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Un año de cannabis en las farmacias

Uruguay está desaprovechando un producto noble, capaz de aliviar la epilepsia en niños

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22 de julio de 2018 a las 05:00

El 19 de julio parece destinado a ser una fecha referencial en el proceso histórico que ha ido transformando a la planta de Cannabis sativa desde el ostracismo de la prohibición a ser un producto estrella en la medicina, la industria alimentaria y el mundo de las finanzas internacionales.

Este jueves se cumplió un año de la llegada del cannabis a las farmacias de Uruguay, y al mismo tiempo, en Nueva York se producía otro hito de muchísimo más impacto económico, el cannabis medicinal llegó a la bolsa de Nueva York a través de una empresa que se integra al índice Nasdaq.

La marca Uruguay está instalada en el mundo, un poco por el fútbol, un poco por la carne, pero también por otras razones, entre ellas por ser el primero en el mundo que buscó una alternativa a la fracasada guerra que tanto daño ha hecho a América Latina y tanto ha fortalecido a los narcos en el continente. Legalizó el cultivo y reguló su uso lúdico, industrial y medicinal.

Para mucha gente lo más notorio y visible de la nueva ley es que las flores estén disponibles en 14 farmacias. Con más de 25.000 usuarios registrados y sin un solo registro de que alguien sintiese un malestar o haya delinquido, a veces con una oferta que no colma la demanda, el sistema ha funcionado bien.

Las profecías catastróficas al respecto han quedado en nada. Que las farmacias iban a ser asaltadas, que las personas caminarían cual zombies por las calles, que el producto sería de mala calidad y no colmaría las expectativas de los usuarios. No hubo robos, ni hubo una sola persona que tuviera problema alguno por ir a la farmacia a buscar un producto chequeado, controlado, suave, que se puede comprar en forma segura para el cliente y para la sociedad que sabe con 100% de certeza que el dinero que antes iba para los narcos, ahora va para una farmacia establecida y controlada como corresponde.

Es cierto que los problemas graves con el narcotráfico siguen y que la legalización es para mayores de 18 pero hay lamentablemente menores que consumen tabaco, cannabis o alcohol, algo inconveniente. También que es un logro que el Estado deje de dedicar recursos a espiar las macetas de las casas y perseguir a ciudadanos honorables y pacíficos porque tienen tal o cual planta para su uso y gusto personal. Lo más importante es que absolutamente nadie nunca más vaya a una prisión por cultivar para su propio uso. Nunca más. Eso ya tiene varios años y mayoritariamente la opinión pública se ha dado cuenta del gigantesco absurdo y la escandalosa crueldad que llevó a tantos ciudadanos honestos a una celda de las horribles cárceles uruguayas. Vale la pena recordarlo y exigir que se garanticen esas libertades básicas.

También es importante que los aficionados a una planta, sea la planta que sea puedan formar parte un club y compartir su gusto sin que el Estado ose molestarlos.

Esos logros datan de 2013 y nos permitieron en aquel entonces ser el país del año de la revista The Economist, paradigma del periodismo serio y comprometido con la defensa de las libertades. Desde entonces hemos cosechado elogios de otras personalidades latinoamericanas como Mario Vargas Llosa, Fernando Henrique Cardoso, y tantos más.

Pero mientras en estos cinco años aquí se ha avanzado en regular el uso lúdico, en el resto del mundo han despegado en los otros usos, que aquí sorprendentemente se insiste en frenar. Desde Luxemburgo a Zimbabwe, desde Suiza a Canadá, la libertad se abre camino a pasos veloces e irreversibles. Censurar plantas ya se percibe tan absurdo como censurar políticos, libros o músicas. Hasta el conservador Líbano está avanzando en la legalización para apalancar su desarrollo por una recomendación de la consultora Mc Kinsey.

De no haber ganado Donald Trump las elecciones estadounidenses, EEUU estaría exportando cannabis medicinal, textil papel, bioplástico y lúdico al mundo entero, porque la mayoría de sus 50 estado ya lo ha habilitado. Pero su victoria le dio a Uruguay unos meses más de gozar de un raro monopolio a nivel global: el único autorizado a exportar una planta y sus derivados cuya demanda crece vertiginosamente.

