24 de julio de 2014 11:04 hs

"¿Cuál es el color de los ojos de Meryl Streep?”, se preguntaba el crítico de cine David Denby en un viejo artículo escrito en 1981 para el New York Magazine. “¿Marrón, gris, castaño?”, continuaba interrogándose en su investigación Denby, quien tenía la tesis de que cambiaban según su papel en cada película. En la curva entre las décadas de 1970 y de 1980, Streep era tan capaz de manejar su cuerpo que el color de sus ojos se adaptaba en cada filme. La actriz reconocía en esa misma entrevista que había jugado con lentes de contacto y otras variantes para representar su doble rol en La amante del teniente francés, pero que luego cuando había visto las pruebas en celuloide, sus ojos solos, sin uso de artefactos artificiales, habían respondido a sus deseos dramáticos de mutación.

¿Magia? ¿Brujería? ¿Sugestión? ¿Poderes ocultos de la naturaleza actoral? “Poco importa –escribe Denby– porque parece haber una convención generalizada de que Meryl Streep puede hacer lo que quiera con su cara, su cuerpo y su voz, y hacerlo con una convicción emocional que de manera inmediata alcanza a la audiencia”.

Era setiembre de 1981 y estaba por estrenarse en Estados Unidos La amante del teniente francés, basada en la novela homónima de John Fowles, guionada por el gran Harold Pinter y dirigida por Karel Reisz.

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La carrera de Streep estaba iniciando una meseta (mejor dicho, un altiplano) de calidad. Bien podría decirse que por entonces Streep vivía en la Bolivia del éxito y el talento. Pero para escalar hasta esos picos, la actriz había tenido que pasar por un infierno personal.

Tres años antes, en 1978, había brillado por su papel en El francotirador, de Michael Cimino. En esa película actuó junto a un gran elenco donde destacaron Robert De Niro, John Savage, Christopher Walken y la pareja de Streep en ese momento, John Cazale, cuya cara quedará unida eternamente al papel de Fredo en El padrino. Cazale tenía un cáncer terminal en los huesos y sus escenas debieron filmarse primero. Cazale nunca llegó a ver El francotirador terminada. Streep acompañó a su pareja hasta los momentos finales de la enfermedad y quedó emocionalmente devastada. Pero ese mismo año se casó con el escultor Don Gummer, su marido hasta la actualidad. Esos viandazos existenciales repercutieron favorablemente en la capacidad actoral de Streep.

Al año siguiente obtuvo un enorme destaque su actuación en Kramer versus Kramer, de Robert Benton. Streep representó como nadie a una mujer que se divorcia y lucha por la tenencia de su hijo frente a su exmarido, y con una actuación sutil y dura se transforma en “la mala de la película” (si es que se acepta esta simplificación del cine), en una postura muy políticamente incorrecta incluso hace 36 años. Por ese filme ganó el Oscar a mejor actriz de reparto.

Luego de ser la amante de un invisible teniente francés y a la vez del actor de la película que filman dentro de la película (Jeremy Irons), y conseguir por ese desempeño su primera nominación al Oscar, en 1982 Streep fue la protagonista de La decisión de Sophie, de Alan Pakula, una madre que explora su pasado trágico en el campo de concentración de Auschwitz y tomó una terrible resolución para su vida. Allí consiguió su segunda estatuilla dorada. Y tomó la década por asalto.

Al año siguiente, en 1983, destacó su rol en Silkwood, de Mike Nichols; en 1985 su rostro fue el de África mía, de Sidney Pollack; en 1987 compitió en altura actoral con Jack Nicholson en El amor es un eterno vagabundo, de Héctor Babenco; en 1988 derrochó capacidad en Un grito en la oscuridad, de Fred Schepisi.

Luego Streep continuó cosechando distinciones y premios de la Academia, hasta conseguir tres Oscars y la friolera de 18 nominaciones, un récord absoluto. Pero en esa seguidilla ochentera tuvo la explosión de su talento.

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