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Tenet muestra lo mejor y lo peor de Christopher Nolan, un director tan discutido como venerado

La película llegó esta semana a los cines locales y es la muestra más reciente de la obra de uno de los cineastas clave del cine actual

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19 de septiembre de 2020 a las 05:00

Si hay algo que escasea en el cine comercial actual son las historias originales. Todo parece resumirse en adaptaciones de aquella serie de dibujos animados que nos gustaba de chicos, la enésima secuela de superfulano o mengano-man, o la película propia para aquel personaje que apareció cinco minutos en otro filme, pero que como al público le cayó bien, vamos a contar su propia historia, explicando sus orígenes. Suelen generar mucho dinero. Y muchas son divertidas. Pero hay poco riesgo.

Hay, sin embargo, un puñado de directores que convierten cada una de sus películas en eventos, y que lo hacen con historias propias, con altos presupuestos y carta blanca por parte de los estudios para hacer lo que quieran. Que podrán gustar o no, pero sacuden la medianía cinematográfica. Un ejemplo es Quentin Tarantino, otro es Christopher Nolan, que acaba de estrenar su onceava  película, Tenet. Un cineasta muy discutido, pero al que no se le puede negar que muere con la suya.

Este londinense de 50 años, al que es difícil ver sonreír, y que prohíbe tres cosas en sus sets de filmación: los celulares, los cigarrillos y las tradicionales sillas de director, bajo el argumento de que “el que está sentado no está trabajando” se ganó una doble reputación a lo largo de las dos décadas en las que desarrolló su carrera como director, guionista y productor.

Para sus defensores es un innovador, un visionario. Un mesías en la línea de Stanley Kubrick o Steven Spielberg que vino a “salvar el cine”, estrenando algunos de los pocos blockbusters (esas películas que invitan a comer pop y recaudan cientos de millones) con algo de sustancia temática y originalidad por detrás de las explosiones y las trompadas.

Para otro bando es un director que hace películas aburridas, pretenciosas, frías, con personajes mecánicos y distantes, entre los que las mujeres tienen escaso desarrollo (y como suele pasar en las películas protagonizadas por Mel Gibson, las esposas siempre mueren), y en el que los protagonistas buscan imponer el orden a cualquier costo ante el caos de sus vidas o de la sociedad, lo que ha llevado a que lo señalen como un director solapadamente de derecha.

El crítico de cine español Jordi Costa comentó a la revista Icon, del diario madrileño El País, que Nolan emerge en una época en la que un sector del público busca que le digan que es inteligente. “Ahora mismo existe la idea de que una película de acción, donde el placer está en la acción pura, al mismo tiempo te tiene que decir ‘Esto no es frívolo, esto es importante, aquí hay conceptos de física que tendrías que conocer para comprenderlo todo’, y eso pulsa una tecla colectiva que creo que ocurre en muchos ámbitos, como el de los lectores que necesitan hacer una distinción entre tebeo y novela gráfica, o esa especie de neurosis con la serie imprescindible que la semana que viene no tiene ninguna importancia. Esa necesidad de sentir que no has estado perdiendo el tiempo consumiendo ocio, de que no has estado viendo cultura de segunda”, comentó.

La respuesta, como en tantos otros casos tan divisivos, reside en un camino intermedio: Nolan, fanático defensor de la experiencia de la sala de cine y de la pantalla ya no grande, sino gigante, ha creado obras que invitan a dejarse avasallar por lo visual y lo sonoro, y que tienen un toque único dentro de esa máquina de chacinados que es Hollywood. Eso hoy es un mérito en sí mismo. Al mismo tiempo, en esa intención de “decir algo” por fuera del espectáculo, el británico suele pecar de excesivo, muestra sus vicios y deja la impresión de que se toma demasiado en serio.

En Tenet está tanto lo mejor como lo peor de Christopher Nolan. Sus defectos y sus talentos se notan en su último filme, que representa su apuesta más reciente luego de una carrera de ascenso gradual y que llega en un momento conflictivo para el cine.

El origen

Para llegar a Tenet, Nolan fue subiendo escalones a lo largo de los años. Su debut fue con Following, una película aún hoy casi desconocida, en la que ya se anticipan algunos de los rasgos característicos de sus historias: una narrativa anacrónica, el espíritu de cine noir, los roces con el mundo criminal y las obsesiones de sus protagonistas. Filmada en blanco y negro, con un elenco de actores no profesionales y con un presupuesto minúsculo, cuenta la historia de un escritor que en busca de su próxima historia, se dedica a seguir a personas al azar por las calles de Londres, hasta que se cruza con un estafador que lo descubre y lo invita a sumarse a sus andanzas.

