En el artículo anterior señalábamos que la transformación educativa es hoy una oportunidad planetaria que implicaría fortalecer una visión de una educación global, que se nutra de una intensa colaboración entre países, y asentada en modos de enseñanza y de aprendizaje que combinen educación presencial y a distancia. En esta segunda entrega de la serie, proponemos cuatro ideas fuerza que podrían servir de soporte de la transformaciones educativa a escala nacional.
En primer lugar, una visión integral de la formación de las personas que fortalezca el sentido humanista, universal y cosmopolita de la educación. Esencialmente, la integralidad conlleva entender y respetar al ser humano en su singularidad como persona que no puede reducirse a su condición de alumno desligado de sus identidades y condicionalidades como infantes, niños, niñas, adolescentes y jóvenes. No hay tal separación, pero mucha vez una educación fuertemente gestionada a través de niveles fragmentados - por ejemplo, entre la educación inicial y primaria, y la media - tiende a consolidar miradas estrechas sobre las expectativas y necesidades de los alumnos.
Crecientemente se hace hincapié en que cada persona es un todo indivisible donde interactúan una cantidad de factores; entre otros, sus contextos, circunstancias, capacidades, valores, actitudes, emociones y cogniciones. Una formación integral se asienta en un fino análisis de dicha indivisibilidad para efectivamente orientar y dar marcos de referencia a los alumnos para que puedan calibrar, procesar y tomar decisiones que hacen a su vida individual y en sociedad. No se prescribe una visión ideal de persona, fundada en aspectos doctrinarios de la índole que sean, sino se fortalece el reconocimiento que la persona es una totalidad que se conforma por aspectos biológicos, psicológicos, antropológicos y sociológicos (Morin, 2020).
En segundo lugar, educar en valores a lo largo y ancho de la vida es clave para cimentar convivencia, bienestar, justicia y desarrollo sostenible. En gran medida se deben superar los prejuicios de creer que formar en valores implica la prescripción e imposición de determinados imaginarios o modelos de sociedad. O bien suponer que las opciones entre diversos valores se plantean en términos de dicotomías que no admiten ningún enlace o sinergias posibles entre los mismos.
La formación en torno a la complementariedad entre los valores de libertad, justicia, solidaridad, inclusión, equidad, cohesión, excelencia y bienestar es fundamental como norte de referencia y de señales de conducta, que desde el mundo adulto se comparten con las generaciones más jóvenes. Las propuestas educativas deben contener mensajes claros y robustos, comunes a todos los niveles, sobre la relevancia asignada a los valores, así como evidenciar las sinergias entre los mismos. Importa lograr una adecuada simbiosis entre los contenidos y las maneras de enseñar y de aprender los valores.
Todas las formaciones tienen que compartir la idea que libertad y justicia, excelencia y equidad, inclusión y cohesión, bienestar y desarrollo, son referencias complementarias que guían las acciones de las personas, de los ciudadanos y de las comunidades. Por supuesto que hay diversas maneras de congeniar estos valores, pero en modo alguno, se trata de “sacrificar “a uno o algunos de ellos en función de la supuesta predominancia de otros. No debería haber “trade off” entre los valores.
En tercer lugar, el entendimiento y el apuntalamiento de la diversidad hace a las capacidades que tiene un sistema educativo de garantizar oportunidades educativas para todos. La diversidad es un concepto que engloba al alumno y al educador que es, a la vez, individual, cultural, identitaria, social, local y da cuenta de múltiples afiliaciones. Por un lado, cada alumno es un ser especial que se debe tomar en cuenta como tal, para comprometerlo con sus aprendizajes, pero a la vez, reconocer que los procesos de aprendizajes son similares para todos los alumnos (Dehaene, 2020). Por otro lado, la diversidad es entender las múltiples representaciones y actitudes que tienen los educadores sobre la profesión, los alumnos y el sistema educativo. La diversidad que definimos como incluyente, es, pues, un ida y vuelta permanente entre las referencias, las vivencias y las prácticas de alumnos y educadores.
La diversidad incluyente supone una ruptura con las creencias, las narrativas y las prácticas sobre la supuesta existencia de alumnos “normales “así como “desviados de la norma” generalmente englobados bajo el rótulo de necesidades educativas especiales. Asimismo, esta visión estrecha de la normalidad supone que el alumno debe “adaptarse” a las maneras “consuetudinarias” de enseñar y aprender que “funcionan” para un alumno entendido como “promedio”. En gran medida, se trata de cuestionar la idea que la diversidad configura una desviación de lo que se espera que sea cada alumno, y que cuanto mayor es la desviación, menor son las posibilidades de gestionar sus aprendizajes y que efectivamente aprenda.
En cuarto lugar, la apertura de cabeza al debate y contraste de ideas caracteriza una educación liberal asentada en forjar un espíritu crítico, constructivo y propositivo en los alumnos que no conoce de fronteras ni de umbrales. No se trata de entender una educación liberal como la adscripción a determinada orientación política, económica o social sino de profundizar en aspectos atinentes al desarrollo y cuidado de si mismo y de los demás, así como de interrogarse sobre los sentidos de la vida y los dilemas éticos que nos enfrentamos en nuestra cotidianeidad.
Como dice el maestro, educador y filósofo Carlos Vaz Ferreira, citado por Arturo Ardao (1956), referido a la enseñanza de la filosofía “abrir los espíritus; ensancharlos; darles amplitud, horizonte; y, por otro lado, ponerles penumbra; que no acabe en un muro, en un límite cerrado, falsamente preciso”. Claramente esta aguda reflexión de Vaz Ferreira puede extenderse a todas las áreas del saber sin excepción.
Una educación liberal debe compartir ideas fuerza, referencias y evidencias que fortalezcan a los alumnos en ponderar y tomar decisiones autónomas que permitan ejercer la libertad sin ataduras, así como cuestionar los pensamientos únicos y las narrativas tendenciosas. Una educación efectivamente liberal es un poderoso reservorio de la democracia que nos prepara para enfrentar a los negacionistas de la propia libertad, del cambio climático y de las violencias de género, entre otros aspectos fundamentales.
En suma, la transformación de la educación podría nutrirse de cuatro ideas fuerza: visión integral de la formación de las personas, sinergias entre los valores, diversidad incluyente y mentalidades liberales.