Ellos no se conocen. Están padeciendo los últimos minutos de una cita de Tinder que salió mal y quieren refugiarse en su casa lo más pronto posible. Él está desanimado, ella apenas hace otra cosa que mirar por la ventana del auto. Pero a pesar de la distancia y la frialdad, ambos quedan enganchados, unidos al instante por una luz cegadora y una sirena: una patrulla de policía, que en medio de la noche les hace señas para que se detengan al costado del camino. En el fondo, ellos lo saben. Por más que se quieran demostrar tranquilidad, están asustados y lo saben. Son un hombre y una mujer negros, parados por un policía blanco, en medio de una helada madrugada de algún punto desierto del estado de Ohio. Y con todo lo que eso significa en el Estados Unidos de hoy, él se baja del auto. Sin chistar.
En la nieve, el policía lo cachea con brusquedad. Le pregunta si está borracho; él le dice que no. Le dice que estaba manejando de manera errática; él le dice que no. Entonces el policía le pide para revisar el valijero del auto; él le dice que no hay drama. El agente revuelve, tira, rompe, pero no encuentra nada sospechoso. De todos modos los sigue reteniendo, y es por eso que en un momento el hombre le pide si se puede apurar, que tiene frío. Y ahí es cuando todo se precipita.
El agente saca el arma y le dice que se ponga de rodillas. Él le hace caso, incrédulo y aterrado. Ella sale del auto escandalizada, le grita que es abogada y que lo que está haciendo es absurdo, pero el uniformado le dice que se calle. Cuando ella intenta sacar el celular, el policía le dispara en la pierna. Acto seguido, cae derribado por el hombre, que se levanta como una tromba. Ambos forcejean en el piso y de un segundo al otro, él consigue el arma e incrusta una bala en la cabeza del agente. El hombre y la mujer herida se quedan de piedra. La sangre del policía mancha la nieve. Ellos no se conocen, apenas son las partes inconexas de una mala cita de Tinder, pero ambos se miran y se entienden. Saben que, a partir de ahora, son dos civiles negros que acaban de matar a un policía blanco. Y ella, que tiene la justicia de su país aprendida al dedillo, sabe que solo les queda una opción: huir.
En la escena anterior no hay spoilers. La detención, el balazo y la huida desesperada suceden en los primeros diez minutos y son el punto de partida de Queen & Slim: Los fugitivos, una producción que en Estados Unidos se estrenó a principios de año y que ahora se encuentra disponible en Uruguay a través de servicios de alquiler por streaming como Vera TV, Google Play, Claro Video y NS Now (entre $ 92 y $ 125 por 48 horas), o en Pay-per-view de Directv ($ 129).
Vendida como una suerte de Bonnie & Clyde moderna que se enraíza en el tema racial de EEUU, esta primera película de la cineasta Melina Matsoukas pegó fuerte en su país por su retrato estilizado y por momentos espectacularmente bello de la cultura afroestadounidense, pero también por los ecos que, sin quererlo, la realidad termina colando en la ficción. Porque si bien la película se estrenó hace ya varios meses, es imposible despegarla del contexto en el que muchos terminaron viéndola: el asesinato, producto de la violencia racista institucionalizada, de George Floyd.
Por fuera de estas coincidencias –en las que también cayó, por ejemplo, la última película de Spike Lee–, de pique Queen & Slim presenta varios nombres atractivos delante y detrás de cámara que la ponen en la estantería de los filmes a atender. Además de la propia Matsoukas, que debuta en cine pero que tiene un largo recorrido en la filmación de videoclips –se ganó el Grammy con Formation, de Beyoncé, por ejemplo–, el guion está firmado por la actriz, productora y activista Lena Waithe –Master of None, Dear White People, Westworld– y el protagónico lo comparten el genial Daniel Kaluuya, nominado al Oscar por su papel en ¡Huye!, y Jodie Turner-Smith. Ese es el equipo que, en el arranque, pone primera a esta aventura de fugitivos resistentes, amantes trágicos y, sin quererlo, íconos repentinos de una comunidad que, mientras pasan, levanta el puño.
Prófugos
Después del balazo, del accidente, del susto, él y ella se convierten en prófugos de una ley que está decidida a cazarlos. No tienen rumbo fijo y solo quieren desaparecer para lamer sus heridas en secreto. Y es así como el camino los lleva de Ohio a Nueva Orleans, y de allí a Florida, en donde podrían tener una chance de escapar para siempre.
Aunque desde el principio se plantea como una road movie norteamericana a la usanza –con su playlist correspondiente–, en Queen & Slim lo que termina importando más, incluso más que el destino de estos dos descastados, es lo que su acción genera en los demás. Mientras las plantaciones, los campos y las ciudades derruidas pasan a través de su parabrisas, los destellos de una comunidad históricamente herida los abraza y, de a poco, se van blindando y convirtiendo en referentes involuntarios del movimiento de resistencia negro, de una forma de ser que reivindica sus derechos y los pone como ejemplo.
“Queríamos una celebración de la cultura negra –dijo la directora a Variety sobre este punto–. Queríamos honrar a nuestra gente, a nuestros ancestros y a todos aquellos que han perdido sus vidas por culpa de la brutalidad policial. Queríamos, de verdad, que esto fuera una meditación sobre la experiencia negra”.
En ese sentido, hay que decir que Matsoukas logra su cometido. En pantalla, la directora abre un ejercicio visual sublime –y quizá, por momentos exagerado– de lo que hace a la comunidad negra de ese país. La hermandad, los peinados, la ropa, las citas a las raíces culturales, la rabia contenida, la música, los bailes, la historia reciente abriéndose paso en la ficción; todo es parte de este combo que, aun a pesar de algunos desniveles narrativos, es consistente y logra captar, por unas dos horas, la atención del espectador.
Es cierto que en varios momentos la forma eclipsa a la sustancia –a veces Matsoukas muestra su costado más videoclipero y parece más preocupada por lograr tomas espectaculares que por desarrollar a sus personajes– y es cierto también que la historia de amor coquetea peligrosamente con la novela acaramelada y que tiene alguna escena totalmente prescindible –un montaje entre una protesta y una escena de sexo es, lisa y llanamente, absurda–. Pero también es cierto que en Queen & Slim hay, debajo de esa aparente superficialidad a la hora de narrar, un grito de dolor que es imposible de ignorar y que propulsa una historia cautivante en lo visual e innegablemente atrapante que termina siendo un fresco verosímil de un país que, aun a pesar del tiempo, las lágrimas y la sangre, no logra purgar sus fantasmas de una buena vez.