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Una tarde en una gallera en medio de la nada: así son las riñas de gallos

Las crueles peleas entre animales, entre la pasión, el orgullo y las apuestas

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28 de enero de 2019 a las 14:54

El lugar está a unos 30 kilómetros de Melo, cerca del pueblo de Isidoro Noblia, y desde lejos se puede ver una casona vieja. Antes de ella hay una portera donde todos -desde los apostadores hasta las personas que tienen gallos para pelear- dejan sus autos.

En la puerta hay dos hombres que hacen las veces de guardias de seguridad pero en realidad no solicitan nada específico para entrar, simplemente miran y abren la puerta. Allí hay un pasillo que lleva a un patio interno y es ahí donde se “juega el gran partido”. Casi como de película, ni bien se deja atrás la puerta principal, hay una mesa donde un cartel anuncia que se pueden hacer apuestas o inscribir a “la próxima promesa de las riñas”. El lugar está divido en tres partes: la puerta de ingreso, la mesa de inscripción y de apuestas y el ring.  

“Acá el gallo de riña vale más que una persona”, dice José a El Observador mientras mira a su gallo en la jaula. El animal tiene las piernas marcadas, entre músculo y músculo se le forman pequeñas canaletas que dan la impresión de que es más grande aún.

“Hay gente que deja entre $40.000 y $50.000 y se va sin nada”, cuenta la persona que se encarga de tomar las apuestas. Además aclara que hay apostadores que tienen gallos pero le hacen apuestas a otros, “ahí vos ves la confianza que se tienen”. El ruido del cacareo es como una cortina musical que no cesa en ningún momento, los gritos de aliento y las puertas de las jaulas que se abren y se cierran a cada instante también forman parte del ambiente.

José lleva un suero y un par de pastillas que le dará al animal antes de que entre a pelear. Se siente confiado, dice que no ha ganado una pelea en un mes pero que ya se “recuperó” y que está listo para ser el gran vencedor de la tarde.

La gran mayoría de las personas que llegaron a esta gallera son hombres mayores, algunos están acompañados por sus parejas pero a la hora de inscribir al gallo —en la misma mesa y con la misma persona que recauda las apuestas— van solos y hacen un comentario como “esta vuelta sí ganamos”. Y en ese momento, la chica que atiende se sonríe sabiendo que en el fondo es solo cacareo.

El ring es un círculo hecho de concreto que tiene alrededor una rejilla para que los espectadores se recuesten y puedan mirar las peleas. Entre las disputas hay un descanso de media hora, luego pasan los siguiente combatientes. Es por eliminación directa y al final de la jornada queda el que más peleas haya ganado.

En el techo, encima del lugar donde se pelea, hay una claraboya que ilumina pero poco, porque ese día no hay mucha luz natural. “Es complicado porque es un vicio, empezás de a poco pero cuando querés ver se te va más de la mitad del sueldo en el gallo”, cuenta José. Y específica que no son solos químicos lo que se le dan al animal, sino que también la ración y las inyecciones son especiales, además de que dependen del nivel de exigencia que tenga el pequeño luchador.

“Si no movés al gallo nunca, si no pelea nunca, pero le estás dando algo medio polenta, seguramente le dé un infarto o haga algún tipo de hemorragia pa dentro”, cuenta José. Su gallo, igual que el del resto, tiene en las patas pezuñas de hierro para que cada patada que dé sea agresiva y logre lastimar a su rival. Este accesorio es casero, aunque hay gente dentro del rubro que lo vende. En el caso de los medicamentos y la ración, algunos la compran en la frontera y otros —por un tema de confianza y de seguridad para el animal— lo hacen en el mismo departamento de Cerro Largo.  

El gallo de José, que no tiene nombre, está a punto de salir a luchar. “Más vale que gane porque me salió $400 inscribirlo y le aposté $2.000 arriba”, dice. Cuando el animal entra a pelear, hay una persona que toma la jaula, lo mira de arriba a abajo y se dispone a dejar la jaula en el piso para luego abrir la puerta y que empiece el “show”.

Los animales se enfrentan y comienzan a golpearse con sus patas, además de utilizar sus picos para morderse entre sí. Los aficionados gritan y alzan sus manos para dar apoyo a los luchadores. “Ese es mi loco viejo”, grita José pero en realidad sabe que está a punto de perder la plata de la apuesta y tirar a la basura la inscripción porque el animal está cansado y sangra por varios lugares de su cuerpo.

