27 de mayo de 2015 15:55 hs

Los presidentes Tabaré Vázquez y Dilma Rousseff le rezaron un virtual réquiem al Mercosur como grupo económico integrado. Continuará como bloque político por afinidades de grado variable en ese campo entre la mayoría de sus actuales gobiernos. Pero la bilateralidad acordada por los jefes de gobierno de Brasil y Uruguay en su reunión del jueves, para acordar rápidamente un tratado de libre comercio con la Unión Europea (UE), liquida de hecho la rigidez del tratado de Asunción, cuyo limitante artículo 32 impone negociar exclusivamente en bloque en materia comercial. El categórico mensaje de los presidentes estuvo dirigido a la Argentina kirchnerista: o se incorpora al eje Brasil-Uruguay o queda al margen del TLC con Europa, que se negocia a los tropezones desde hace casi dos décadas. Este tratado está trancado por el proteccionismo argentino, renuente a aceptar una amplia lista de mutuas desgravaciones arancelarias. Pero Rousseff y Vázquez resolvieron ahora cerrar el acuerdo con la UE antes de fin de año, con o sin Argentina, meta factible al haber desaparecido las objeciones proteccionistas de los primeros años por el lado europeo, fundamentalmente del sector agrícola de Francia. De los otros dos miembros plenos del Mercosur, Paraguay sigue presumiblemente la línea brasileño-uruguaya, en tanto Venezuela, con su economía hecha trizas por la desastrosa administración chavista, ni siquiera está en la conversación. La decisión del cónclave bilateral en Brasilia trasciende la aceleración y eventual conclusión del TLC con Europa –pese a que la UE manifestó ayer a través de su embajador en Uruguay, Juan Fernández Trigo, que el objetivo es lograr un acuerdo con todo el Mercosur–, ya que la flexibilización acordada abre el camino para que los paí- ses puedan concertar acuerdos de libre comercio con otras naciones o agrupamientos sin necesidad del permiso unánime del Mercosur. Significa ampliar el ingreso a mercados externos por la exoneración de aranceles de importación, que paga Uruguay pero no lo hacen las naciones que integran pactos de ese tipo. La perspectiva es de enorme importancia para Uruguay. Pero es vital para Brasil. La mayor potencia latinoamericana está sometida a un duro ajuste fiscal para contrarrestar la recesiva caída de actividad, en momentos en que aumentan la inflación y el desempleo y caen las exportaciones. Enfrenta incluso la perspectiva, impensable hasta hace poco tiempo, de perder el grado inversor de su deuda soberana. La situación uruguaya es mucho menos crítica que la de Brasil. Pero nuestro país enfrenta nubarrones en el futuro inmediato. La caída de ingresos por exportaciones fundamentales, como la carne, la soja, los lácteos y otros productos del agro, agrava el enlentecido crecimiento de la economía pese al fuerte consumo interno. Empresas extranjeras en los sectores automotriz y lácteo se están retirando del país por decaimiento de sus ventas regionales, especialmente a Brasil y Venezuela. Otras ya anuncian reducción de personal por menor actividad en la industria y la construcción, amenazando con aumento del desempleo. La posible conclusión del TLC en algunos meses ayudará, aunque no solucionará estos problemas. Pero abre el camino a encarar con mejores posibilidades un futuro que se presenta oscuro. Y, como otra consecuencia trascendente, termina con el mito de que naciones profundamente asimétricas y con intereses divergentes pueden integrarse, debilidad que está en la raíz del fracaso del Mercosur.

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