13 de septiembre de 2013 18:40 hs

En 2011 Pablo Bielli presentó Anónimos y mostró que había llegado a su madurez plena como artista, como fotógrafo que interviene las copias y las vuelve esenciales. Bielli se concentró en el alma de sus personajes y permitió que se asomara entre los chorros de pintura o el rasgado del metal o cualquiera de sus maneras de intervenir esa foto que ya había captado la intimidad del personaje y que ahora la pone en un flagrante primer plano. Anónimos produce una impresión intensa y duradera, como si el espectador tuviera el privilegio de escudriñar una dimensión prohibida.

Bielli combinaba esa intensidad extrema con sus series Urbanidades, en las que la figura humana dejaba paso al paisaje creado por el hombre: las urbanidades. Ahora este Anónimos, segundo álbum vuelve con baterías recargadas apuntando a la esencia. Sin embargo, ahora parecería que hay otra intención, tal como señala la escritora y gestora cultural Inés Bortagaray: “La intervención ahora se hace irreverente y el juego profundiza el gesto lúdico y el afán pictórico. Bielli juega a dotar a estos retratos de un universo fragantemente lozano (...) La geografía ha cambiado. El otoño trae una caminata presuntamente nevada. Ronda un misterio”.

Anónimos, segundo álbum es una serie itinerante que se inauguró en abril en la ciudad de Mercedes, pasó por Salto y Tacuarembó y estará hasta el 30 de setiembre en la Casa de la Cultura de la ciudad de Maldonado. El 31 de octubre llega a Montevideo, al Café Tribunales, frente a la plaza Cagancha.

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En cada una de las ciudades en las que expone, Bielli agrega un plus muy interesante: sale a la calle, elige una buena pared, pega una copia gigante de una de sus fotos, en un papel muy fino, de esos que se usan para las pegatinas, y la interviene in situ, ante la mirada de un público que siempre aparece para presenciar la transformación, y que muchas veces pregunta sobre la marcha del trabajo. (Un ejemplo de esa práctica aparece en la foto que ilustra esta página, tomada en Tacuarembó).

En esa ciudad una clase entera de escuela se sumó a la fiesta, con los niños sentados en la vereda y el artista hablando de lo que hace y de por qué lo hace como lo hace.

Las obras valen la pena. Bielli inventa destinos a personajes de los que nada sabe; son almas en blanco y negro que empiezan a estallar de color, de tiempo y de intención.

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