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20 de julio de 2011 1:29 hs

El uruguayo… ciudadano del mundo, buscavida, defensor a ultranza de sus cosas. Mire, no hay lugar en el mundo al que usted vaya y en el que no se encuentre con un charrúa. Pero a cualquiera. Tome un mapa, apunte con el dedo para cualquier lado y ahí encontrará a un uruguayo.

Las circunstancias de la vida lo llevaron a hacer las valijas y salir. Atrás quedó el asado, el vino, el mate y los amigos. La torta frita y, como dice el Negro Rada en suna de sus canciones, chistarle al guarda. Esas son cosas de las que usted que está afuera tomando contacto con esta publicación sabe y conoce el sentimiento que le provoca. Es único, es uruguayo.

Por eso, lugar donde vaya la selección, siempre encontrará una banderita cargada de nostalgia. Un ciudadano desesperado por encontrarse con uno de su palo para empaparse de la rambla, de 18, del boliche, de la esquina.

Acá estamos cerca y solo cruzamos el charco, como se dice habitualmente. Pero créame que los que viven de este lado y los que vienen de aquel viven esto de una forma especial.

Cómo explicar lo que generó el equipo de Tabárez. Es difícil. Si hasta hace unos años a la selección se la asociaba con otras cosas que generaban bronca. Pero esta generación provocó un quiebre.

Vale recordar el Mundial de Sudáfrica 2010. Nadie invitó a la gente a salir a la calle. Salía sola, de manera espontánea ante cada triunfo. Esto es nuevo, es patrimonio exclusivo de esta selección. Antes a la gente no se le movió un pelo con la celeste. Ahora hay una especie de señal de agradecimiento. Y en la Copa América se fueron viviendo situaciones particulares.

El partido de San Juan, en la primera fecha, quedó lejos. Pero con el paso de los juegos y los triunfos hicieron hervir la sangre de la gente. Entonces no importó lluvia, frío y el dinero en el bolsillo. Aquí hay gente que se mandó con lo que tenía. Ayer en el hotel de la celeste había tres muchachos que llegaron de madrugada entonces estaban averiguando cómo llegar y volver de La Plata porque a las tres de la mañana tenían que regresar a Uruguay. No tiene explicación.

Evidentemente hay cosas que ni el dinero puede comprar. Mucha de esta gente que embanderó el Único de la Plata y que luchó a puro canto contra las infernales bocinas peruanas que fueron un martirio, estuvo empujada por el sentimiento. Capaz que sin dinero, capaz que apretando, de pronto metiendo tarjeta. Pero estuvo para empujar al equipo.

El jugador lo tiene claro. Entonces hay una especie de comunión. Un pacto que no está escrito pero que se respeta. No hay día en el que no salga un jugador a la puerta a firmar una bandera o tomarse una foto. Un hecho que se le critica a los argentinos que le dieron vuelta la cara a la gente.

Anoche había miles de peruanos en las tribunas pero fueron superados por la invasión de uruguayos que volvieron a copar La Plata.

Sabe lo que debe haber significado para los jugadores escuchar el himno y ver a su alrededor miles de banderas blancas y azules con el sol. Debe ser un momento único.

Claro, en la concentración previa, en el fragor de la lucha, ninguno de ellos puede contar con ese instante de pausa para ponerse a pensar lo que generaron en la gente. Es que no tiene explicación.

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