Hace más de 50 años que Raúl Pérez trabaja en silencio. Es fabricante de zapatillas de ballet, pero no sabe cuántas piezas tiene en su haber: puntas y medias puntas de cuero; otras de tela, silicona, polar y goma. Ya perdió la cuenta. Solo se dedica a coser y pegar con la minucia de otros tiempos. Y dice que seguirá haciéndolo hasta que no le den más las manos.
Su taller huele a cuero y pegamento. Es un cuarto muy pequeño, apenas iluminado por una ventana que da a un jardín repleto de plantas bien cuidadas. Retazos, maderas, pinzas, clavos y cintas cubren el piso y las diferentes mesas de madera, algunas ya corroídas por el paso del tiempo. En medio del caos, el orden es armonía.
Pérez (69) es uno de los contados fabricantes de zapatillas artesanales que quedan en Montevideo. De hecho, él incluso duda sobre si es el único que continúa trabajando en esa modalidad y no mutó su negocio a la importación de productos desde China, Brasil y Argentina, como todo el resto.
El Sodre como padrino
raúl pérez ballet
undefined undefined F. Macchi
Pérez comenzó a trabajar en el
Sodre como administrativo en 1963. Por aquella época las cosas en la institución transcurrían sin mayores sobresaltos, recordó el
artesano. Fue antes del incendio que lo desmoronó todo.
En 1966, la Comisión Directiva decidió contratar a un profesional de la confección de zapatillas italiano, con el objetivo de capacitar al personal y comenzar a producirlas en Uruguay. En ese entonces se realizó un llamado abierto entre los funcionarios del Sodre y Pérez vio allí la oportunidad de salir de detrás del escritorio.
En el sótano de la sala B del viejo Auditorio se montó un modesto taller donde Pérez y otros cuatro compañeros comenzaron a hacer zapatillas al ritmo de una por día. Ninguno tenía conocimientos exactos en la materia, como mucho alguna incursión aficionada en el mundo de la zapatería.
taller zapatillas ballet
undefined undefined R. Pérez
"Las primeras puntas se hacían con métodos que ahora parecen de película", bromeó el artesano. La base del calzado se formaba con cuero y las partes no se pegaban como ahora, se cocían con pelo de chancho. Fue trabajando todos los días con los maestros de la
danza que Pérez comprendió la importancia y el valor de hacer una zapatilla personalizada y ajustada a cada bailarín, en vez de utilizar los talles universales de la producción de calzado industrial. En el Sodre cada artista tenía una ficha con los datos de su pie, que se actualizaba cada tanto, y todas las puntas se guardaban en casilleros que correspondían a cada integrante de la compañía. En el taller nunca se hacían dos zapatillas iguales.
Cambio de rumbo
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undefined undefined F. Macchi
Durante varios años, Pérez perfeccionó su técnica hasta volverse un verdadero profesional de la confección. En 1973 le surgió la posibilidad de viajar a Estados Unidos y allí vivió un semestre con unos parientes. Su idea era tomarse licencia sin goce de sueldo durante el tiempo que estuviera fuera, para luego volver y retomar su vida normal. Lo consiguió, pero tras el golpe de Estado en junio de ese mismo año. se decretó que todo aquel que no se presentara a trabajar sería despedido; como Pérez ya se encontraba viajando en aquella fecha, nunca pudo reingresar a la institución. Entonces tomó la decisión de prolongar su estadía en el norte por dos años y en 1975 regresó a Uruguay.
Al volver se dio cuenta de que lo único que sabía hacer eran zapatillas de ballet. Así que con la ayuda de su esposa armó el taller que mantiene hasta hoy en el frente de su casa en Buceo. Lentamente comenzó a restablecer su red de contactos. Antiguas bailarinas del Sodre que impartían clases en diferentes escuelas comenzaron a recomendar a Pérez entre sus alumnas y al cabo de algunos años alcanzó un ritmo de producción con el que logró mantener a su familia.
Pero a medida que pasaban las décadas y la globalización avanzaba a la par de las nuevas tecnologías, su negocio comenzó a perder impulso. Para las bailarinas y sus aprendices ya no era tan rentable esperar un mes para hacerse de sus zapatillas, por más que fueran una artesanía confeccionada a medida; algunas simplemente preferían comprar la marca estrella –Capezio– en una gran distribuidora de insumos de danza –la más grande en Montevideo es Ballet House– o pedirlas por internet a un precio más accesible. Incluso el Sodre cerró su taller y comenzó a importar el producto. Hoy, las zapatillas de Pérez cuestan entre $ 1.200 y $ 1.550; las Capezio en Ballet House llegan a los $ 2.700, mientras que online pueden encontrarse, las más baratas, a $ 380.
La retirada
raúl pérez ballet
undefined undefined F. Macchi
A raíz de este declive, Pérez comenzó a buscar otras opciones. Como ya sabía que en el período de receso escolar y de temporada de espectáculos, de diciembre a marzo, las ventas bajaban de manera casi total, el artesano necesitaba buscar otra fuente de ingreso. "Durante esos meses era un desocupado, como un maestro pero sin cobrar sueldo", dijo.
En medio de esa necesidad se le ocurrió tomar un curso en la Escuela Municipal de Jardinería, y le gustó más de lo que hubiese imaginado. Así Pérez dedicó muchos de sus veranos a podar y acomodar jardines como segundo trabajo, hasta que lo abandonó por falta de fuerzas.
"Hay quienes me critican y me preguntan por qué no tengo una gran empresa de producción de zapatillas, pero mi manera de ser y mi manera de ver las cosas me llevó a ser artesano toda la vida", explicó. Y agregó: "Mientras me den las manos voy a seguir fabricando. Lo necesito y lo quiero hacer. Tengo la suerte de trabajar para vivir y no vivir para trabajar".
Ahora, de a poco, el zapatero del ballet prepara el terreno para abandonar el oficio. A pesar de que le encantaría poder dejar un sucesor de su negocio y su marca, nunca encontró uno y sabe que cuando él se retire sus zapatillas dejarán de producirse para siempre.