La promesa se convirtió en realidad con su siguiente película, Memento. Su protagonista padece la incapacidad de generar memorias a corto plazo y para recrear esa sensación, Nolan y su hermano guionista Jonathan crean una historia que se desarrolla en dos líneas temporales intercaladas que convergen en el centro: una va hacia adelante y la otra retrocede en el tiempo con cada escena. La novedad les significó una nominación al Oscar a Mejor guion, y puso el nombre del director en el radar de los estudios.

El olvidable thriller Noches blancas le permitió probarse en ese régimen, y poniendo frente a cámara a tres estrellas de primera línea: Al Pacino, Hilary Swank y Robin Williams. Ya con confianza en su capacidad, se lanzó a su primer blockbuster, uno que redefiniría un género y que provocaría una marea de imitadores.

Batman inicia se estrenó en 2005 y marcó un paso firme en la consagración cinematográfica de los superhéroes, que ya venían ganando terreno con X-men, del 2000, y Spider-Man, estrenada en 2002. Nolan trajo realismo, tragedia y oscuridad, y enseguida los estudios empezaron a encargar películas similares, con versiones más violentas, sombrías y “adultas” de sus franquicias, algo que se acrecentó todavía más cuando llegó la secuela, El caballero de la noche, con el magistral Guasón de Heath Ledger.

Salvo la infravalorada y a veces olvidada El gran truco, lo que vino después mostró a Nolan con carta blanca para hacer las películas que quisiera. El origen, Interestelar y Dunkerque llegaron en esa etapa, y fueron las que acrecentaron el debate sobre el lugar del director en el cine actual, reforzaron sus vicios y también sus logros.

Entonces llegó Tenet. Y el coronavirus.

El tiempo es todo el tiempo

Durante más de diez años las ideas reflejadas en la película dieron vueltas por la mente de Nolan. Le llevó cinco años escribir el guion. Y cuando todo estaba preparado para el lanzamiento, tuvo que ser postergada tres veces. Tenet se estrenó de forma escalonada en distintas partes del mundo, según los protocolos y la situación sanitaria de cada país, muy a pesar de su director, que quería mantener la fecha original de julio.

En un contexto de cines con capacidades reducidas, salas cerradas, miedo a salir y distancias sociales, la película lleva recaudados más de US$ 200 millones, una cifra tímida para los estándares de Hollywood pero nada despreciable. Warner Bros., el estudio para el que Nolan ha hecho todas sus películas desde Batman en adelante, se puso sin embargo un poco nervioso con las cifras en Estados Unidos, donde la situación sanitaria es mucho más complicada y el público está más reacio a ir a alguno de los cines que siguen abiertos.

Eso fue un golpe directo al mentón de las pretensiones de que Tenet se convierta en “la película que marca el regreso al cine”, una carga más para un filme que llegó a las salas envuelto en misterio, con múltiples teorías, dudas e incógnitas sobre la trama de la película.

Al final, la trama es bastante sencilla. Un exagente de la CIA interpretado con la gracia de James Bond por John David Washington (hijo de Denzel y estrella ascendente) es reclutado por una misteriosa organización llamada Tenet para detener la amenaza que representa el oligarca ruso Andrei Sator y su acceso a una tecnología que le fue enviada desde el futuro, que permite invertir el sentido en el que se desplazan los objetos y las personas. O sea, mientras todo avanza, ellos “rebobinan”.

Como buena película de espías, hay viajes a lo largo y ancho del planeta, trajes elegantes y autos veloces. Nolan pone toda la carne en el asador con las secuencias de acción y salvo por algunos defectos en la gran batalla final, los resultados son magistrales. Se sienten únicos y cargados de adrenalina.

Terminan siendo también oasis de liviandad en una película sumamente densa a nivel de conceptos temáticos y científicos. Todo está explicado hasta el detalle, y lo cierto es que las breves lecciones de física cuántica quedan algo perdidas en medio del conflicto entre el presente y el futuro que plantea la historia.

Esa manía de explicar y detallar todo es otro de los vicios de Nolan, que aquí peca también de tener un villano sin demasiada profundidad, cuyo argumento es el “serás mía o de nadie” que aplica tanto a su esposa como al mundo entero.

En una película de dos horas y media, esa densidad temática se convierte en un problema, y tienta al que quiera sumar un porotito a la tesis de que Nolan es un pretencioso que busca apabullar con sus complejidades temáticas. Pero eso se compensa con la espectacularidad, la escala épica y el recurso de la inversión temporal, aunque al final cueste entender hacia donde avanza cada uno. Es una película cerebral, pero en la que los méritos más grandes están en los que el cerebro se puede desconectar y ver como vuelan las balas.

De todas formas, quizás eso sea lo que necesita el cine ahora. Imágenes impactantes, un sonido que ahoga y algo de diversión que traigan a un público de vuelta después de tantos meses.

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