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Succession, el secreto mejor guardado de HBO que nos recuerda por qué los ricos nos obsesionan

Con su segunda temporada completa, la serie es una de las mejores propuestas de la pantalla actual

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22 de octubre de 2019 a las 05:00

Tal vez sea que menos es más. Que no sea necesario tener diez series nuevas cada semana. Quizá sea el régimen de un episodio por semana, que deja al que viene siguiendo la serie con ganas de más pero sin más opción que esperar, aunque en la era del streaming también está la opción de maratonear. Puede que en realidad tenga que ver con que son series pensadas para sentarse a ver y no para desenchufar el cerebro un rato. Pero lo cierto es que dentro de la inabarcable abundancia de propuestas actual, las series de HBO tienen en su mayoría un gran nivel. Incluso las que no son fenómenos como Game of Thrones, o que atraen tanto por su temática como Chernobyl.

El mejor ejemplo es el de Succession. Una serie casi ignota, aunque su segunda temporada acaba de terminar, y que en silencio se ha convertido en una de las más cautivantes del año. El secreto mejor guardado del catálogo HBO, que ha conquistado a todos los que se adentraron en su mundo.

Ese mundo es el del clan Roy. Su líder es el patriarca (por edad y por actitud), Logan, que empieza la serie cumpliendo 80 años y anunciando que se acerca su retiro como presidente de un imperio de medios de comunicación, parques temáticos y cruceros, mezcla del conglomerado Fox y Disney. Su gran problema es elegir a un sucesor digno, algo que sus hijos no le hacen fácil.

Al mayor, Connor, poco le importa la empresa familiar y prefiere vivir tranquilo, rodeado de sus lujos y complaciendo a su novia varios años menor. El segundo, Kendall, es el que aparenta ser su heredero, pero es un drogadicto y un cobarde al que el padre no respeta. El tercero, Roman, es inmaduro, y un total imbécil. La única hija, Shiv, optó por volcarse a la política y trabajar como asesora de campaña de candidatos presidenciales.

Por lo tanto, la premisa de Succession es muy sencilla: los hermanos competirán entre ellos, y con algunos candidatos externos, por el puesto de líder de la empresa Waystar Royco. El resultado ofrece tantas puñaladas por la espalda como los mejores momentos de Game of Thrones, tanto drama familiar como Downton Abbey y un buen toque de comedia.

Algo tienen los ricos que tanto nos obsesionan. Seguramente sea esa vida inalcanzable de jets privados, botellas de US$ 2.000, millones que van y que vienen y, al mismo tiempo, una existencia personal desgraciada y dentro de una burbuja que nos recuerda que no ser parte del 1% es mejor en ese sentido.

Y es así que ya sean los Roy, los Windsor, los Kennedy, los Kardashian, o los Carrington de Dinastía, volvemos una y otra vez a sentarnos delante de una pantalla para ver sus desventuras emocionales rodeadas de lujos groseros. Succession lo logra porque lo empresarial es un tema de fondo para una historia sobre el amor familiar, o la falta de él.

Una vez Adrián Suar bautizó una telenovela con la frase “los ricos no piden permiso”. Se la dijo Mirtha Legrand como corrección a otra producción en la que los ricachones eran demasiado amables. Viendo Succession, se entiende por qué la conductora lo dijo. Los Logan no dicen permiso ni perdón ni te quiero. El dinero reemplaza todas esas palabras, pero no lo que generan.

Los protagonistas tienen una influencia obvia de la familia Murdoch, los dueños de Fox, ya que tanto Rupert Murdoch como Logan Roy son inmigrantes de países anglófonos (Murdoch es australiano, Roy es escocés) que hacen fortuna con un imperio mediático en Estados Unidos, medios que difunden de forma alevosa la ideología conservadora de sus propietarios, y cuyos hijos corren de un lado a otro intentando hacerse con el trono.

Pero aparte de esa influencia, lo mejor de la serie son sus ficticios personajes. Todos son al mismo tiempo sumamente desagradables, pero también son humanos, con innumerables defectos y falencias emocionales, la mayoría derivadas de su rutina irreal, y de la presencia de Don Logan, que también es una ausencia en todo lo vinculado al cariño paternal.

Es una familia en la que todos se arrancarían los ojos por trepar a lo más alto, pero en la que también hay amor, todo expresado de una forma muy turbia y oscura. Hasta Logan muestra interés por hacer de sus hijos mejores personas, aunque solo sea para que la empresa no se vaya al garete una vez que él se jubile o estire la pata, lo que ocurra primero.

Succession ya tiene en sus vitrinas un premio Emmy al mejor guion. Y es ahí donde está su desempeño más logrado. Porque hace que su historia navegue con maestría la frontera entre la sátira, comedia –a veces absurda y negra– y la tragedia familiar, esa que desciende de El rey Lear de William Shakespeare.

Los mejores episodios de la serie son aquellos que transcurren en situaciones puntuales, ya sea un casamiento, un viaje en barco o una reunión de directorio, cuando los participantes de este juego de tronos son empujados uno contra otro para determinar qué escalón ocupa cada uno en la consideración del monarca que se retira (el apellido Roy viene de la palabra normanda para ‘rey’, por si no quedaba claro). Con la diferencia de que acá el trono es una silla de oficina en una torre de vidrio y metal.

Y los que ejecutan el juego a la perfección son los actores. Sin grandes nombres en el elenco, cada uno de los intérpretes vende a las mil maravillas a su multimillonario asqueroso. Las luces están sobre ellos, rodeados por una sobria y elegante ambientación, que va con el estilo de vida del clan. Y con una canción de apertura que es imposible despegar del cerebro después de escucharla. 

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