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Solaris (1972), de Andrei Tarkovsky, fue dada de baja de la programación de un festival en Andalucía por "la delicada situación mundial"

Espectáculos y Cultura > Boicot

¿Sirve de algo cancelar el arte y la cultura rusa por la invasión a Ucrania?

Desde que comenzó la invasión de Putin, numerosas expresiones culturales rusas fueron canceladas o boicoteadas en occidente; para muchos, esta herramienta no sirve de nada e incluso refuerza la postura polarizada

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08 de marzo de 2022 a las 05:03

Los coletazos de la guerra son imprevisibles. La tragedia humana y el daño material son las consecuencias obvias, las que están a la vista, pero el surco dejado por la barbarie no suele terminar allí. En los últimos días, ya con la invasión rusa a Ucrania bien posicionada en la agenda mundial, una contraofensiva occidental empezó a mover la aguja y a generar reacciones paralelas: se trata de la cancelación o boicot a la cultura y el arte de origen ruso.

Mientras que varios han tachado la oleada cancelatoria como una expresión xenófoba o rusofóbica que no tiene ningún tipo de fundamento o repercusión en las intenciones bélicas de Vladimir Putin, otros le han dado el visto bueno y se han plegado a una serie de movidas que, en varios casos, oscilan entre situaciones entendibles y paradojas ridículas.

No está claro dónde está el punto de partida, pero se puede comenzar a contar a partir de la decisión de la Unión Europea de no permitir las emisiones del canal Russia Today en su territorio, así como la información divulgada por la agencia Sputnik. Este contragolpe mediático luego fue reafirmado por medios respetados del continente, entre ellos la BBC, Bloomberg, la agencia EFE, RTVE, la RAI, El País de Madrid y hasta la guía Michelin, que dejaron de estar disponibles en territorio ruso. Del otro lado, el gobierno de Putin dio de baja varios medios que, según ellos, “conspiraban” contra los intereses de la nación. Además, bloqueó el acceso a Facebook y Twitter, y TikTok decidió dejar de estar a disposición de los usuarios rusos. 

En medio de esa guerra mediática, la guerra cultural también tomó su lugar.

Una de las primeras acciones contra las expresiones artísticas rusas que se tomaron fue de parte de la Filarmónica de Múnich, que despidió a su director de orquesta ruso, Valery Gregiev, por su filiación con el Kremlin y por no condenar la invasión.

Más tarde, los organizadores del Festival de la Canción de Eurovisión dijeron que no permitirán que Rusia participe en la edición de este año, y varias bandas de gira en Rusia, como Green Day o Franz Ferdinand, anunciaron que las cancelarían. 

El Bolshoi, una de las compañías de ballet más aclamadas del mundo y que depende del gobierno ruso, también recibió los golpes del boicot. Tanto la Metropolitan Opera House de Nueva York, como la Ópera de París, el Teatro Real de Madrid y otras salas europeas, tomaron la decisión de no contratar a la compañía y a artistas pro Putin, entre ellos a la soprano Anna Netrebko. En Londres, en tanto, también se anuló la representación del Bolshoi. 

El ballet del Bolshoi no se presentará en ninguno de los grandes escenarios europeos como tenía previsto

El miércoles pasado, el boicot llegó al cine. Desde Hollywood, los estudios de Disney, Paramount, Sony y Warner decidieron cancelar sus estrenos en salas rusas de manera indefinida. La movida, de todas formas, no les hará perder demasiado dinero; Rusia es un mercado mediano para los intereses de la industria, y no se compara con, por ejemplo, China, el mayor mercado del mundo. ¿Hollywood se animará a cancelar los estrenos en el gigante asiático si este país mantiene su apoyo a Putin hasta las últimas consencuencias? 

En el mundo del cine, el Festival de Cannes también se plegó a la cancelación. "Hemos decidido, excepto que se detenga la guerra de agresión en condiciones satisfactorias para el pueblo ucraniano, de no acoger a las delegaciones oficiales procedentes de Rusia ni aceptar la presencia de ninguna instancia relacionada con el gobierno ruso", informó el principal festival del mundo, cuya próxima edición se celebrará entre el 17 y el 28 de mayo.

En el mismo rubro, Netflix aseguró que suspendió su servicio en Rusia para protestar contra la invasión. La plataforma tiene menos de un millón de suscriptores en el país, por lo que el movimiento tampoco impacta demasiado en sus arcas. Lo mismo hizo Spotify, la plataforma de streaming de música, que no permitirá a los usuarios en Rusia acceder al servicio premium.