Podríamos estar explorando no solo lo medicinal, los alimentos en base a su semilla, una excelente oleaginosa totalmente inocua, o sus hojas, también sus tallos, para explorar sus textiles o bioplásticos.

Entonces cabe preguntarse: ¿porqué no estamos ya exportando los medicamentos que millones de personas piden a gritos en el mundo? A cinco años de aprobada la ley ¿qué pasa?

Uruguay está desaprovechando esa enorme demanda insatisfecha por un producto noble capaz de aliviar la epilepsia en niños y el dolor en todas las edades, las náuseas en quienes deben enfrentar un tratamiento para el cáncer o la anorexia en tantas formas.

Tenemos pues una ventaja global que se nos va. Canadá saldrá plenamente a exportar antes de fin de año y atrás un montón de países. La ciencia se ha abierto camino irreversiblemente. Pero en algunos engranajes uruguayos sobrevive el prohibicionismo y la intención de trabar. Como en la fábula de liebre y la tortuga, somos liebres demorando hasta que una manada de tortugas nos pase y calme la demanda fervorosa que surge de los avances de la ciencia y de la libertad para investigar.

Es bastante desesperante. Hemos conquistado la libertad, pero por ahora es más fuerte la máquina de impedir. Para quienes tienen epilepsia y sus familias, la legalización cambió poco: a comprar productos carísimos importados de Suiza. “Si es suizo debe ser mejor que uruguayo” parece ser el criterio.

Tampoco se permite hasta ahora, demorando hasta el infinito el desarrollo de una industria alimenticia con cannabis no psicoactivo. Pobre del que ose emprender con yerba, te, fideos, o cualquier cosa que aunque sea totalmente inocua pero sea elaborada con oh! Cannabis sativa. Perderá miles de horas, gastará miles de dólares, pero la llegada a las góndolas siempre podrá postergarse un poco más

Los demás escriben los siguientes capítulos de la historia de la medicina, los alimentos, los bioplásticos que la ley habilitó y no nos animamos como país a transitar.

Hay una obligación moral para con miles de ciudadanos uruguayos que padecen enfermedades que se podrían atender mucho mejor de lo que se lo atiende con lo actualmente disponible y para los cuales esperar es sufrir. El uso medicinal es una realidad ya establecida. Tapar el sol con la mano será cada vez más papelonesco. Y argumentar que el imperio no nos deja, es francamente indigno. Este 19 de julio, a un año de la llegada del cannabis “recreativo” a las farmacias uruguayas, empezó a cotizar una empresa de cannabis en el índice Nasdaq de Nueva York.

Mientras aquí se nos dice a la hora de recibir inversiones serias que “EEUU no nos deja” la empresa canadiense de marihuana medicinal Tilray debutó nada menos que en el índice Nasdaq y su valor se disparó un 31,71% tras convertirse en la primera de ese tipo que hace su oferta pública inicial de acciones en una Bolsa estadounidense, según la crónica del diario San Diego Union Tribune.

Explica la nota que “Tilray, dedicada a la investigación, el cultivo, el procesado y la distribución de marihuana medicinal a nivel global, salió este jueves a bolsa bajo la etiqueta “TLRY”, con una oferta de 9 millones de acciones y un precio de referencia de 17 dólares.

Tras la subida del 31,71 % el día de su estreno, el valor por título de Tilray quedó en 22,39 dólares al cierre del índice Nasdaq, donde tocó la campana el equipo de la empresa, a modo de celebración.

La firma recaudó 153 millones de dólares en su apertura y su valor de mercado llegó a unos 1.430 millones de dólares.”

Mientras, aquí, a la hora de desarrollar un proyecto, la maquinaria uruguaya de trabar repite: “es que EEUU no nos deja”, allí festejan la nueva incorporación al índice de las empresas tecnológicas. No sorprende que la economía languidezca y el déficit fiscal se agrande. Más vale invertir en el Nasdaq que en el trabajo local. Podría haber sido un día de festejo el 19 de julio en Uruguay. Pero no. La celebración fue en EEUU.
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