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Rivalidad entre EEUU y China moldeará el siglo XXI

El creciente poder económico y político de Pekín le plantea grandes retos a Occidente

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15 de abril de 2018 a las 05:00

Por Martin Wolf - The Financial Times*

China es una superpotencia emergente. EEUU es la actual superpotencia. La posibilidad de que ocurran destructivos enfrentamientos entre los dos gigantes parece potencialmente ilimitada. Sin embargo, las dos potencias también están íntimamente entrelazadas. Si no mantienen relaciones razonablemente cooperativas, tienen la capacidad de causar estragos no sólo mutuos, sino a nivel mundial.

China es un rival de EEUU en dos dimensiones: poder e ideología. Esta combinación de atributos pudiera evocar el choque con las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría contra la Unión Soviética. China es, por supuesto, muy diferente. Pero también es potencialmente mucho más potente.

El creciente poder de China, tanto económico como político, es evidente. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), su producto interno bruto (PIB) per cápita en 2017 fue del 14 por ciento de los niveles de EEUU a precios de mercado y del 28 por ciento a paridad de poder adquisitivo (PPA), un aumento frente al 3 por ciento y al 8 por ciento, respectivamente, de 2000.

Sin embargo, dado que la población de China es más de cuatro veces mayor que la de EEUU, su PIB en 2017 fue del 62 por ciento de los niveles de EEUU a precios de mercado y del 119 por ciento a PPA.
Supongamos que, para 2040, China lograra un PIB relativo per cápita del 34 por ciento a precios de mercado y del 50 por ciento a PPA. Esto implicaría una desaceleración dramática de la tasa que está alcanzando (una caída de alrededor del 70 por ciento de la tasa desde 2000, a partir de 2023). La economía de China sería entonces casi dos veces más grande que la de EEUU a PPA y casi un 30 por ciento más grande a precios de mercado.

El punto de referencia del 34 por ciento que he elegido es el del Portugal actual. Es difícil imaginar que China, con sus vastos ahorros, su motivada población, sus enormes mercados y su gran determinación, no logre la relativa prosperidad de Portugal. Esto todavía lo dejaría mucho más pobre, en relación con EEUU, que Japón o que Corea del Sur, las economías del este asiático de rápido crecimiento del pasado.

El tamaño importa. Es bastante improbable que la economía global de China no termine siendo mucho más grande que la de EEUU, incluso si, en promedio, los individuos estadounidenses continúan siendo mucho más prósperos que los chinos. China ya es también un mercado de exportación más importante que EEUU para un sinnúmero de importantes países, particularmente en el este de Asia.

Inversión en tecnología

Además, China está gastando casi la misma proporción del PIB en investigación y desarrollo (I + D) que los principales países de altos ingresos. Éste es un impulsor de la innovación china, de la cual recientemente fui testigo durante una visita a la sede de Alibaba en Hangzhou. Y, lo que es más, la combinación de su tamaño económico con una tecnología en avance está convirtiendo a China en una potencia militar cada vez más formidable. EEUU puede quejarse al respecto. Pero no tiene el derecho moral para hacerlo. La autodefensa es un derecho de las naciones universalmente aceptado.

También lo es el derecho a desarrollarse. EEUU puede refunfuñar cuanto quiera acerca del robo chino de la propiedad intelectual. Pero toda nación que ha luchado por lograr la convergencia económica, incluyendo sin duda a EEUU en el siglo XIX, ha aprovechado las ideas de los demás y las ha desarrollado.

La idea de que la propiedad intelectual es sacrosanta también es errónea. La innovación es la que es sacrosanta. Los derechos de propiedad intelectual ayudan y perjudican ese esfuerzo. Se debe lograr un equilibrio entre los derechos que son demasiado estrictos y los que son demasiado permisivos. EEUU puede intentar proteger su propiedad intelectual. Pero cualquier idea que afirme que EEUU tiene el derecho de –o puede– impedir que China innove en la creación de su camino hacia la prosperidad, es una locura.

China también es un contendiente ideológico de EEUU en dos dimensiones. Tiene lo que pudiera llamarse una economía de mercado planificada. También cuenta con un sistema político antidemocrático. Desafortunadamente, los recientes fracasos de economías de altos ingresos del mercado libre han aumentado el brillo de la primera dimensión. La elección de Donald Trump, un admirador del despotismo, ha fortalecido el atractivo de la segunda.

EEUU –alguna vez se habría dicho– también tiene el beneficio de contar con aliados poderosos y comprometidos. Desafortunadamente, el Sr. Trump está librando una guerra económica en contra de ellos. Si la decisión de atacar a Corea del Norte condujera a la devastación de Seúl y de Tokio, las alianzas militares estadounidenses llegarían a su fin. Una alianza tampoco puede ser un pacto suicida.

Guerra de poder

Gestionar la competencia entre estas dos superpotencias va a ser difícil. Graham Allison, de la Universidad de Harvard, es fatalista en su libro Destined For War (Destinado a la guerra), en el cual expresa que el conflicto entre el poder en ascenso y el poder actual es casi inevitable. Una 'guerra caliente' entre las potencias nucleares pudiera parecer relativamente improbable.

Pero la fricción a gran escala y, por lo tanto, el final de la cooperación necesaria en las relaciones económicas sí parece probable. No está claro cómo pueden resolverse los actuales conflictos en materia de comercio. La cooperación en relación con la gestión de los bienes comunes globales ya se ha derrumbado, dado el rechazo de la administración Trump de la idea misma del cambio climático.

El futuro de China depende de China. Pero las relaciones del Occidente con China dependen de él. EEUU está en lo correcto al insistir en que China cumpla con sus compromisos. Pero EEUU y el resto del Occidente también deben hacerlo. China no se sentirá obligada a cumplir con las reglas acordadas cuando cualquier país que trate estas reglas con desprecio lo presione. China, en cualquier caso, no representa la verdadera amenaza. Esa relación seguramente se puede controlar.

La amenaza es la decadencia del Occidente, incluyendo a EEUU: la prevalencia de la extracción de rentas como una forma de vida económica; la indiferencia ante el destino de gran parte de su ciudadanía; el papel corruptor del dinero en la política; la indiferencia ante la verdad; y el sacrificio de la inversión a largo plazo por el consumo privado y público.

De hecho, es una tragedia que la mejor manera que pudimos encontrar para escapar de una crisis financiera fue a través de políticas monetarias que corrían el riesgo de promover nuevas burbujas. Podemos ser mejores que esto.

El Occidente puede y debe vivir con una China en ascenso. Pero debiera hacerlo siendo fiel a los mejores instintos de su propia naturaleza. Si ha de lidiar con este giro de la rueda de la historia, tiene que mirarse a sí mismo.

*©The Financial Times Ltd, 2014. Todos los derechos reservados. Este contenido no debe ser copiado, redistribuido o modificado de manera alguna.
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