29 de marzo 2020 - 9:23hs

Estimada Magdalena: 

Receta en 5 pasos contra la tristeza 

Durante todo el tiempo en el que, para nuestra confusión, pensamos que éramos dioses omnipotentes (id est: antes del covid-19), pudimos olvidar que la Filosofía ha sido, tradicionalmente, no sólo un lugar de inteligencia, sino de consuelo. Olvido impertinente, dada la multitud de pistas que Dios, la naturaleza y los sabios nos han ofrecido siempre en sentido contrario. 

Consuelo. Lo necesitamos. Siempre lo hemos necesitado. No sólo ahora que nos parece estar más accesibles a la muerte. ¿Qué son los Salmos, o la Apología de Sócrates, sino escritos de consuelo y sanación? Recuerdo ahora también a Boecio que, antes de ser ejecutado, aprovechó el tiempo de vida que le quedaba, para redactar en la cárcel su De consolatione Philosophiae.

Pocos siglos más tarde, otro Rock Star de la universidad de París -como Deleuze- volvería sobre el tema.

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Tomás de Aquino no fue un filósofo demasiado cordial. Fue, sí, una persona amabilísima y dulce. Pero esta amabilidad y dulzura -que rezuma de su poesía y de sus oraciones-  no se exportó a su Filosofía. Quizás porque nunca quiso vender el rigor de sus argumentos al precio del aplauso de sus lectores. Por eso, es en cierta forma más sorprendente encontrar en la Summa Theologiae unos textos sobre el dolor y la tristeza que no parecen haber sido escritos por un filósofo profesional sino por una madre.

Resumiendo en pocas palabras muchas páginas, Tomás aconseja que, cuando estemos tristes, nos preguntemos primero qué tipo de tristeza estamos experimentando. ¿Es la que sentimos en presencia de un mal verdadero? ¿O, por el contrario, ante un mal sólo aparente que oculta, en realidad, un bien verdadero? (Entristecerse ante el bien sería, claro, algo así como el supremo error). Pero, una vez que sabemos que nuestra tristeza es legítima, no debemos transigir con ella, ni tolerarla. Hay varias razones para esa tolerancia cero.

La principal es que, al ser una experiencia de orden interior y espiritual -la conciencia de un mal presente-, la tristeza compromete al hombre en su totalidad. No es como las dioptrías o el colesterol, con los que podemos más o menos coexistir. La tristeza es incompatible con… la humanidad. Y esto es así porque “si se acrecentara, hasta el punto de excluir la esperanza, incluso el movimiento vital del cuerpo sería impedido”.

Llegamos así al meollo de la célebre “Receta de 5 puntos de Santo Tomás de Aquino contra la tristeza”. Una receta donde no encontramos (casi) silogismos. Pero donde el orden, como siempre en la cocina, es importante.

En primer lugar: ¡Démonos un gusto! Incluso si el mundo está explotando, quizás tengamos tiempo de cantar algunas estrofas de The Never Ending Story antes del fin. Sí: un poco de “Que me quiten lo bailao” es fundamental para desapesadumbrarse el ánimo.

Pero si sentimos que las lágrimas nos ahogan, pasemos sin complejos al punto segundo: ¡Lloremos y lamentémonos! Pues el dolor que se guarda aflige más, pero si lo soltamos, la atención del alma se desparrama y así disminuye el dolor interior.

En cualquier caso, es siempre aconsejable el paso tercero: Huyamos de la soledad: busquemos la compañía de un amigo. Si vemos a otros contristados con nuestra tristeza, nos parecerá que ellos llevan con nosotros la carga. Y así nos alegraremos de que nos amen.

El cuarto paso no es exclusivo de las situaciones de tristeza, pero Tomás señala que es especialmente útil en esos momentos. Siempre y en todas partes, produce alegría y gusto la contemplación de la verdad, y tanto más perfectamente cuanto más seamos amantes de la sabiduría. (Dejo este punto abierto a su magdaleniano comentario).

Finalmente, si la combinación de todo lo anterior no ha sido suficiente, es bueno darnos por vencidos, abandonar la falsa creencia de que podemos darnos la felicidad a nosotros mismos (incluso siguiendo la receta de Tomás de Aquino) y, graciosamente, tomar un baño

Puede llamar la atención no encontrar, entre los ingredientes contra la tristeza, ni el café ni el chocolate. Pero estos estimulantes naturales sólo se conocieron en Europa siglos más tarde. Creo no traicionar la doctrina del Aquinatense si supongo que, de haberlos conocido, los habría incluido en su célebre receta.

