esposa, como mujer". Y explica, desesperanzada, que en Quebracho "las mujeres están más expuestas que los hombres, porque aquí todavía no se tolera la infidelidad en la mujer, mientras que los hombres infieles siguen siendo los más vivo de todos". Y los hombres como Bentancur, que todos definen como "una excelente persona", "un trabajador incansable que hacía todo por 'su' mujer", son santificados.

Compañía y rechazo

Un hombre con el cabello oscuro despeinado, pantalón de vestir y camisa marrón, muestra una amplia sonrisa para la cámara. En la mano derecha sostiene un vaso. La fotografía está colgada desde setiembre en la sala de espera de la empresa de silos en la que trabajaba Bentancur, y es el recuerdo que quedó del cumpleaños 60 del dueño de la planta. Debajo de la imagen están los nombres de la quincena de empleados que rodean al patrón. No hace falta que lo señale el agasajado de aquella fiesta, que allí aparece acuclillado en el medio: el muchacho sonriente es Bentancur. "No voy a hablar, disculpame, pero ahí lo tenés", dice el que fue su patrón, y no desvía su mirada de la foto.

5 de los nueve casos de violencia doméstica con saldo fatal en lo que va de 2018 ocurrieron en pequeñas localidades del interior.

Un silencio tenso se apodera en la sala; el segundero del reloj es lo único que se escucha. "¿Si siento dolor? Pero qué te parece...". El hombre se quiebra y abre la puerta para que la visita se vaya.
El afecto que despertaba Bentancur es confirmado por Ruiz. "Todo el mundo lo quería muchísimo", dice, mientras su esposa atiende a los clientes del almacén. Ese sentimiento se reflejó el martes 3 de abril durante el entierro de Bentancur, luego de que se suicidara a las 6.30 de esa mañana en la entrada del complejo termal de Guaviyú. Había sido buscado por la Policía por todos los rincones en los alrededores de Quebracho y en la ribera del río Uruguay –a 20 kilómetros del pueblo–durante casi una semana.

Muchos comercios cerraron sus puertas sobre la hora 18 de ese martes para ir a despedir a Bentancur. Esa deferencia no fue bien vista por algunas familias, pero especialmente por la de quien había sido el amante de Valeria.

Ellos sufrieron la ira de Bentancur, que no se había aplacado ni con dos homicidios arriba. Por fortuna no se encontraban en su quinta cuando llegó el asesino enloquecido. Frustrado, disparó y luego incendió la casa en la que vivían, un camión, una cosechadora, la cisterna de gasoil, varias ruedas de otros vehículos, una pulverizadora y una infinidad de herramientas.

Aunque la mayoría de esos materiales están asegurados, la familia siente que lo perdió todo, incluida la amistad del pueblo. "Amigos del alma que cerraron las puertas de su negocio cuando se mató este asesino... Tenían que haber respetado a todos", dice el padre de familia, y niega con la cabeza señalando los esqueletos de sus máquinas destruidas, en una chacra a la que se llega por un camino de balasto, a más de 20 minutos en auto desde Quebracho. "Y si nos hubiera matado a nosotros también, ¿qué hacían?", se pregunta.

La explicación que dan los vecinos es siempre la misma: a Bentancur lo querían y conocían de toda una vida. Cómo no iban a despedirse. "Este es un pueblo podrido", dice el hombre, y afirma que no dejará que su hijo, que estudia en Paysandú, vuelva a Quebracho.
"No justificamos lo que él hizo –responde Ruiz–, quitarle la vida a esas dos personas, y tampoco es que quisimos apañarlo. Fuimos a su entierro por un sentimiento. Era una excelente persona y lo que él hizo, bueno... será juzgado por el de arriba", opina.

Cuando Bentancur fue hasta El Monito en la última tarde que estuvo en Quebracho para que lo ayudaran a instalar un nuevo teléfono en su casa –había roto el anterior ciego de rabia–, Ruiz percibió que algo podía pasar, y por eso le habló. Fue entonces cuando le preguntó si de verdad había empujado a Valeria horas antes y ante su confesión le dijo que tuviera cuidado, "que si se mandaba una macana no había retorno". Y él le dio la razón.

"Pero no me hizo caso, y por eso me dedicó un mensaje pidiéndome perdón". Ruiz se refiere a una de las tantas frases que escribió Bentancur en un extenso mantel que colgó sobre el alambrado de Termas de Guaviyú, antes de pegarse el tiro final.

Cronología

12.30 del 28 de marzo
Martín Bentancur irrumpió en la vivienda de su expareja Valeria y trató de agredirla a ella, a su familia y a su amante. Llamaron a la Policía, pero cuando llegó no estaba. Decidieorn trasladar a la comisaría a Valeria y a una hermana menor.

1.40
Bentancur regresó, pero esta vez con un rifle. Entró a la vivienda y mató a su exsuegra Nelly Goyeneche. También al policía que llegó , alertado por una llamada telefónica de Goyeneche. De allí se dirió a la casa de la familia del amante y, al no encontarlos, incendió la casa y maquinaria.

Lunes 2 de abril
Martín Bentancur, prófugo desde el 28 de marzo, ingresó en la escuela 75 para pasar al menos una noche. En ese centro dejó una carta en la que expresaba su amor por su hija y pedía perdón por lo que había hecho. La descubrió una auxiliar de servicio de la escuela al regresar de las vacaciones de Semana Santa.

Martes 3 de abril
Bentancur finalmente se quitó la vida con el revólver que le robó a Oviedo luego de asesinarlo. Fue descubierto cuando pretendía acostarse sobre una sábana blanca, comenzaba a desnudarse y doblar su ropa sobre el muro, hasta quedar en calzoncillos. Antes de que llegara la Policía se disparó en el pecho frente al complejo termal de Guaviyú, en el kilómetro 432 de la Ruta 3. Dejó un extenso mantel y una camiseta blanca colgada de la reja del lugar, con varios mensajes para su familia y allegados.

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