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Último llamado para Joe Biden, frente a un Sanders que parece imparable

 Carolina del Sur podría ser la salvación para la candidatura del ex vice. De otro modo, a Bernie solo podrían frenarlo los jefes del partido

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29 de febrero de 2020 a las 09:12

El pasado miércoles 12, la tapa del New York Post decía en letras grandes: “(En New Hampshire) ¡DICEN QUE NO ES JOE!”. Con ese poder de síntesis de los tabloides norteamericanos, la portada anunciaba así el fenomenal descalabro del exvicepresidente Joe Biden la noche anterior en las primarias demócratas de New Hampshire, donde quedó en quinto lugar y, para evitar la humillación, hasta se escabulló del estado antes de que cerraran las mesas de votación.

Aquella tapa del New York Post sería premonitoria. Diez días después de New Hampshire, Biden volvió a perder en Nevada, quedando al borde de retirar su candidatura. Es muy probable que los votantes demócratas ya hayan decidido “que no es Joe” el nominado, no solo en New Hampshire sino en todo el país.

Para colmo ambas derrotas de Biden vinieron acompañadas de victorias de su principal rival, el senador por Vermont y autodenominado socialista Bernie Sanders, que ya comanda —y no precisamente por exiguo margen—  todas las encuestas a nivel nacional. 

En New Hampshire, Sanders, de 78 años, se impuso por unos pocos miles de votos sobre el único candidato abiertamente gay de la contienda, Pete Buttigieg (38), con quien a la postre hubo de repartir delegados. Pero en Nevada, el veterano progresista ganó por escándalo, sacándole arriba de 26 puntos de ventaja a Biden en segundo lugar, e instalándose como claro favorito para obtener la nominación.

Es así como llegamos a la hora de la verdad, el último llamado para Biden. Si no gana este sábado  29 en las primarias de Carolina de Sur, el exvice de 77 años se puede ir despidiendo de la candidatura, y de sus aspiraciones de llegar a la Casa Blanca seguramente para siempre. Pero la tradicional afluencia del voto negro en Carolina del Sur podría inclinar las cosas a su favor.

De momento sus números lucen bien en el llamado estado del Palmetto, donde le saca más de 10 puntos a Sanders, según el agregado de encuestas de RealClearPolitics.com; y en algunas hasta lo dobla en intención de voto. Aunque ninguna de ellas es demasiado confiable. Sin embargo, después de haber caído hasta apenas dos puntos por encima de Bernie en esas mismas mediciones de Carolina del Sur (al día siguiente de las primarias de Nevada), no deja de ser digno de nota el rebote.

Más que nada porque lo que importa no es tanto si gana allí o no, sino por cuánto. Biden tendría que imponerse con holgura este sábado 29 si quiere volver a ponerse a tiro en la contienda. Y aun si eso sucediera, lo único que le aseguraría sería no perder los patrocinios que mantienen a su campaña en respiración asistida. Nada le garantiza un impulso que se pueda trasladar a los demás estados; sobre todo, porque tan pronto como el siguiente martes 3 de marzo se vota en 14 estados, muchos de ellos grandes, que aportan un gran número de delegados.

Y en casi ninguno, a excepción de Texas, Biden encabeza los sondeos. En casi todos lidera ampliamente Sanders. De modo que si Biden gana cómodamente el sábado, el momentum podría ser muy corto como para darle un envión capaz de revertir las tendencias.

En realidad, Biden parece haberse quedado sin resto antes del Caucus de Iowa, después de encabezar las encuestas durante varios meses. Una muy pobre actuación en los debates, escasa capacidad oratoria y, sobre todo, el escándalo de su hijo Hunter con la estatal de gas ucraniana Burisma se comieron toda la ventaja del viejo senador por Pensilvania que ahora parece irremontable. 
En suma, las chances de Biden son magras.

Sanders es todo lo contrario del exvicepresidente: viene de atrás, es buen polemista y se ha notado en los debates; logra movilizar con sus discursos y trasunta una imagen de tipo probo, incapaz de recibir una coima o meter un hijo a lobista para cobrar millones en Washington.

El problema de Sanders es su discurso antisistema; lo que lo pone de punta con el establishment demócrata, que preferiría a cualquiera de sus rivales como nominado. No tanto por su pasado ideológico, que en su día lo llevó a hacer migas con Daniel Ortega y con algunos apparatchik soviéticos, o a admirar a Fidel Castro. Hoy todo el mundo sabe (no solo su base millennial) que Sanders está más cerca de la socialdemocracia que de su autoproclamado socialismo. No lo quieren porque su discurso va esencialmente en contra de toda una forma de hacer política en Washington.

Luego está, desde luego, su propuesta de un Estado grande, que pague por todas las políticas de la agenda socializante que promete, y sus críticas al capitalismo. Y el capitalismo y la libre empresa son parte del patrimonio nacional de Estados Unidos, como el sistema republicano moderno, Hollywood o el apple pie.

Sin embargo, no es eso lo que aleja a Sanders de los jefes del partido y de los votantes demócratas más moderados. Eso solo lo hace invotable para los conservadores y los votantes independientes que defienden la economía de mercado y bajos impuestos. Los demócratas moderados no tienen muy claro hoy adónde se paran en esos temas. Pero el establishment demócrata sí tiene claro que no quiere a un candidato antisistema.

Y si Sanders no arrasa en el llamado supermartes el 3 de marzo, podrían buscar descarrilar su candidatura, como lo hicieron en 2016, con los “superdelegados”. Estos son delegados que el Partido Demócrata se reserva por fuera del voto de sus electores, y que puede adjudicar a su antojo.

Se trata de un mecanismo que no posee el Partido Republicano, y que sus jefes tanto hubieran querido la elección pasada para cerrarle el paso a Donald Trump.

De todos modos, si Biden no gana este sábado 29, o si aun ganando, no logra la remontada, el establishment todavía tendría la candidatura del exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg, la otra carta de los moderados, cuyo nombre se agregará a las papeletas para el supermartes.

El problema de Bloomberg es que es un “billonario” en momentos que la pregunta que se hace la sociedad norteamericana, lo que hoy está en el centro del debate nacional, es precisamente si los “billonarios” deben existir.  Por lo demás, ha tenido una pobrísima actuación en los debates en que ha participado y no ha exhibido mayor carisma ni capacidad oratoria. Toda su apuesta ha sido a que Biden se baje y así aglutinar el voto moderado. Como estrategia no está mal, pero se requiere bastante más que eso para ganar la nominación. Chances mínimas.

Ahora mismo todo apunta a que “no es Joe” y podría ser Bernie. Y luego, de cara a noviembre, un Sanders vs. Trump sería a buen seguro una pelea para alquilar balcones. 

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