19 de noviembre de 2021 17:29 hs

Al final ocurrió lo que parecía imposible. El entrenador de la selección uruguaya de fútbol masculino, Óscar Tabárez, fue cesado de su cargo a falta de cuatro fechas para el final de la Eliminatoria.

El tiro de gracia se lo dieron las dos derrotas en la última doble fecha de las Eliminatorias, ante Argentina y Bolivia, que se sumaron a otras dos ante Argentina y Brasil en las dos anteriores fechas, y un empate ante Colombia de local. Un punto de 15, que relegaron a Uruguay del cuarto al séptimo puesto de la tabla, en serio riesgo de quedar fuera del Mundial.

Desde los números, no hay mucho que decir. En un negocio en el que mandan los resultados y son capaces de derribar cualquier proyecto, lo de Tabárez no solo fue una mala doble fecha. El proyecto hace tiempo que viene dando señales de cansancio, que se vieron claras en la Copa América. En los últimos cinco partidos metió un gol, y de pelota quieta. Hay un poco de mala suerte, sí, pero también hay, como nunca, una situación a la que el entrenador no le encontró la vuelta. Cualquier otro técnico se hubiese tenido que ir mucho antes.

El insólito fixture de las últimas cuatro fechas hizo el resto. Y en eso hay mucha responsabilidad de los dirigentes, que vieron como los goleaban en los escritorios cuando FIFA decidió un cambio de fixture que a Uruguay lo partió al medio, corriendo los partidos de la segunda rueda con Argentina y Bolivia al peor lugar imaginable para la celeste.

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Los malos resultados dejaron a Tabárez solo. Y en todo esto hay un silencio llamativo: los jugadores. Sus muestras de apoyo han sido al menos tibias, sobre todo si se las compara con las ocasiones en las que, allá por 2016 o 2017, levantaron la bandera para reclamar por diversos temas, desde el contrato por los derechos comerciales de la indumentaria de la selección hasta los derechos de imagen de los jugadores. El propio capitán Diego Godín reconoció que no era tarea de ellos sostener a un entrenador. La falta de señales de rebeldía tras la caída ante Bolivia, como había pasado ante Brasil, fueron otro mal augurio y señal de que la crisis no se limitaba solo un par de malos resultados.

El debate sobre Tabárez sí - Tabárez no en Uruguay es pobre, intencionado y casi siempre insoportable. Es cierto que en buena medida porque es fútbol, y que la pasión nubla muchas veces los argumentos, pero con Tabárez hay algo más. Quienes lo defienden a capa y espada tienen algo muy similar a quienes lo atacan a sol y sombra: su inflexibilidad, su incapacidad para reconocer posturas opuestas. El sinsentido se cruza en algunos con la política, como para terminar de endiosar o de descalificarlo, como si su posicionamiento ideológico tuviera algo que ver con la pelota. Y después vienen las operaciones mediáticas, de un lado o del otro del mapa de poder económico que divide al fútbol uruguayo. Definitivamente, hay algo muy poco racional en la forma en que en Uruguay se discute sobre Tabárez.

Es cierto que Tabárez revolucionó el sistema de selecciones, que le dio orden y prestigio, que aplicó un método de trabajo y que se diferenció del caos del fútbol uruguayo. También es cierto que hace tiempo no es el mismo y que, pasando raya, un título de Copa América en 15 años luce como demasiado poco. Es cierto que logró mucha cosa fuera de la cancha, que logró clasificar a la mayor y a las juveniles a los mundiales, que volver a jugar amistosos con las potencias se hizo común (antes de que Europa decidiera encerrarse). Pero por ese prestigio que le dio a la selección, por ese subir un escalón y volver a ser competitivo en el mundo, la vara debería ser muy alta a la hora de exigirle en la cancha.

Tabárez debió haberse ido tras el Mundial de Rusia 2018. Hay muchos que sostienen que el ciclo se terminó tras Brasil 2014, pero en su favor, en ese momento la selección se enfrentaba a un escenario difícil: la mayor renovación generacional de su ciclo. Pero eso ya estaba avanzado en 2018: había iniciado la transición, le dio la titularidad a varios jóvenes que se hicieron con el protagonismo en la mitad de la cancha (aunque está claro que le faltan horas de vuelo como líderes de grupo). Había llegado al quinto puesto y había perdido ante el campeón, algo que muchos calificaron de conformismo mediocre pero que nadie podía argumentar que fuera un resultado deshonroso. Incluso mirando su edad y su estado de salud, cuatro años más podían hacer más mella que los cuatro anteriores.

Lo cierto es que en la caótica AUF de 2018, el entonces interventor Pedro Bordaberry no tenía mucho margen: Tabárez y la selección eran las únicas señales de calma en medio de un caos generalizado, por lo que procedió a la renovación.  Fue quizás el último momento del entrenador con poder absoluto, un período que comenzó en 2010 y en el que nadie, ni siquiera los gobiernos de la AUF e incluso los nacionales, se animaban a poner en duda.

¿Qué motivación le quedaba a Tabárez para seguir después de 2018? Difícil argumentarlo con claridad. El paralelismo con “el último baile”, el documental del final de la carrera de Michael Jordan, recién le puso una épica y una narrativa en 2020. Pero además, este último baile de cabotaje tenía a los bailarines demasiado desgastados.

Y luego llegó la pandemia, que dio vuelta todo el calendario internacional, que obligó a suspender en casi un año el arranque de las eliminatorias (difícil para Uruguay en un contexto de estrellas en declive), que complicó al extremo los traslados desde y hacia América. Incluso complicó el día a día de un entrenador de 74 años que se fue aislando aun más que lo que hacía antes. El presidente de la AUF Ignacio Alonso intentó mantenerlo hasta el final, pero la situación se volvió insostenible. Así, solo y golpeado, el final de Tabárez como DT de la selección terminó siendo inevitable.

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