Si hay algo que he considerado durante muchos años como el lado negativo de toda esta velocísima carrera por la tecnología es la falta de espacio que le ha dejado a lo que era mi relación con los videojuegos. Aquella relación se contaba en diskettes que llevaba a un local en el Centro en el cual me los grababan. Había un encanto, una adrenalina especial en eso de llegar al sitio, que tal juego llevara tantos discos (de 5 a 55 o incluso más), grabarlo y volver a casa a instalarlo y jugarlo (si nada hubiera fallado). Los juegos eran bastante baratos y los había en cantidades industriales, que tiendas como Micromanía o Datasystem tenían almacenados en sus discos duros. Por lo general, yo prefería buscar juegos viejos o desconocidos: antes del Rise of The Robots o el Doom, yo buscaba algún viejo Space Quest, algún simulador de aviones del año 89, cosas así. Tenían una crudeza y una cosa artesanal de la que carecían esos buscados juegazos.
Steam, o la puerta de entrada a miles de juegos
Una plataforma en la que ya hay más de 3.000 opciones para comprar y usar de inmediato, a la que no le falta nada