La contienda dura unos 25 minutos hasta que el luchador de José comienza a renguear.

Y, casi como un reflejo, el público estalla en un grito para felicitar al gallo, mientras atrás un par de hombres se dan la mano y abrazan: son los dueños del ganador. José va hasta el ring para tomar a su animal y así poder ponerle una especie de cintas en las piernas, para detener el sangrado. “Y bueno, se gana y se pierde en la vida pero lo que quedan son los momentos vividos”, reflexiona José, sesentón y con aspecto de hombre de campo.

Esa semana, él tendrá que volver a poner a punto a su animal para otra pelea. Es posible que regrese en poco tiempo pero a veces se complica. "La patrona me dice que gasto mucha plata en los bichos y me tengo que quedar en casa”, cuenta.

En las contiendas siguientes las escenas se repite. A medida que avanza la tarde, los dueños de los animales que ya lucharon se van y con ellos algún familiar o amigo que los acompañó. También los apostadores abandonan el lugar, algunos insultando porque esa tarde se van con los bolsillos vacíos.

Quizá a José la suerte le jugó una mala pasada porque, al final de la tarde, el gallo que le ganó la pelea fue el que resultó campeón. “Hubo $60.000 de apuestas porque en el ambiente era el que más chances tenía”, comenta la persona de la mesa de apuestas mientras junta sus cosas para irse.

El lugar queda vacío y los ganadores muestran un pequeño trofeo. El dueño del animal, que prefirió no decir su nombre, cuenta que estuvo esperando mucho por este momento. “Esto es como el automovilismo solo que, como es con animales, hay todo un tema a la vuelta”, dice, en referencia a las críticas por lo cruel de esta actividad ilegal pero instalada en buena parte del país. Y él, en vez de invertir en autos y motores, prefiere hacerlo en “Galán”, el gallo de riña ganador de ese sábado.

Sin penalización y sin denuncias

El diputado por el Partido Nacional, Gastón Cossia dijo a El Observador que una vieja ley aprobada durante la presidencia de José Batlle y Ordóñez penaba la pelea de gallos de riñas. No obstante, la ley de bienestar animal que está vigente hoy en día (18.471) no contiene ninguna sanción penal contra las peleas de este tipo. En 1912, cuando se aprobó la primera ley contra el maltrato animal que penaba los malos tratos en la vía pública y carreras de toros, entre otras, el Código Penal presentaba una sanción para los individuos que ejercieran cualquiera de estos delitos.

“Pero luego en 1933, ese Código Penal fue modificado y todo lo referente a estos aspectos fue dejado de lado. Es así que hasta el día de hoy en nuestro código no tenemos ni un renglón dedicado a penar la violencia o matanza contra los animales”, dijo Cossia.

En este sentido, el diputado dijo que el “gran error” que hubo cuando se aprobó la ley de bienestar animal fue crear un órgano como la Comisión de Tenencia Responsable y Bienestar Animal (Cotryba), que se encarga de controlar y fiscalizar las denuncias contra animales. Este organismo depende del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. “En todos los países civilizados del mundo, las autoridades como la policía pueden actuar de oficio ante un posible maltrato animal o pelea de gallos, pero acá esto no sucede porque Cotryba solo pena estos actos mediante la multa”, afirmó Cossia.

Según el nacionalista, el discurso y el modo de actuar de Cotryba se han centrado solo en aspectos como “las mordeduras de perros” cuando en realidad hay “un amplio espectro de animales que están siendo usados para actos ilícitos”. Como modo de ejemplo, el jerarca dijo que hace un tiempo se dio un femicidio donde el autor del crimen había matado a los animales de su víctima un mes antes: “Si para ese caso hubiera habido un castigo, el hombre no había cometido el crimen hacia la mujer”. Cossia dijo que Uruguay es uno de los pocos países del mundo en donde se sigue subestimando y minimizando el sufrimiento animal.

Por otro lado, Julio Pintos, gerente de Cotryba, dijo a El Observador que el organismo no ha recibido ninguna denuncia por casos de peleas de gallos de riñas: “Nosotros actuamos solo en caso de que se presente alguna denuncia”. De igual modo, Pintos dijo que las riñas de gallos son "un submundillo muy difícil de acceder”, y agregó que hay muchas personas que no “se animan o no quieren denunciar”.

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