En alguna oportunidad se definió a sí mismo como un “perro verde” porque se consideraba un raro entre sus pares; hoy es uno de los políticos más populares y genera devoción entre sus seguidores aunque no tantos votos como los que se esperaba.
Alguna vez consumió drogas con regularidad y reconoció ser un mantenido por su padre, elexpresidente Luis Alberto Lacalle Herrera, quien le pasó una mensualidad hasta bien entrados los 20 años. Ahora está al frente de una familia con tres hijos a cargo, practica reiki y su esposa le suministra flores de Bach.
En 1999 se reconocía como un “peón político” de su madre, Julia Pou, quien le dio la mano para que pudiera llegar a la Cámara de Diputados a los 26 años. A los 41 años puede decir que a él le corresponde el principal esfuerzo y las virtudes con las que le ganó la interna nacionalista a Jorge Larrañaga y con las que se prepara para el último tirón de una muy dificil batalla para sacar a la izquierda del poder.
Aunque suele decir que sus aspiraciones políticas siempre tienen como meta el mejor resultado posible –es decir, la victoria–, cuando empezó su pugna interna contra Larrañaga sabía que el camino no era fácil. “Si perdemos 55 a 45 no es un mal resultado”, comentó entonces entre sus allegados.
A medida que pasó el tiempo fue el principal augur de su victoria, aunque tenía a todas las encuestadoras en contra. Y cuando ganó la interna reconoció entre los suyos que Tabaré Vázquez era el favorito para quedarse con el gobierno.
Pero, a poco de andar, se dio cuenta de que este objetivo era posible. Y se aferró al eslogan “por la positiva” como si fuera un mantra con el que seguirá de largo a menos que los próximos días lo obliguen a aumentar la presión sobre el oficialismo. A partir del resultado de las elecciones de ayer domingo, Lacalle Pou parece no tener ya casi nada para perder. Los blancos votaron mas o menos dentro de lo previsto y los que se defondaron fueron los colorados.
En los días que restan, Lacalle Pou será observado con una lupa enorme por parte de los dirigentes frenteamplistas y no solo tiene como meta no cometer grandes equivocaciones. También está obligado a transmitirles a los votantes que sus 41 años y su escasa experiencia de gobierno –tres legislaturas como diputado– le alcanzan para gobernar un país que viene marcado con 10 años del sello distintivo de la izquierda. Pero, aunque pierda con Vázquez, a Lacalle Pou le queda por delante la tarea nada menor de mantenerse a la cabeza de las fuerzas opositoras y de mantener cohesionado su partido, para lo cual no podrá prescindir de Jorge Larrañaga, el líder del ala wilsonista.
Lo que es innegable es que la vida de Lacalle Pou ha pegado un vuelco inesperado que lo involucra a él, a su entorno más cercano y a toda la sociedad, en tanto su palabra ha cobrado un alcance que no tenía. Poco antes de las internas, Lacalle Pou había programado todos sus movimientos, los caseros y los políticos, para lanzar su candidatura presidencial en las elecciones de 2019. Los hechos se precipitaron y, con ellos, cambió la rutina diaria de su propia familia –su esposa Lorena Ponce de León tuvo que involucrarse en la campaña– y generó un fenómeno social que los semiólogos y sociólogos emparentan con el que provoca una estrella pop.
Aunque dice que la campaña electoral no le provoca taquicardia ni se muestra demasiado eufórico en público, hay noches en las que no duerme pensando en las cosas de las que se tiene que hacer cargo en el porvenir.
Aquel “perro verde” crecido en Carrasco sigue ejerciendo un estilo descontracturado, bastante raro en la política uruguaya pre José Mujica. Pero a veces no tiene más remedio que ponerse corbata porque mucha gente confía más en el traje que en las camisas abiertas. Y su desafío futuro es dar una talla presidencial. Cuánto de su desparpajo original va dejando por el camino es algo que se irá sabiendo a lo largo de un noviembre en el que se jugarán muchas cosas serias.