Antonio Pacheco anunció a El Observador que en las vacaciones que comienza hoy con su familia decidirá si deja el fútbol; tras el partido del miércoles está más cerca del retiro que de su continuidad
Suena a despedida, aunque quiere tomar la decisión con la serenidad que exige el paso más importante de su carrera, desde que una vez decidió jugar al fútbol. Es más de la una de la tarde del jueves en el hotel Tívoli, donde Peñarol permaneció durante los tres días que estuvo en San Pablo para jugar la final de la Copa Santander Libertadores, y lo único que parecen esperar los más de 150 hinchas que rinden homenaje a los futbolistas en la recepción del hotel y en las afueras, es la salida de Antonio Pacheco.
Ya habían bajado Alejandro González, caminando con dificultad por el esguince de rodilla que sufrió en el primer tiempo, Emiliano Albín, Matías Corujo, Sebastián Sosa, Matías Mier, Diego Alonso, Alejandro Martinuccio, pero todos esperaban al capitán. Un poco porque es el ídolo y otro, porque querían darle ánimo en el momento más difícil de su carrera. De pronto se abre uno de los tres ascensores y la imagen inconfundible del delantero aurinegro avanza sobre la recepción del hotel, pero antes de que pueda dar tres pasos, dos decenas de hinchas se acercan para abrazarlo, palmearle la espalda, darle ánimo, un beso, una caricia o lo que sirviera para convencerlo de quedarse. Le piden fotos. Uno le grita: “Muchas gracias por todo, Tony”. Y enseguida se suman otros saludos y pedidos. “Quedate seis meses más, por favor Tony”, expresa una voz femenina con tono de exigencia. El costado más humano y de perfil bajo, humilde, común y corriente de Pacheco, se empieza a quebrar. La emoción lo supera y la vergüenza le hace mirar al piso. No porque no pueda mirar a los ojos a los demás, sino porque no quiere que vean que las lágrimas quieren empezar a aflorar. Da dos pasos, después de firmar cinco autógrafos y que le sacaran una decena de fotos, y otra vez le agradecen. Ahora, toma aire, levanta la cabeza y con la voz quebrada por tantas emociones, Pacheco les dice a todos: “Muchas gracias a ustedes por acompañarnos siempre”. Otra vez baja la cabeza y da otro paso. No puede avanzar más que eso, y recién está en la recepción del hotel. La puerta queda a 20 metros, que equivalen a unos 10 autógrafos, 20 fotos y decenas de abrazos y besos. Se acerca Carlos María Morales, el ex jugador y actual técnico, y también lo saluda y le da ánimo. Las emociones fluyen en cataratas, pero en silencio, es una procesión interna para Pacheco. El que homenajea agradece y el homenajeado vive por dentro esos momentos conmovedores.
Allá, después de unos seis o siete minutos llega a la puerta de ingreso al hotel y por delante, en esa pasarela que improvisadamente le fueron realizando los hinchas, que después de saludarlo volvían a ponerse adelante para tocar nuevamente al ídolo, le quedaban otros 80 metros, con la rampa de ingreso incluida y unos 40 metros por la avenida Santos, porque el ómnibus no esperaba en la puerta.
El capitán se funde en un fuerte abrazo con algunos hinchas que van a todos lados y uno saca una cámara y le dice: “Mirá lo que fue el recibimiento de ayer (miércoles)”. Un mundo de gente lo rodea y Tony se pasa tres o cuatro minutos disfrutando del bullicio y colorido de las imágenes que proyectaban la bienvenida de los hinchas a los jugadores en el Pacaembú. Les agradece otra vez y sigue su camino.
Un periodista lo detiene y le pregunta por sensaciones. Pacheco habla de un momento inolvidable, de que Peñarol es su vida, del orgullo que vivió todo el grupo, de su sentimiento por Peñarol y de las horas especiales que está viviendo. El comunicador no entra en detalles sobre su futuro y Pacheco tampoco los brinda. Otras dos fotos, una con una pareja y otra con un niño. Y ahí, casi en el final de la rampa de ingreso al hotel, queda mano a mano con El Observador.
“Son muy fuertes las emociones”, dice, con la voz quebrada. Se le arma un nudo en la garganta, se le pone la piel de gallina y hace fuerza para evitar las lágrimas, aunque no puede. Un hincha que está al lado se emociona y empieza a llorar. “Lo importante es el equipo y apoyar a los compañeros que cuando están en la cancha son los mejores”, agrega sobre el partido del miércoles, en el que esperó en el banco sin chance de ingresar. “Estoy orgulloso de los compañeros que tengo”, insiste.
¿Y el futuro? “Me voy a tomar unos días de vacaciones con mi familia, para descansar y desenchufarme de todo esto y después decido. Cuando vuelva vas a saber qué determinación tomé”. ¿Suena a despedida? “Las vacaciones van a venir bien para pensar”, agrega.
El futuro de Pacheco parece estar lejos de la cancha. Completa el curso de entrenadores y su futuro se plantea al costado de la línea de cal. De todas formas, un viejo zorro en esto del fútbol, Gervasio Gedanke, el secretario de Peñarol se adelanta a las afirmaciones de retiro de Pacheco: “Todo lo que los jugadores dijeron el miércoles después del partido y hoy (ayer) tomalo con pinzas. Son las palabras del corazón herido. La verdad la vas a conocer en unos días”. Es la voz de la experiencia y la del hincha que desea seguir disfrutando a Pacheco en el campo de juego.
A juzgar por los hechos y por lo que vivió Pacheco en la final con Santos del miércoles, en el que tenía el convencimiento de que iba a jugar unos minutos y sufrió la frustración y la impotencia de no poder brindar su aporte, el capitán de Peñarol, al que se le termina su contrato el último día de este mes, apronta la retirada porque en el final de la temporada tuvo escasa participación, porque más que lo que logró con Peñarol en este 2011 no va a conseguir y porque a los 35 años (los cumplió el 11 de abril) está más cerca del adiós que de otra decisión.