Espectáculos y Cultura > Crónica del show

Roger Waters en Montevideo: música, política y el show más grande que se haya visto

La oportunidad de escuchar las canciones fundamentales de Pink Floyd fue la excusa para un espectáculo masivo e inmersivo

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04 de noviembre de 2018 a las 14:02

El profesor de guitarra me pasa tres hojas. Todavía soy un alumno novato, pero ya puedo tocar canciones completas. Miro el encabezado de la primera página de la tablatura, que dice, en negrita: Wish you were here, y un poco más abajo, Pink Floyd.

Me acomodo la guitarra y empiezo a replicar lo que dice la hoja. Más allá de la torpe versión, me interesa lo que suena. El profesor pregunta:
- ¿Alguna vez escuchaste Pink Floyd?
- No, respondo.

Se gira hacia una radio, uno de los “huevitos” que eran omnipresentes hace unos años, y le da play al CD que está adentro. Y empieza a sonar la canción.

Estadio Centenario, diez años después. Las mismas notas fluyen desde los parlantes del escenario sobre el que Roger Waters toca junto a su banda. Guardo el profesionalismo y la seriedad en un bolsillo de la campera y me sumo a la multitud que corea: How I wish, how I wish you were here. Algo se me mueve en el estómago, sube hasta la garganta y queda ahí, apretando. Los ojos se nublan. No lloro, pero casi.

No puedo decir que sea un gran fanático de Pink Floyd. No me obsesiona ni me apasiona como otras bandas. No soy de ese grupo, que hoy son en su mayoría veteranos melenudos canosos, que creen que el rock progresivo fue el pico máximo de la música, y que todo lo que pasó antes y después, con honrosas excepciones, es un pedazo de bosta. Nunca tuve una remera, un disco, o un vinilo de la banda.  Pero hay canciones que son tan buenas, poderosas, memorables y sublimes que no necesitan de fanatismos para emocionar. Y Pink Floyd (y por extensión, Roger Waters, compositor de buena parte de ellas, y coautor de otras) tiene unas cuantas.

Pink Floyd tiene una cualidad extraña en su forma de difusión. Es una especie de herencia familiar. Un hijo que le pregunta a su padre que es esa música que escucha los fines de semana en su viejo disco de vinilo que tiene una tapa negra con un triángulo blanco y unas líneas de colores. Un hermano menor que un día es convocado por su hermano mayor a su cuarto, donde le hace escuchar Animals. Los primos que fueron juntos a ver The Wall en su estreno en el cine Metro en 1984.

Ayer se notaba que un buen número de integrantes del público tenían esa relación familiar. Algunos de los jóvenes incluso portaban las gastadas remeras seguramente heredadas de una generación mayor. Otros fueron solos, gastando pequeñas fortunas, a escuchar a una banda que marcó sus vidas. Otros, músicos locales, fueron a apreciar a un artista que de forma más o menos directa, los influyó. Cada uno tenía su historia y sus razones para estar ahí, pero la conexión era la música.

Ayer, unos 40.000 espectadores fueron en realidad a ver a Pink Floyd, o al menos una de las versiones más cercanas disponibles del disuelto grupo inglés. Siendo honestos, pocos fueron a escuchar las canciones solistas de Waters (que sin embargo, no desentonan con los viejos clásicos, y que incluso fueron cantadas por parte del público, algo que el bajista británico destacó en una de sus escasas interacciones con la audiencia). Si bien es posible y correcto argumentar que David Gilmour fue tan fundamental como él, Waters es Pink Floyd. Su carrera solista no fue tan prolífica y cargada de hits como la de, por mencionar un ejemplo de alguien que haya pasado por Uruguay, Paul McCartney.

Waters debe ser consciente de eso, y por eso de 20 canciones que sonaron el sábado, solo 4 pertenecen a su etapa solista. En concreto, a su disco de 2017 Is this the life we really want?, la excusa de esta gira que a sus 75 años, lo trajo a Montevideo por primera vez.

El día que los chanchos volaron

Lo de anoche no fue un show musical. Fue una experiencia. Fue algo monumental y épico, algo glorioso que pegó en ojos, oídos y corazón. Este año Montevideo recibió otras experiencias musicales inmensas, como las de David Byrne y Nick Cave, pero lo que ofreció Waters tuvo un envoltorio y una presentación monumentales, que hasta ahora nunca se habían visto.

Una pantalla de impecable definición que abarcaba todo el ancho del campo del Centenario dominaba el escenario. Bajo ella, entre un armazón de luces y parlantes (que hay que decirlo, si uno estaba en un lateral, obstaculizaban algo de vista), la banda. Y por todas partes un despliegue de audio envolvente: columnas de parlantes en las tres tribunas habilitadas, otros en el campo y los que estaban sobre el escenario conformaban un set de sonido surround que iba de un lado a otro y le dieron una escala cinematográfica e inmersiva al espectáculo. 