Pero hay más; ferias del libro en Europa habilitan la participación de autores y libros rusos, siempre y cuando no toque temáticas que atenten contra la paz; algunos festivales de cine, como el de Glasgow, remueven de su programa películas rusas por estar financiadas con fondos públicos; la Universidad Milano-Bicocca, en Italia, amagó con cancelar un curso sobre Fiódor Dostoyevski y, antes las protestas, decidió finalmente habilitarlo; la Filmoteca de Andalucía anuló una proyección de la película Solaris, del cineasta Andrei Tarkovsky, en el marco de un ciclo en honor al escritor polaco Stanislaw Lem, y la sustituyó por el remake del estadounidense Steven Soderbergh de 2002.

Andrei Tarkovsky

El caso de Solaris es, justamente, el que ilustra una de las paradojas de la cancelación a las obras culturales rusas. Si bien esa película de Tarkovsky fue producida por la Unión Soviética —esa fue la excusa, sumado al mensaje: “Debido a la delicada situación mundial se ha considerado oportuno y prudente retrasar la proyección de la mencionada película”—, el autor de Stalker y El sacrificio fue perseguido durante muchos años por el gobierno de su país, al punto de que tuvo que filmar varias de sus películas en Italia o Suecia.

Con esta información a cuestas, son varios los artistas y miembros del mapa de la cultura occidental que han criticado o cuestionado la postura de boicotear de esta manera las producciones artísticas rusas. La escritora argentina Ariana Harwicz, por ejemplo, escribió lo siguiente en su cuenta de Twitter: “Orquestas desprograman a Tchaikovsky. La Fundación Vuitton baja cuadros de Mikhaïl e Ivan Morozov, festivales de teatro sacan a Chéjov, el de Cannes boicotea films. El arte vaciado de su poder de disidencia, el arte como verdugo, al servicio de la peste de la emoción.”

Luego agregó: “En el momento en que un intelectual, periodista, escritor, cede al pensamiento único, se niega histéricamente a tratar de entender el punto de vista del otro (aún enemigo, sobre todo enemigo) en ese rechazo a querer saber, deja de ser un intelectual, un periodista, o un escritor.”

Por su parte el autor mexicano Emiliano Monge relató en sus redes que fue invitado por algunas personas a renunciar a la lectura de autores rusos, y a manifestarlo de manera pública. “Cómo explicarle a ochenta kilos de estupidez que la cultura y el arte son, de hecho, la última trinchera contra la barbarie”, escribió.

Una columna de Juan Soto Ivars en El Confidencial fue un poco más lejos: él asegura que el “bloqueo” cultural de occidente solo amplifica y refuerza el mensaje que Putin quiere darle a sus ciudadanos.

“Nada de esto sirve para ganar una guerra, ni para frenar a Putin. Solo da la razón a la línea maestra de su propaganda interna del Kremlin, ampliamente difundida estos días por RT y Sputnik: Occidente odia a Rusia y a los rusos. Nada de esto es fértil, ni estratégico. Todo es fruto del pánico identitario, de la confusión entre Putin y la cultura de su país, que provoca un movimiento que solo tendrá como consecuencia alejar a los rusos de los occidentales y a los occidentales de los rusos: lo que Putin quiere, y lo que nosotros deberíamos evitar.”

Y luego agrega: “¿En serio ayudar a que los rusos comunes se sientan odiados y despreciados por Occidente, como Putin les había dicho, es lo mejor que se les ha ocurrido? Pues sí. Pero es normal. Porque la lógica de la cancelación es, por encima de todo, decir que la ceguera proporciona la vista.”

La última frontera del boicot no pertenece, de todas formas, al mundo del arte; es más terrenal. Según informa el suplemento económico Cinco Días de El País de Madrid, la cancelación más reciente va contra el vodka.

“Las autoridades ya han prohibido su comercialización en 11 de los 50 estados de Estados Unidos, algunas regiones de Canadá, y en Noruega, Finlandia y Suecia. Asimismo, los bares, licorerías e incluso los supermercados de Reino Unido y Letonia, dos de los tres principales importadores de estos productos, están retirando el destilado de sus estanterías”, explica el artículo.

Hace algunos días se bromeaba en redes contra una posible cancelación de la ensalada rusa. En este contexto donde se boicotea a Solaris y se cancela el vodka, la sorpresa sería que se mantuviera como un chiste.

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