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Ser vecino de Los Chingas: "Tenemos que cerrar el pico, porque, si no, nos echan a la miércoles"

Un vecino de Casavalle contó las dificultades que atraviesa su familia y el miedo que les da vivir a pocos metros de una de las bases de la banda de Los Chingas, que disputa el poder en el barrio

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16 de marzo de 2018 a las 05:00

Desde hace poco más de una semana, Mario y su familia duermen en el suelo, en el comedor de su vivienda. El temor a una bala perdida, como la que hirió de gravedad a un niño de 12 años este miércoles en la puerta de la escuela 312, obligó a Mario y a su esposa a tirar los colchones al piso y dormir apretados con sus hijos. Y así los encontró la policía cuando tocó a la puerta a las 5.30 de la madrugada de este jueves para allanar su vivienda en busca de los responsables de la tragedia.

Los disparos en los alrededores de la plaza Casavalle son cosa de todos los días, dice Mario. Cuenta que cuando su hijo Santiago, de 2 años, escucha los estruendos, llora, comienza a apretar sus manos, pide que lo abracen. "Sentimos que ya no respetan a nadie, y la gran mayoría de los vecinos tenemos que cerrar el pico, porque, si no, nos echan a la miércoles", afirma. Hace un silencio y luego agrega: "La verdad es que no sé hasta dónde puedo hablar y qué consecuencias puede tener, porque tampoco sé qué protección tengo".

La Seccional 17 de Policía está al otro lado de bulevar Aparicio Saravia, exactamente frente a donde Mario, con sus hijos Andrés y Tomás, esperan ahora el ómnibus para ir a la escuela. Pero del otro lado de la plaza, en un conjunto de viviendas de dos pisos y bien pintadas, también viven algunos integrantes de Los Chingas, la banda de narcotraficantes que tiene como práctica estratégica desalojar a familias de sus casas para utilizarlas como base de operaciones. Cerca de 110 personas fueron echadas de sus casas en un año.

"Es al revés", dice Andrés, con una sonrisa juguetona, y señala a la comisaría. "Ellos les tienen miedo a Los Chingas", y apunta luego a la vereda de la calle Unidad Casavalle, que sube por uno de los laterales de la plaza.

"Yo tengo miedo, pero a esta altura hay cosas que no me tocan", dice Mario y mira el reloj, preocupado porque aún no pasó el ómnibus, y teme que el operativo del Ministerio del Interior que comenzó este miércoles aún esté afectando la normal frecuencia de los ómnibus. "Pero si a ellos les pasa algo, yo me vuelvo delincuente, porque voy a salir a matar a quien sea que les haya hecho daño", dice.

Para no llegar a ese extremo, Andrés y Tomás saben muy bien que no pueden salir a jugar en las hamacas de la plaza, ni con la pelota en la vereda, pese a que ambos quieren ser futbolistas de grandes. Por eso, no tienen dudas de que quieren mudarse. Cuando se les pregunta adónde, Andrés no vacila: "Muy lejos de aquí".

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A Mario no le faltan ganas, pero no se trata de voluntad: "Si tuviera el poder adquisitivo para irme, me iría... ¿Pero quién me compraría la casa?", se pregunta. Y los hijos, que por momentos parecen distraerse y jugar entre ellos, responden al unísono: "¡Nadie!". Luego se ríen.

La vivienda en la que viven es una pequeña construcción de cemento. "Y el que me la comprara –sigue Mario– me daría $ 60 mil, ¿y con esa plata adónde voy?". Mira la hora: 12.50, sigue sin pasar el ómnibus. "Con esa plata podía alquilar por seis meses un apartamento, ¿y después? ¿Con la jubilación que tengo, qué hago?".

Una moto muy ruidosa, que pasa a toda velocidad por Aparicio Saravia, interrumpe su voz. Luego, un vecino dobla en la esquina en su bicicleta y le grita: "Vamo' arriba, ñery". Mario saluda y retoma: "Los delincuentes de ahí –dice señalando a las viviendas de dos pisos– tienen camionetas 4X4, mientras yo me rompí el alma para tener mi auto, por el que pagué $ 45 mil. Vos los ves a ellos, que andan con dirección hidráulica, y yo tengo que hacer una fuerza bárbara para maniobrar", cuenta y se ríe él también, por primera vez.

Los niños vuelven a interesarse en la conversación, y empiezan a enumerar las marcas de autos que estacionan todos los días en lo de Los Chingas: "Tienen un Fiat", recuerda Tomás. "Un Hyundai, como ese de último modelo de ahí, ¡y un Nissan!", completa su hermano.

El esfuerzo en emprender el camino honrado, en comparación a las facilidades que parece ofrecer la delincuencia, no es algo que le preocupe a Mario cuando piensa en el futuro de sus hijos. "Nosotros les damos la educación, dentro de lo pobre, y ellos saben lo que está bien y lo que está mal. Después, cuando cumplan 18 años, si se tuercen es problema de ellos. Pero en toda una vida de vivir acá yo tuve la posibilidad de drogarme o ser delincuente, y mi madre siempre me dijo que o estudiaba o trabajaba", dice el vecino. Un perro callejero, de color beige, dormita sobre el pasto en la plaza hasta que Andrés lo despierta: "Vení", le grita. El perro bosteza y se acerca trotando. Cuando llega, pone sus patas sobre el pecho de Andrés , y el niño lo abraza. "Él me defiende", dice, y vuelve a abrazarlo. Fue una despedida, porque ya son las 13 y por fin llegó el ómnibus.

(Los nombres de los protagonistas de esta historia fueron modificados para preservar su identidad)

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