Sobre el escenario, Waters ejerció como frontman, pegando patadas en el pecho con su bajo, como sucedió en One of this days, o caminando hasta las esquinas de su plataforma para cantar con el público, arengar y levantar los puños cerrados en gesto combativo, un gesto repetido por algunos fans. Rodeado por una prístina banda (con destaque especial para el guitarrista y cantante Jonathan Wilson y las coristas Jess Wolfe y Holly Laessig, que brillaron en The great gig in the sky.

Waters no canta demasiado, y su voz, que nunca fue grandiosa, está envejecida y rasposa, pero sus creaciones sonaron impecables anoche y su rol no es el de cantante tradicional. Aunque no se puede negar que el talento, la capacidad de comunicar y su agilidad están intactas, considerando que el show dura unas dos horas y media. Comenzó a las 21 horas con la proyección de un video, veinte minutos después empezó la música, y con una pausa de 20 minutos en el medio, el show se extendió hasta la medianoche.

Como es habitual, el público local, salvo una minoría, se quedó sentadito en su lugar, mientras Waters y compañía se rockeaban todo arriba del escenario. Solo en momentos puntuales la audiencia total se puso de pie. Y momentos no faltaron.
 

 
 
 
 
 

La interpretación de Wish you were here fue uno. El ingreso de los niños del coro Giraluna, vestidos como prisioneros de Guantánamo, capuchas incluidas, que se quitaron para cantar Another Brick in the Wall, part 2 (en realidad el coro estaba grabado, pero los niños aportaban un elemento más tangible a la interpretación), fue otro. O la aparición desde atrás de la pantalla de cuatro chimeneas que vomitaban humo, acompañadas por un cerdo volador recreando la tapa de Animals. O la de una versión más grande de ese chancho, Algie, con la inscripción bilingüe Stay Human/Sean Humanos, y la realización con láser de la tapa de Dark Side of The Moon en el final del show, siempre rodeados de forma excelente con las canciones más populares de Pink Floyd.

Un acto político

Llamó algo la atención cómo en la previa del show, algunos uruguayos se sorprendían y ofuscaban al ver que Waters opinaba sobre política, y que exponía abiertamente su posición sobre distintos temas, algo que ha hecho desde hace décadas.

Y lo de anoche, además de ser un espectáculo musical y audiovisual, fue también un acto político. Las canciones tienen años, pero los objetivos a los que pegan no desaparecen. Solo cambian de nombre. “Me sorprende un poco que cualquiera que haya escuchado mis canciones durante 50 años no entienda”, dijo Waters al ser criticado por atacar a figuras como Donald Trump, Vladimir Putin, Theresa May, Benjamin Netanyahu y otros políticos y figuras actuales.

El gran tema del show es, además de la crítica a los políticos de derecha y extrema derecha, la libertad y también la inmigración. De hecho, el nombre de la gira no solo viene del tema Us and Them del Dark Side of the Moon, sino también de una expresión de Barack Obama, que dijo que la política migratoria no podía ser pensada en términos de “ellos y nosotros”.

En el intermedio, luego de Another brick in the Wall, las pantallas invitaban a resistir. Al avance del neo-fascismo (con la expresión “punto de vista censurado” tapando su mención a Jair Bolsonaro), a los grandes millonarios de internet, en particular al “gran hermano”, Mark Zuckerberg -un reclamo difícil de cumplir, considerando los múltiples posteos en redes sociales que dejó el show-, a los crímenes de guerra, al antisemitismo, y a los ataques a los derechos humanos. De todas formas, los aplausos más grandes de esta parte se los llevaron las menciones al neo fascismo y a la militarización de las fuerzas policiales.

Sobre el final del show, Waters, que poco había hablado, dio su gran discurso. Contó que el video de su charla del jueves en la sede del PIT-CNT, en apoyo a la campaña Boicot, desinversiones y sanciones, en apoyo a la causa palestina, fue bajada de Youtube.

Tras criticar a los grandes nombres de internet (Facebook, Google) por impedir la libertad de expresión, reiteró su apoyo a Palestina (había algunas banderas en el sector VIP), a la defensa de los Derechos Humanos, y a la no discriminación. Concluyó calzándose la remera negra de Todos somos familiares, la campaña por la búsqueda de los detenidos desaparecidos de la dictadura militar, y contó que se la habían regalado en la sede sindical. Aunque allí tuvo una pequeña confusión conceptual, ya que además refirió a los reclamos de los descendientes de indígenas, respaldando su lucha.

Por encima de la política, que siempre tiñó las canciones de Waters -y por tanto, de Pink Floyd – mandó la música. Ayer se vio otra cosa. Algo nunca visto por estas tierras. Lo sintieron los padres que fueron con sus hijos, los hermanos que acompañaron a hermanos, los que fueron solos porque no se podían perder esa experiencia. Fue un viaje astral. Épico.

Fue de otra galaxia.

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