25 de julio de 2012 22:57 hs

El tema está laudado y dio que hablar hasta el hartazgo, sin embargo, a pocas horas de la ceremonia inaugural de Londres 2012 quiero dejar marcada mi posición porque considero que el Comité Olímpico Uruguayo no hizo una buena elección en torno al abanderado que portará el Pabellón Nacional en el desfile que se desarrollará el viernes a partir de la hora 17 de Uruguay.

Nadie puede discutir el valor del elegido, el remero Rodolfo Collazo, un ejemplo para el deporte, que va por sus terceros Juegos Olímpicos. Tampoco, que los dirigentes del Comité Olímpico siempre ponderan del deportista distinguido los aspectos que destacan al olimpismo, dedicación, sacrificio, ejemplo de vida y modelo deportivo. Hasta ahí puedo compartir todo con las autoridades que tomaron la decisión.

No obstante, es necesario establecer que en cualquier parte del mundo -y quedó demostrado aquí en Londres una vez más-, el fútbol puede ser como cualquier deporte e incluso hasta de menor jerarquía, pero en Uruguay el fútbol es el fútbol y no hay disciplina ni deportista que pueda siquiera acercarse a ese pedestal.

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La prueba de la significación que tiene el fútbol en Uruguay, más allá de intereses comerciales que puedan mover a algunos periodistas o medios, es que de los 20 comunicadores que llegaron a Londres 2012, 19 van atrás del fútbol. Que la actividad que promocionan hasta el hartazgo los canales de televisión de deportistas uruguayos en los Juegos es el fútbol. Que el jueves, en el estreno de los celestes, la disciplina que deja a un país pendiente de un resultado deportivo es el fútbol. Que de lo que habla la gente es de fútbol.

El abanderado debió ser un futbolista, como querían Maglione, Ney Castillo y Noveri, y el nombre a elegir el de Luis Suárez, la imagen que en cualquier parte del mundo identifica a Uruguay y que le hubiera brindado un plus al desfile en el Estadio Olímpico de una delegación reducida, aunque no menor a la de otros años pero pequeña al fin. Considero que debió ser Suárez independientemente del episodio con Evrá.

Respeto los valores olímpicos y los ensalzo, porque sin dudas le dan otro sentido al deporte, competitivo como siempre pero en un ambiente de sana convivencia, que los futbolistas uruguayos están comprobando en carne propia en el hotel en el que comparten la “mini” Villa Olímpica con otras tres selecciones y que se pueden constatar en pequeños detalles como los partidos de ping pong que juegan los futbolistas celestes contra los de Senegal a pocas horas del partido, o las charlas de Suárez y Coates con sus colegas ingleses como si la rivalidad se minimizar, al contrario de lo que se potencia en otras competencias organizadas fuera de la órbita del Comité Olímpico Internacional.

Pero no por eso tengo que mirarme el ombligo, como lo hicieron 10 de los 13 dirigentes del Comité Olímpico Uruguayo que eligieron el abanderado.

Si esta situación se hubiera planteado hace cinco años, cuando el fútbol estaba desorganizado, no tenía la admiración y respeto en el hincha que en la actualidad, aunque el fútbol estuviera en los Juegos tal vez aceptaría la designación de cualquier otro atleta, mucho más en el caso de uno que va por sus tercera competencia olímpica, pero en este momento en el que Uruguay solo respira fútbol, los dirigentes pegaron en la herradura, se miraron el ombligo, defendieron su chacrita de los deportes menores y le dieron la espalda al sentimiento de los uruguayos.

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