Más Nietzsche y menos “pare de sufrir”

Estimado Leslie:

Presiento que su reflexión responde a la cita que figura en mi estado de whatsapp, y que ahora hace de título a mi respuesta. Esta sospecha nace de mi obstinada tendencia a razonarlo todo en términos de causalidad: poco después de nuestra primera conversación telefónica -donde es probable que le haya llamado la atención la máxima- encuentro en mi buzón esta carta…

La frase está inspirada en “Más Platón y menos Prozac”, título de la reconocida obra del filósofo canadiense, Lou Marinoff.  Afín a la perspectiva de Boecio, Marinoff argumenta que la Filosofía es un medio eficaz para paliar el padecimiento anímico del ser humano. Inspirados en la tradición antigua, los filósofos practicantes recuperan el sentido más socrático de la Filosofía, concebida como cura del alma. Así, gracias a este novel resurgimiento, la Filosofía franquea los rígidos muros de la torre de marfil y, como Sócrates, sale a la calle a dialogar con todos aquellos que sientan que posee algo valioso para darles.   

Es cierto que la Filosofía no es solamente un lugar de inteligencia. Yo, al menos, jamás la concebí de esa manera. Creo que ya le conté de mi época de estudiante en la Facultad de Humanidades, cuando sentía el impulso de salir a buscar a la gente que pasaba por ahí para que experimentaran también el placer de estudiar Filosofía. Me parecía un despropósito, una injusticia incluso, que no todos tuvieran la oportunidad de conocerla.  Pero, en ese entonces, la Filosofía era cosa de algunos pocos locos -o, a lo sumo, intelectuales-,  una materia de liceo insólita e inútil que casi nadie entendía. 

Hoy la Filosofía está recuperando su “lugar de consuelo”, y ¡enhorabuena! Ella es, en efecto y como escribió Séneca, “un phármakon para el alma”. Pero no uno que nos pueda prescribir un médico, o que podamos conseguir fácilmente en la farmacia. En efecto, en De consolatione Philosophiae, la Filosofía viene a liberar a Boecio de “las envenenadas y fútiles ilusiones” que lo embelesaban con la promesa de una felicidad fácil e inmediata. Por eso, cuando los “remedios” desbordan a diestra y siniestra los escaparates del mercado de consumo, es imperativo recordar que el consuelo que nos ofrece la Filosofía requiere de una dosis considerable de inteligencia para conquistarlo. No en vano ésta le exigió a Boecio un año de confinamiento solitario para reflexionar y escribir su diálogo.

Sí, es importante decirlo Leslie, la Filosofía es también un lugar de la inteligencia. Porque “encontrar” un consuelo es bien fácil hoy en día; para ello basta con comprar un libro de Louise Hay, tomar un Prozac, visitar un templo o adherir a la ideología o tendencia en boga. Lo difícil, en cambio, es reconocer en todas estas “soluciones” artificios que nos embelesan con promesas de felicidad ilusorias. Lo difícil es reconocer que el camino que conduce al cuarto punto de la Receta de Santo Tomás de Aquino no se descubre en una pastilla, un paseo de compras ni un libro de autoayuda.

Una vez leí que el fenómeno del pesimismo nace de la necesidad consciente o inconsciente de perfección. Me pareció muy interesante la idea, porque me ayudó a conciliar dos aspectos en apariencia contradictorios de la Filosofía: su capacidad para curar el alma humana y avivar la tristeza, todo al mismo tiempo. Por eso, no puedo coincidir con el Aquinatense cuando dice que la tristeza es incompatible con la humanidad. Yo creo que no sólo lo es, sino que -más aún- junto la alegría, ella es el síntoma más patente de una precepción reflexiva y profunda de la realidad.

Sólo los “omnicontentos”, como los llama Nietzsche, están libres de la “consciencia de un mal presente”. Ellos se sienten siempre satisfechos, pero nada más que porque no comprenden ni sienten la necesidad de Verdad.

La felicidad no es un producto elaborado mediante pasos estipulados en una receta prescrita-ni siquiera por una mente brillante como la de Santo Tomás. La felicidad se conquista, como dijo Russell, mediante la búsqueda incesante de una perfección que sentimos tan inaccesible como necesaria. Y la alegría consiste, entonces, en saber que no estamos sujetos a ninguna ideología que comercia con nuestra felicidad. En poder sentirnos tristes sin culpa, porque la tristeza no es sinónimo de fracaso ni desgracia, sino de una sensación que las cosas, a veces, sí se pueden mejorar.

 

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